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Camino a Londres: boxeo en Cuba, pasión popular y forma de vida

El boxeo tiene tradición en Cuba, donde sólo el béisbol le gana en popularidad. Treinta y dos de sus 67 títulos olímpicos le ha dado el deporte de los puños a la isla.

"¡Mueve la cabeza!", grita el instructor en un paúperrimo gimnasio de El Cotorro, un populoso barrio en la periferia de La Habana. En el ring, su pupilo acaba de encajar un golpe en la cara que lo hace trastabillar. Pero se recupera pronto y avanza hacia su rival. A boxear. Félix tiene 12 años, pero sabe comportarse en el cuadrilátero como los mayores.

El boxeo tiene tradición en Cuba, donde sólo el béisbol le gana en popularidad. Treinta y dos de sus 67 títulos olímpicos le ha dado el deporte de los puños a la isla, además de grandes glorias como el recién fallecido Teófilo Stevenson o Félix Savón. O "Kid Chocolate" y "Kid Gavilán" en otras épocas.

Ser boxeador no es una válvula de escape para matones de barrio en Cuba. Es, más bien, una pasión popular. Una forma de vida. "Dios ha creado a un pueblo para boxear, y ese pueblo es el cubano", decía en 2007 Ahmet Öner, el jefe de una promotora alemana obsesionada en fichar a púgiles antillanos para convertirlos en profesionales.

En los modestos gimnasios de barrio de la isla entrenan a diario desde niños de ocho años hasta púgiles aficionados que suben al ring en sus ratos libres.

En el Enrique Garmury, de El Cotorro, hace un calor sofocante a las cinco de la tarde. Más de 20 jóvenes se ha reunido sin embargo en el gimnasio para una serie de peleas amistosas entre muchachos de hasta 16 años de las provincias de La Habana e Isla de la Juventud.

"¡La cabeza, aceite para la bisagra!", insiste el instructor de Félix. El ambiente está cargado del pegajoso bochorno y la típica humedad tropicales, más densos aún por la transpiración de las alrededor de 50 personas reunidas en la sala. Un par de reflectores colgados del techo iluminan la sala sin ventanas ni ventilación.

"¡Las piernas, mueve las piernas!", grita también el instructor durante el siguiente combate. No sólo pegar, sino también mover la cabeza, bailar, marear al contrario, ésa es la premisa.

El sistema del deporte cubano apuesta por la difusión masiva y descarta la práctica profesional. Los "pioneriles" pueden enfundarse los guantes a partir de los ocho años en la isla. En cualquier gimnasio del vecindario.

Torneo tras torneo y con el talento adecuado, pueden abrirse luego camino hasta la famosa Finca de Boxeadores de la Escuela Cubana de Boxeo, un hermético centro de alto rendimiento en Wajay, a las afueras de La Habana.

Apartados de los focos, los deportistas de élite son preparados ahí no sólo físicamente sino también con una formación académica.

El boxeo no es en Cuba un deporte de gallitos de pelea, sino que se asocia más bien a la técnica, la elegancia y la disciplina. A las salas de barrio van a menudo padres y madres para ver boxear a sus hijos. Entre los golpes secos de los guantes y los bufidos de los muchachos se escuchan a menudo los gritos de ánimo de las mujeres.

"Quiero ser boxeador, hasta el final", dice Félix en el Garmury. Es del distrito de Centro Habana, y es uno de los los pocos chicos blancos ese día en el gimnasio. A sus 12 años, los entrenamientos y los combates como en El Cotorro son parte de su rutina.

Las paredes del Garmury no han sido pintadas desde hace años y las cuerdas del cuadrilátero están remendadas en varios costados. Los muchachos comparten guantes, protectores y hasta pantalones. Desde ahí, el camino hasta la Finca de Boxeadores es aún largo.

"Aquí pasamos mucho trabajo", dice Arnold, uno de los responsables del gimnasio, sudando a mares al lado del ring. "Por eso cuando salen y ven se quieren quedar", agrega el instructor de 36 años sobre el riesgo habitual de las deserciones entre los deportistas cubanos que salen a competir al extranjero, ya que la isla no permite la práctica profesional.

En el Rafael Trejo, en la céntrica Habana Vieja, las condiciones no son mucho mejores. El gimnasio, célebre sede de torneos pugilísticos cuando La Habana era una de las plazas más importantes del boxeo rentado en las primeras décadas del siglo XX, está prácticamente en ruinas.

Las tribunas de madera al aire libre están en pésimo estado y desde el cuadrilátero se pueden ver los cordeles de ropa y las paredes descascaradas de las casas vecinas.

En el patio, sin embargo, se entrena a diario y se siguen celebrando regularmente torneos. En el Trejo suben al ring boxeadores amateur extranjeros, aficionados de 40 o 50 años y jóvenes del barrio que sueñan con competir con los puños.

"Yo aquí arriba he noqueado ya a varios extranjeros", dice Luis, de 27 años, apuntado al cuadrilátero vacío. Ese día entrena con apenas otras tres personas más.

Aunque es en realidad actor de profesión, Luis peleará pronto en el torneo provincial, y espera dar luego el salto a nivel nacional.

La inspiración le llega de su propio entrenador. Nardo Mestre, de 60 años, fue miembro del equipo nacional en la categoría de 48 kilos, donde coincidió con Stevenson, el mítico tricampeón olímpico cubano.

Como muchos ex boxeadores, Mestre se dedica ahora a entrenar en los gimnasios de barrio esparcidos por toda la isla.

Después de un resultado modesto para su historia en Pekín 2008 -cuatro platas y cuatro bronces-, el boxeo cubano espera volver a pelear por los títulos en Londres 2012. Los ocho púgiles que competirán en los Juegos arrasaron con todos los premios en su último torneo preparatorio, el Giraldo Córdova Cardín de La Habana.

En el tradicional torneo, que contó con la presencia de participantes olímpicos de países como Suecia o Turquía, se pudieron ver otra vez las clásicas virtudes de los pegadores cubanos: técnica, velocidad, efectividad, potencia.

"Nosotros llevamos ocho atletas a los Juegos Olímpicos", resumió el entrenador del equipo, Rolando Acebal, durante el Cardín. "Todos llevan en la mente discutir la medalla de oro".
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