Deportes

"Pa' qué vine": Godoy Cruz - Independiente, en primera persona

Un periodista de MDZ relata cómo vivió -y sufrió- la derrota de su Rojo de Avellaneda ante el Expreso, el domingo en el Malvinas Argentinas.

“Pa’qué vine, si no es lo mismo venir que irse chillando”, decía la enorme Chavela al comienzo de Noche de bodas, y es lo mismo que me terminé preguntando, porque era de suponer que la historia terminaría así, encima, con los tombinos gritándonos “hijos nuestros, hijos nuestros”… ¡Los tombinos gritándonos eso! Que lo parió.

Pero, bueno, no he venido a repartir lamentos, sino a tratar de contar sin fanatismos ni parcialidades lo del domingo en el Malvinas. Para empezar, me encontré en la platea con el Cachorro Molina, que no es del Tomba, es de Talleres, donde fue arquero y hasta llegó a jugar en primera, pero estaba en el estadio trabajando. Encontrarme con el Cachorro no es una cosita de esas que pasen así nomás, porque, además de que crecimos en el mismo barrio, juntos hicimos una travesía por el país viajando a dedo cuando teníamos dieciocho años, pero esa historia, por más que la consciencia se me quieran rebelar, no la voy a contar ahora. Quedará para otro momento.

¿No te tienta?, le pregunté al Cachorro señalando el pasto. ¡Uf!, me respondió dando a entender que muchísimo. Cruzamos un par de datos sobre las familias, respectivos saludos y después me ubiqué en los pupitres para periodistas. Muchas caras conocidas. En mi vida cubrí un partido de fútbol, así que empiezo a pispear las libretas y los papeles de la muchachada del cuarto poder. Unos hacen tablas de doble entrada, otros dividen la página en dos, otros en cuatro, algunos, micrófono en mano, hacen entradas y salidas al aire para tirar datos sobre el partido que se viene.

Las populares comienzan a llenarse. La del Tomba ya se ve bastante poblada, y justo arriba de la fosa distingo tres banderas que tres pibes agitan. Las tres tienen franjas con los colores de Godoy Cruz. Una en el centro, justo detrás del arco, tiene el símbolo del yin y yang; otra, a la derecha, a unos quince metros, muestra una hoja de marihuana, y la tercera, también a unos quince metros pero hacia el otro lado, luce una damajuana. Mirá vos dónde está el equilibrio universal para estos muchachos…

Papelitos y humos de colores desde los dos extremos del estadio, un periodista televisivo en la cancha hablándole a la cámara y en posición de salir corriendo en cualquier momento, los técnicos, los suplentes y los asistentes. Los jugadores y los árbitros sacándole tarjeta roja al maltratador. Pitazo y a otra cosa, que empezó el partido.

Los primeros quince minutos fueron los más largos de mi vida. Era como estar viendo El sabor de la cereza en cámara lenta. Ni siquiera daba para decir que se estaban estudiando. Todo ese tiempo jugaron en cancha chica, desde la línea del área grande del Rojo a la equidistante del centro del Tomba. Pero de los quince en adelante la cosa se puso linda. Es decir, linda para los tombinos, que empezaron a jugar como si fueran la selección, y el Tolo Gallego que parecía la Muda que le hace los subtítulos silenciosos a Cristina. Meta mover los brazos y dar indicaciones con las manos, subiéndolas y bajándolas. Estaba como loco. Y tenía motivos, porque el Tomba se venía y se venía y no había forma de sacar la pelota más allá de treinta metros del arco.

Hasta que se vino un ataque del Rojo. Acá los clavamos, acá los clavamos, pensaba yo, y el centro desde la izquierda lo desviaron al córner. Vamos que se viene, vamos que se viene, me daba aliento, pero en silencio, claro, tenía delante de mí, en la VIP, a Juan Carlos Caleri, y un poquito más allá a Marcelino Iglesias, y no me agradaba la idea de recibir puteadas y quizás hasta un par de manos de tan distinguidos hinchas de Godoy Cruz, amén de los quince mil empleados del club que andaban por ahí. Así que cuando vino el centro y ese cabezazo que picó y lo sobró a Ibáñez, como un machito me banqué el grito por fuera, porque por dentro las neuronas se me abrazaban y gritaban eufóricas.

