Tizón, la Puna y la "justicia poética"

Su último libro, "Memorial de la Puna", es apenas un "librito" de 112 páginas. Y es enorme, como toda su obra, impregnado de la esencia del desierto, de la soledad y de la letanía del silencio que enfrenta a los seres humanos con su verdadero rostro.

Héctor Tizón era un hombre de gran sentido del humor, un visitante de la ironía y un aventurero de los claroscuros del alma. Decía que todo ello le venía del Quijote, libro al que acudía una y otra vez para sonreír con “media boca”.

Recordamos una entrevista en la que hablamos sobre su trabajo como hombre de leyes en la que destacó la importancia de la “justicia poética” en la literatura y en la vida, asimilándola al concepto de “licencia poética”. En su carácter de abogado y juez de la Corte Suprema de Jujuy, afirmaba no sin melancolía que “la justicia poética es lo único que nos permite seguir viviendo ante la injusticia sin matices y ante la justicia ciega”.

Su último libro, Memorial de la Puna, es apenas un “librito” de 112 páginas. Y es enorme, como toda su obra -publicada por Alfaguara-, impregnado de la esencia del desierto, de la soledad y de la letanía del silencio que enfrenta a los seres humanos con su verdadero rostro y que, claramente, le permiten a él, como narrador, volver a mirarse y a contarse a sí mismo. Tizón retomó en este volumen personajes e historias de novelas anteriores y pequeñas e intensas anécdotas de los pequeños pueblos jujeños. Así, encontramos en “Recuerdos de un dinamitero” al mariscal Tito, el dictador yugoslavo quien vivió en la Argentina en la década del ´30 y que trabajó en el tendido del ferrocarril en Jujuy.

Entre el viento, el alcohol y la tristeza, buceando a través del olvido, la muerte y la soledad brillan los relatos “El hombre que vino del río”, “El conde de Montseanou”, “Frontera abajo”, “Réquiem para un canario minero” y “Otoño en las lagunas cuando llovizna”. El volumen finaliza con un “Epílogo” en el que personaliza su adiós y escribe, bellamente, pero con una lucidez única: “Tal vez este sea mi último libro”.

Justamente, este epílogo, una suerte de testamento literario, es muestra de esa “justicia poética” que cultivó a través del constante abordaje de temas universales, del pintar su aldea para capturar al mundo, de la sutileza con que reflexiona sobre los problemas humanos más complejos, de su maestría para crear atmósferas sencillas, parcas, exactas.

Memorial de la Puna es un compendio del “mundo” Tizón, en el que las pasiones humanas libran una batalla constante con el paisaje que contagia, embellece y alimenta un universo que excede las palabras. Por ello, puede convertirse en historia. Y en mito.

Patricia Rodón

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11 de Diciembre de 2016|04:57
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