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Fontanarrosa, volvé y dejate de joder

El genial Roberto Fontanarrosa murió hace cinco años. Hizo del humor una forma superior de la inteligencia. Dejó para siempre historietas inolvidables y relatos delirantes. Vale recordarlo y reírse en su honor.

En Twitter: @gonza_ruiz

Esta nota podría ser solemne, con trazos de nostalgia y con ese sabor amargo que tiene la ausencia. Pero sabemos que si el Negro Fontanarrosa leyera líneas tan serias sobre él se cagaría de risa y nos diría que somos unos pelotudos haciendo uso de las malas palabras, por las que pidió una amnistía en el recordado Congreso de la Lengua Española en el 2004.

No hay manera de recodar al genial rosarino sin reírse. Y hoy, a cinco años de su muerte, trataremos de divertirnos con él. O gracias a él.

El Negro fue uno de esos tipos que dejó en claro que el humor tiene que ser una forma superior de la inteligencia. Siempre lúcido e irreverente, desde su Rosario natal pintó su aldea y nos pintó el país. Le sacó una radiografía a la pampa argentina con su querible Inodoro Pereyra, nos regaló cuentos maravillosos (de fútbol y otros temas), novelas delirantes y un humor gráfico para ver y reír una y otra vez.

El tipo fue un intelectual de lo cotidiano. Allí, en la esquina de Santa Fe y Sarmiento de la ciudad rosarina, donde está el ya mítico café El Cairo, se pasó tardes hablando al pedo –como le gustaba decir, fiel defensor del ocio no creativo– junto a sus amigos, en La mesa de los galanes. Y en ese bar surgieron muchísimas de las historias que nos hicieron –nos hacen– doler la panza de la risa.

El Negro y el fútbol

Fanático de Rosario Central, decía que su estado de ánimo dependía de cómo saliera el Canalla. “Yo duermo hasta el mediodía normalmente. Dos veces me despertó mi mujer antes de las once de la mañana. Una fue para decirme que habíamos invadido las islas Malvinas. Y la otra para contarme que Maradona había firmado para Newell’s. No sé qué fue peor”, contó alguna vez.

En una oportunidad le preguntaron cuál era su cábala futbolera. Respondió: “Tener once buenos jugadores”.

El Negro nunca dejó el fútbol. El fútbol dejó al Negro. En una entrevista, en el año 2007, reconocía: “Perdí el amor propio como jugador: ni siquiera me putean cuando pierdo la pelota. Pero sigo. Porque uno puede andar en bicicleta y seguir pensando en sus problemas. Pero al jugar al fútbol sólo se piensa en fútbol”.

Siempre dijo que tenía dos problemas para jugar a la pelota. El primer problema era su pierna izquierda. El segundo, la derecha.

No hubo otro escritor que pudiera transmitir esa pasión argentina por el fútbol como él. Captó el sentir popular, el código del tablón, el picado de los sábados con los amigos; reflejó a ese fanático que se entrega a las cábalas como última alternativa y dejó muy en claro que adentro de una cancha se pueden entender los rasgos más esenciales de la condición humana.

En uno de sus cuentos más recordados se genera una pelea entre dos rivales en un partido de fútbol. Empiezan las puteadas y los empujones entre el Lalita y otro tipo. En el medio del quilombo, alguien grita: “No te enloquesá, Lalita”.

Si uno lo analiza, entiende que es imposible que, en el medio de una pelea en un partido, a alguien se le ocurra decir: “No te enloquezcas, Lalita”. Ese era Fontanarrosa, el tipo que llevó, con maestría, el registro oral del habla popular al papel.

El Negro y los amigos

Además del fútbol, Fontanarrosa manejaba muy bien los códigos de la amistad masculina. “¿Qué es un amigo?”, le consultaron. “Un amigo es alguien que si un día viene y te dice entusiasmado: ‘Acabo de ver una película iraní’, vos podés contestarle sin mayores miramientos: ‘No me empieces a romper las pelotas’. Eso es un amigo”.

Decía que los hombres muchas veces viven situaciones extrañas sólo para contársela a sus amigos. Es más, mucho de sus cuentos nacieron a partir de tipos grises que, sin esperarlo, se veían en un lugar que no les correspondía. Y a él le divertía ver cómo reaccionaban ante eso. Cuando se lo cuente a los muchachos es el relato que mejor refleja eso.

