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San Juan llora al increíble Payo Matesevach

A mediados de los ’60 era una de las estrellas del ciclismo argentino, una promesa mundial, pero un horrible accidente lo dejó con una pierna colgando, para la amputación. Cinco años después, volvió a correr y a ganar todo. Falleció el lunes pasado y todo San Juan lo llora.

"El hombre que volvió de la muerte". Fue es el título que le dedicó El Gráfico a su nota de tapa al gladiador de la ruta. La foto blanquinegra de 1972 lo decía todo: un joven de melena rubia, llevado en andas por el delirio de sus fanáticos. La historia de la crónica, la que hoy todos cuentan: la muerte y resurrección deportiva, calvario mediante, de este ciclista inigualable, que destellaba entre una generación de monstruos argentinos del pedal.

Muchos años después visité al Payo Matesevach en su destartalada bicicletería de San Juan. La excusa fue pedirle que me hiciera dos media-carrera a medida, para mí y para mi hijo. Que terminaron costando mil quinientos pesos y 15 horas de mates con el ídolo de la infancia. Deliciosas horas en las que el sanjuanino cálido y conversador repasó una vez más los increíbles avatares de su vida. La familia gringa y la niñez bicicletera, su exitosa aparición, el accidente terrible, la crueldad de quienes lo olvidaron en la cama de hospital en Canadá, el agradecimiento eterno al médico sanjuanino que le salvó la pierna al impedir los planes de quienes, apenas llegado a Ezeiza lo querían amputar. En ese rosario de operaciones e internaciones conoció a Silvia, la “porteñita” que hasta su muerte habría de bendecir cada una de sus palabras.

También habló del "choreo", como le llamaba Antonio, de los seguros médicos contratados por la Federación Ciclista Argentina y del Comité Olímpico Argentino, un dinero voluminoso que miserables dirigentes e interventores militares le escamotearon en su convalecencia. “Si seguís hablando del tema sos boleta”, le advirtieron cuando reveló el tema al diario Crónica, durante el gobierno de Lanusse.

El Payo, ya bastante desmejorado, no guardaba rencores por su intemperie, ni reclamaba nada. Sólo se preguntaba por qué, además de los esporádicos homenajes que le prodigaban en la provincia, ningún gobernante le había acercado soluciones económicas a su problema de salud. La pierna maltrecha de tantas batallas, operaciones e injertos necesitaba de una batería de drogas importadas imposibles de costear.

"Mi pasión hoy son los caballos", me explicó, mostrando las fotos de los bichos que le devoraban todo el placer posible a esta altura de la vida.

Cuando llegó ayer la noticia, salimos con mi hijo a pedalear en las petisas made in San Juan, forjadas entre los mates dulces y las semitas nada dulces, en el viejo galpón de la Avenida España. A la misma hora en que, seguramente, el rubio veloz ascendía por las cuestas celestiales. De a ratos jineteando su yegua preferida. Por momentos en la máquina, firme en el manillar, parado sobre los pedales. Dando cátedra al pelotón, que pugna por alcanzarlo, como siempre.

Daniel Bosque director de Mining Press para Gaceta Mercantil

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20 de septiembre de 2017 | 04:40
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