Del vinagre a la píldora: cómo no tener hijos

Las técnicas del placer sin riesgo de concepción son tan antiguas como el sexo mismo. Las mujeres recurrieron a todo tipo de brebajes, talismanes extraños, objetos introducidos en el cuerpo y técnicas sexuales para evitar la procreación con grave riesgo de su vida.

Aunque la mayoría de las tradiciones culturales y religiosas se basan en la noción de fertilidad y propenden a la procreación como una necesidad para asegurar la supervivencia del grupo, la anticoncepción fue una de las prácticas habituales más remotas y extendidas. Dan cuenta de ello antiguos textos de diversa procedencia, entre los que destacan tratados médicos islámicos, chinos y paganos.

Las técnicas del placer sin riesgo de concepción son tan antiguas como el sexo mismo. Las mujeres recurrieron a todo tipo de brebajes, oraciones espermicidas, talismanes extraños, objetos introducidos en el cuerpo y prácticas técnicas sexuales para evitar la procreación. Como siempre, con grave riesgo de su vida.

Los textos hebreos y cristianos de todas las épocas abogan por cumplir con el mandato bíblico de procrear y multiplicarse en el ámbito de la estructura familiar. El entregarse a este “primer mandamiento” está orientado a los hombres, puesto que tanto la literatura hebrea como la cristiana prohíben a los señores el uso de cualquier artefacto anticonceptivo que desperdicie la preciada “semilla masculina” mientras que considera aceptables el uso de anticonceptivos para las mujeres por razones de salud.

Dos mil años antes de Cristo, los autores del Papiro de Petri y del Papiro de Ebers aconsejaban como espermicida el uso de excremento de cocodrilo mezclado con una pasta que se introducía en la vagina; otra receta incluía el lavado vaginal con miel y bicarbonato de sodio natural, y una tercera recomendación consistía en humedecer un tapón de hilaza con miel triturada y colocarlo en la vulva de la mujer.

El mismo Aristóteles se ocupó del tema en su Historia Animalium, en el siglo IV a.C., en el que decía: "Algunos impiden la concepción untando la parte de la matriz en la que cae el semen con aceite de cedro o con un ungüento de plomo o con incienso mezclado con aceite de olivo".

Un antiquísimo texto chino indica que la mujer debe tomar “algo de aceite y de mercurio y fríase sin parar y tómese una píldora tan grande como una semilla de yuyuba con el estómago vacío e impedirá la preñez para siempre”. Si tenemos en cuenta que una semilla de yuyuba tiene el tamaño de un limón, la ingesta de este refrito de aceite y mercurio impediría no sólo la preñez sino la vida de la mujer para siempre.

La gama de recetas de espermicidas es tan vasta como basta, e incluye desde el antiguo lavado de la zona genital con vinagre, soluciones jabonosas y carbonatos sódicos a la introducción en la vagina de tapones de tela de araña, lino o algodón y hasta esponjas marinas embebidos en las más extrañas sustancias: estiércol de animales diversos (de cocodrilos a pájaros), hojas trituradas de numerosas plantas (del laurel a las acacias) o goma arábiga; o líquidos ardientes como jugo de limón, alcohol, yodo o quinina, entre otros. A todo ello, se aconsejaba sumarle algunos ejercicios como toser, saltar y estornudar de modo que el cuerpo expulsara el esperma.

La Biblia también hace referencia a la anticoncepción en el Génesis, Capítulo 38, cuando se refiere al acto de un personaje que sería célebre: “Pero Onán, sabiendo que la prole no sería suya, cuando entraba a la mujer de su hermano se derramaba en la tierra para no dar prole a su hermano...". Estaba aconsejando el coitus interruptus; y de su nombre derivará el término onanismo, sinónimo de masturbación.

Para el Islam la anticoncepción era una práctica habitual y, justamente, el coito interrumpido, es decir, el eyacular fuera de la mujer, era el método recomendado. Y en efecto, este procedimiento fue el más practicado a lo largo de la historia en todas las culturas y más allá de las indicaciones de las religiones.

En el siglo XIX entre las prácticas, condenadas pero ampliamente practicadas para tener sexo sin riesgos, destacan la masturbación recíproca, la fellatio y el coito anal. El mantener sexo de pie, las inyecciones de agua templada acidulada con vinagre y la colocación de esponjas empapadas en desinfectante en la vagina también fueron métodos muy extendidos.

Entre 1860 y 1880 se crearían el diafragma, el condón y el DIU, más tarde llegaría "la píldora" para tener sexo sin procrear. A excepción del uso del profiláctico, la antigua batalla por la anticoncepción se libró siempre en el cuerpo de la mujer y la llegada de estos métodos, más eficaces e inocuos, le proporcionó más libertad, más placer y más vida.

Patricia Rodón
Opiniones (3)
10 de Diciembre de 2016|21:37
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10 de Diciembre de 2016|21:37
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  1. si hay una verdadera revolución
    en la historia de la mujer es la invención de la píldora; indudablemente hasta que no tuvo control (saludable) sobre su capacidad reprodutiva se vio forzada a tener un sexo subordinado al miedo
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  2. Aunque sea excremento el solo hecho de escuchar la palabra cocodrilo ya mete miedo!!!!!! muy buena su nota...
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  3. No siempre el riesgo fue en el cuerpo de la mujer. Más de uno se quiso cortar la chota.
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