Miré discretamente alrededor para descubrir si alguien compartía mi alegría, pero no había más que caras de amargura. Calma, calma, que esto recién empieza, me decía, y los tombinos que volvieron a atacar. Decí que estuvieron medio amargos el domingo, porque si no hubiéramos terminado cinco a uno el primer tiempo, pero justo sobre el final viene el empate, y después el pitazo del árbitro para avisar que se acababa nomás el primer tiempo y el cantito que bajaba de la tribuna tombina que aseguraba que el Rojo tiene miedo y un par de observaciones más sobre el tobogán a la B al que parece que hemos subido.

El uno a uno era la promesa de un buen segundo tiempo. Y así fue. Ida y vuelta por la cancha, situaciones para uno y para otro, pero el empate seguía ahí, y de pronto comencé a sentir, como supongo que lo hizo la mayoría de los hinchas del Rojo, que el empate pasaba lentamente de promesa de buen segundo tiempo a buen negocio. Empate de visitante, un resultadón.

Supongo que por eso encendieron las bengalas rojas en la tribuna de Independiente. Una belleza a esa hora de la ya noche menduca. Y el espectáculo se completó cuando encendieron las azules en la hinchada de Godoy Cruz.

Y después vinieron los fuegos artificiales clásicos del Tomba poco antes de que terminara el partido, y por fin el minuto 45.
El primer mal presentimiento lo tuve cuando el cuarto árbitro levantó el cartel para indicar que se iban a jugar cuatro minutos más. El segundo mal presentimiento me invadió cuando vi que el Tolo ya se había relajado.

Y llegó nomás.

La tercera es la vencida, dicen y con razón. Ya habían pasado dos manos dentro del área roja y el réferi no les había dado bola a los reclamos de Godoy Cruz. Pero la tercera mano, la del minuto 46, sí fue penal.

Volví a mirar a mi alrededor, y este penal en tiempo adicionado sí me ayudó a descubrir cuáles periodistas eran del Tomba y cuáles no, porque las caras de felicidad de unos contrastaban con la de amargura de los otros. Es que un penal en contra en el último minuto no da de ninguna manera para caretearla.

Los tombinos cantaron más fuerte que en el resto del partido, pero a medida que se acercaba el momento crucial fueron reduciendo los gritos y los cantos, hasta llegar al silencio total.

El estadio enmudeció, y los silbidos que bajaban de la tribuna del Rojo apenas si generaban un remolino de antisonido en alguna frecuencia apenas audibles por los perros.

Gol. Dos minutos más de juego sin necesidad. El Tolo que es el primero que se va de la cancha, y los tombinos gritándonos “hijos nuestros, hijos nuestros”... ¡Los tombinos!
Opiniones (2)
20 de septiembre de 2017 | 02:56
3
ERROR
20 de septiembre de 2017 | 02:56
"Tu mensaje ha sido enviado correctamente"
  1. La editorial, esto es lo que me gusta de este diario, que siempre está explorando en nuevos estilos de comunicación, y siempre buscando sorprender. Felicitaciones
    2
  2. Si amargo, LOS TOMBINOS, o no sabès que Godoy Cruz Antonio Tomba, es el mejor club del Oeste (sin fanatismo...), por la trayectoria de los ùltimos 20 años (nada de historia), por resultados deportivos, por los dirigentes, por la hinchada, por el barrio, por todos nuestros deportistas amateurs, por la seriedad, por hacerle frente al futbol de los clubes centralistas de Buenos Aires decadentes en todo sentido, por todo esto, si amargo, dejà de sorprenderte, somos una realidad, LOS TOMBINOS.
    1
En Imágenes