El Negro decía que era más importante contar la anécdota que vivirla. Por ejemplo: “Un tipo cae a una isla con una mina despampanante, y después de unos días con la mina le pide que se disfrace de tipo. Entonces, cuando está disfrazada de hombre, se acerca y le dice: ‘Vos no sabés la mina que me estoy cogiendo’”.

El Negro y la escritura

Hace unos años, el Ministerio de Cultura de la Nación publicó unos libros pequeños con cuentos de fútbol de diferentes escritores. Esos libros se repartieron en las canchas. Así lo recordó Fontanarrosa: “Cuando hicimos aquellos libritos que se repartían en las canchas no faltaban los que decían: ‘Uhhh, sabés lo que van a hacer con esos libros’. Papelitos hacían. ¿Y qué? ¿Qué mejor para un escritor que sus textos vuelen para saludar la salida del equipo de sus amores?”

Una vez, el hijo tenía que hacer una composición en el colegio y no sabía cómo escribirla. Fontanarrosa le dijo: “Contala como si se la estuvieras contando a tus amigos”.

Así es su literatura: simple, clara, accesibles a todos. Fontanarrosa, como le pasó a Osvaldo Soriano, no tuvo el reconocimiento de los círculos intelectuales. Nunca le importó y, fiel a su estilo, siempre se cagó de risa. “No aspiro al Nobel de Literatura. Yo me doy por muy bien pagado cuando alguien se me acerca y me dice: ‘Me cagué de risa con tu libro’”.

El Negro, Inodoro y Boogie

Fontanarrosa creó dos historietas inolvidables: Inodoro Pereyra y Boogie, el aceitoso. Inodoro, junto a su perro Mendieta y padeciendo a su mujer, la Eulogia, reflexionaba sobre la vida en la soledad de la pampa.

“Vago no soy, quizá algo tímido para el esfuerzo”, aseguraba Inodoro. “Estoy comprometido con mi tierra, casado con sus problemas y divorciado de sus riquezas”, era otra de sus clásicas frases.

Algunos diálogos memorables:

- ¿Y usted cómo se gana la vida, Inodoro?
- ¿Ganar? ¡De casualidá estoy sacando un empate!

- Dígame don Inodoro ¿usté está con la Eulogia por alguna promesa?
- Mendieta, uno se deslumbra con la mujer linda, se asombra con la inteligente... Y se queda con la que le da pelota.

- Estuvo divertido el pesebre viviente este año, Mendieta.
- Bien la vaca. Algo sobreactuado el burro.

- Soy crítico meteorológico, señor. La tormenta de anoche. "Floja iluminación de los relámpagos, yuvia repetida, escenografía pobre y pésimo sonido de los truenos en otro fiasco de esta puesta en escena de Tata Dios. Una típica propuesta de verano, liviana, pasatista, para un público poco exigente".

Boogie, en tanto, era prófugo de la justicia, violento, un duro. “¿Viste Harry, el Sucio?”, le preguntaron. “Me aburren los temas de amor”, respondió.  “No creo que los niños sean felices hoy en día. En mi época quemábamos gatos con napalm. Éramos simples”, era una frase que lo pintaba de cuerpo entero.

El Negro y su final

En sus últimos meses, cuando una enfermedad de mierda ya lo tenía “jugando con ocho”, el Negro tuvo muchos homenajes. Así recordó uno que le hicieron los rosarinos, sin previo aviso. “Me levanto al mediodía (…) Estaba en el living. Escuchaba, afuera, a unos pibes que gritaban: ‘Negro, querido, el pueblo está contigo’. ¿Sabés qué pasa? Que acá enfrente está el Registro Civil. Entonces yo me digo: ‘La mujer debe ser temible para que a un tipo que se está casando le griten as풔.

No hubo malestar físico que le quitara la lucidez y el sentido del humor.

En una de las últimas entrevistas, le preguntaron cómo se imaginaba el Paraíso. Dijo: “A mí no me va eso del nirvana o los jardines con minas tocando la flauta. A los dos días ya te querés cortar las pelotas. Al cielo le pondría canchitas y un par de bares, porque en el bar estás en tu casa y a la vez estás balconeando la calle”.

Y es así: cada vez que jugamos un picado o nos sentamos en un bar a charlar con amigos y ver minas pasar, sentimos que estamos en el Paraíso.

Dale, Negro, dejá de hinchar las pelotas y volvé. Un café te espera.

Fuentes: diarios Clarín, Página/12, Revistas Viva, Ñ, Rumbos, El Gráfico y negrofontanarrosa.com

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