De guantes, Gatúbelas y striptease

El culto por los guantes como prenda cargada de erotismo fue el resultado del ocultamiento en la moda del siglo XIX. Alimentó las idealizaciones por las curvas femeninas y sedujo tanto como los pies, los zapatos y la lencería.

Símbolo de elegancia, los guantes son uno de los accesorios más paradigmáticos de la historia de la moda. Sus portadores podían usarlos como signo de distinción social –ya que lucirlos implicaba pertenecer a una clase adinerada-, como herramienta de seducción puesto llevar las manos y los brazos cubiertos invitaba a imaginar el resto del cuerpo o, literalmente, como arma para insultar a un contrincante propinándole un breve latigazo de tela o cuero en el rostro.

Mientras que en los siglos XVII y XVIII eran un artículo especialmente masculino relacionado con la caza y la monta, actividades propias de los aristócratas, durante el siglo XIX se “democratizó” y se convirtió en un accesorio indispensable y tanto las mujeres como los hombres de buen tono no salían a la calle sin ellos e incluso debían usarlos cuando recibían visitas.

Las damas tenían sus propias reglas y el puntilloso manual de 1876 “Los adornos femeninos” de la inefable Blanche Augustine Angèle Soyer, más conocida como baronesa Staffe, detalla con exactitud el correcto uso de los complementos del vestido, desde las joyas y los abanicos hasta las cintas y las plumas. Respecto de los guantes, para los que rige un modelo y color para cada actividad, dice que “hay que usar guantes para ir por la calle, para pasear, para ir a la iglesia, al jardín, de visita, en viaje, en reunión, en el baile, en el teatro. Cuando se va a cenar fuera de casa, al llegar a lo del anfitrión hay que quitarse el sombrero y el tapado, pero se conservan los guantes hasta sentarse a la mesa. Sólo entonces hay que quitárselos y deslizarlos en el bolsillo”.

Así, el guante se convirtió en sinónimo de civilización, urbanidad, buen gusto y educación. Y de represión sexual, ya que su auge iba en consonancia con el horror burgués por la desnudez que se manifiesta durante el siglo XIX en otros ámbitos: desde el vestido femenino y masculino -el traje exterior y la ropa interior-, hasta el mobiliario que era cuidadosamente cubierto con manteles y encajes profusamente bordados. Inclusive las camas estaban “ocultas” debajo de doseles, baldaquinos y cortinas más o menos elaborados.

A pesar de esta tendencia al ocultamiento del cuerpo, de la nueva moda de la exaltación del pudor y de la vergüenza, la moda femenina se hacía más intrincada, laboriosa y compleja, porque mientras el vestido se mantenía discreto y oscuro, la ropa interior se hace más erótica al multiplicarse las “estaciones del desnudamiento” que el ansioso hombre debía sortear al superar las cintas, nudos, broches y botones de corsés, enaguas y bragas.

Entre esta perversa obsesión por el ocultamiento, que abarcó desde el cuerpo a la manía por las fundas y los acolchados; entre el deseo contenido que alimentó las idealizaciones de la silueta y las curvas femeninas, el fetichismo por los pies, los zapatos de cuero y la lencería, destacó el culto por los guantes como prenda cargada de erotismo.

Sean de cuero, terciopelo, encaje o seda, este accesorio llega hasta hoy con aquel valor simbólico intacto y destaca entre las estrategias de la apariencia como notable imán sexual entre las mujeres que los usan, ya sea que se trate de una bailarina que ofrece un striptease (que significa algo así como desnudar engañando), de una heroína de cómic como Gatúbela, o de una mujer del siglo XXI con buen gusto y mucha picardía.

Patricia Rodón
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10 de Diciembre de 2016|21:37
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