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Enfoque: el largo camino de la selección argentina

El periodista Walter Vargas hace un lúcido análisis sobre el presente del equipo argentino dirigido por Alejandro Sabella y esa etapa en la que lo viejo no termina de caducar y lo nuevo no termina de nacer.

Con titulares y con suplentes, con mega estrellas o estrellas a secas o futbolistas apenas destacados en el área sudamericana, la Selección Nacional de fútbol atraviesa esa etapa en la que lo viejo no termina de caducar y lo nuevo no termina de nacer.

Algo así como la definición del concepto de crisis, pero no necesariamente crisis en su vertiente negativa, sino más bien crisis entendida como una transición, o como un puente, hacia estadios superadores.

Dicho de otra manera, la Selección anda en franca adolescencia, esto es, en ese tramo donde todo es complejo, traumático y también prometedor de horizontes venturosos, pero sólo después de tramitar malestares, retrocesos, desconciertos.

Pensemos, por ejemplo, en los antecedentes inmediatos por las Eliminatorias hacia el Mundial de Brasil 2014.

De una correcta actuación versus Paraguay, con minutos de buen juego y el poder de fuego intacto, al descorazonante paso por Lima, Perú, con una prestación que pasó de mala a muy mala, que lo único venturoso que ofreció a los postres resultó el módico punto que permite encabezar la tabla.

Pero lo más preocupante fue la coincidencia entre las virtudes del primer partido y los defectos del segundo.

Cuando la pelota le llega a Lionel Messi y en menor medida a Angel Di María (una desquiciante máquina de alternar jugadas lúcidas, positivas, con atolondramientos mayúsculos), la Selección se vuelve profunda, picante y, ulteriormente, apabullante.

Pero como al tiempo es un equipo sin salida clara desde la defensa, que depende mucho, casi exclusivamente, de la precisión del primer pase de Fernando Gago, cuando Gago es presionado y Javier Mascherano se ve compelido a desdoblarse en roles que no le competen, la Selección deviene larga, agrietada, desconectada.

Si añadimos que del medio hacia atrás tampoco se ofrece una gran sensación de seguridad, por momentos da la sensación de que estamos como cuando bajamos del barco, más o menos como en los tiempos de la conducción de Diego Maradona o de Sergio Batista.

En otros momentos, no, en otros momentos, en cambio, da la sensación de que Alejandro Sabella avanza en pos de aceitar el funcionamiento defensivo para, desde allí, generar las condiciones propicias para que Messi y los demás siembren y cosechen a piacere.

Lo del miércoles en Goiania fue otra cosa: allí Sabella salió deliberadamente, confesamente, a llevarse un empate o en el peor de los casos evitar una goleada, cosa que efectivamente se le dio.

Y si bien la Selección no jugó un mal partido, tampoco es que dejó un sabor grato, tampoco es que el desenlace (la infantil mano penal del Chavo Desábato que redundó en el decisivo gol de Neymar) quedó relativizado por un rendimiento especialmente auspicioso.

Más bien Sabella se enamoró de sus aspectos más cautos, más conservadores, si se quiere, y el partido no dejó conclusiones jugosas, de esas conclusiones que sugieren horizontes venturosos en lo inmediato o en lo mediato.

En cualquier caso, se revela tan evidente que esta Selección no da para llamar a una suelta de globos y descorchar champagne, como que es justo registrar que el camino es largo, muy largo, y que recién avanzado 2013 podremos sacar conclusiones más ajustadas.

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