De cómo las mujeres aprendieron a jugar con los hombres

Los expertos aseguran que las niñas no juegan de la misma manera con muñecos que representan varones que con muñecas que se asemejan a mujeres. Las pequeñas revelan sus instintos femeninos con este comportamiento. Cuando crecen prefieren jugar con "muñecos" de carne y hueso.

Desde que los niños de la antigüedad comenzaron a usar guijarros, huesos y ramitas para entretenerse, los más diversos objetos fueron utilizados como juguetes. Estos objetos y el acto del juego en sí mismo se convirtieron en un importante referente simbólico para la infancia puesto que implicaban la vivencia de un espacio personal y privado.

Aunque sea imposible conocer cuál fue el primer juguete, a lo largo de la historia pueden rastrearse numerosos ejemplos de juguetes, entre los que destacan las figuras antropomórficas y las de animales que reproducían en arcilla, madera, papel, paja, cuero, piel o tela seres de la vida real a pequeña escala.

Entre estos juguetes destacan las muñecas que parecen haber acompañado a las niñas desde los más remotos tiempos. Confeccionadas con los más diversos materiales, las muñecas, generalmente con una identidad de género femenino, permitían que las pequeñas representaran a través del juego escenas y tareas que cumplirían siendo ya mujeres, es decir, el cuidado y la crianza de los hijos.

Aunque los materiales y las formas de estas representaciones cambiaron a lo largo de los siglos, a finales del XIX y comienzos del XX el aspecto de las muñecas dio un giro importante ya que en lugar de semejarse y evocar la figura de una niña empezó a ofrecer la de una mujer. Se trataba de muñecas que representaban, a escala, a mujeres con la vestimenta completa de una adulta que seguía los dictados de la moda. La cintura ceñida, las caderas amplias, los pechos insinuados, el cabello suelto: el juguete reproducía los atributos femeninos, menos los genitales.

La muñeca-mujer que acompañaba durante casi todo el día a la niña quien la hacía su confidente a través de un complejo proceso de identificación; la muñeca también tenía su propia casa –las famosas casas de muñecas- que había que mantener, limpiar y ordenar. Las niñas bordan el ajuar de la señorita de porcelana, organizan bailes en su honor, juegan a las visitas e imaginan su matrimonio proyectándose en los juegos con la muñeca. Sin querer y sin saber, el vínculo con la muñeca-mujer entrenaba a la niña en el aprendizaje de los papeles femeninos y en los usos y costumbres sociales. El trato con la muñeca era de igual a igual, el coloquio personal y las fantasías “adultas” –como la muñeca- se resolvían en el plano de lo imaginario.

Hacia mediados del siglo XIX la fabricación de muñecas con un nuevo material, la gutapercha (un tipo de goma flexible semejante al caucho), permitió un cambio de modelo y las “damitas” se convirtieron progresivamente en niñas. Este rejuvenecimiento de la muñeca facilitó la identificación de las niñas reales estimulando  la relación madre e hija que establecía con el juguete, anticipándose a su futuro rol materno. El trato con la muñeca era filial: la niña reproducía su propia relación con su madre, educación, penitencias y retos incluidos.

Medio siglo después, sobre comienzos del XX, aparecería la muñeca bebé, llamada “bebé de biberón”, que sólo tendrá sabanitas y una cunita. Con este juguete el diálogo de aprendizaje que las niñas habían mantenido se empobrece puesto que ya sólo podrán ejercitar el papel maternal en su estado más primario, como una suerte de prólogo para la escuela de la vida doméstica. Con ello, se perdería el rico proceso de la identificación con la muñeca niña y la confidencia “madura” con la muñeca mujer.

En 1909 apareció el primer juguete que reproduce un bebé varón y el éxito entre las niñas fue inmediato. La demanda en los países mediterráneos y en Latinoamérica fue enorme porque las niñas amaban jugar con los bebés varones, llamados “bebé-carácter”, porque en esa relación ejercitaban tanto el rol doméstico futuro como la función maternal pero sin identificación de género: el bebé varón sólo comía, ensuciaba pañales, berreaba y se portaba mal. La niña era la dueña de la palabra: no había diálogo, ni confidencia, ni reciprocidad alguna. La niña monologa en su juego, se queja, lo castiga; es la ley, “la” madre, “la” mujer.

A partir de cientos de observaciones, expertos de hoy aseguran que las niñas no juegan de la misma manera con muñecos que representan varones que con muñecas que se asemejan a las mujeres. Parece ser que las niñas muestran los más recónditos instintos femeninos con este comportamiento.

Cuando esas niñas crecen, olvidan a sus juguetes y se convierten en mujeres ejercitan otros juegos en la compleja trama de las relaciones familiares, sociales y laborales. Pero su entretenimiento preferido siguen siendo los hombres. De carne y hueso.

Patricia Rodón

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8 de Diciembre de 2016|15:31
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