De Alfonsín a Cristina: intelecto y política

En la extensa tradición del pensamiento político nacional no se registra una visibilidad tan marcada como la que hoy coloca en primer plano a la intelectualidad local, según rastrea el periodista Héctor Pavón en "Los intelectuales y la política en la Argentina" desde 1983 a la actualidad.

La imagen del pensador recluido en un laberinto que sólo acepta abandonar de a ratos para entregar a la sociedad un fragmento de su gracia, no parece tener correlato en la escena actual, donde exponentes varios del rubro humanístico confrontan a diario en los medios y hasta se permiten fijar la agenda que luego retomarán los principales actores políticos.

En Los intelectuales y la política en la Argentina, recién editado por el sello Debate, Héctor Pavón analiza las tensiones que atraviesan la relación entre poder y pensamiento, a la vez que recorre las relaciones -erráticas durante el menemismo, fluidas en la era actual- que distintos pensadores han entablado con los sucesivos gobiernos desde la llegada de la democracia.

El periodista detecta en su obra tres hitos que ilustran la influencia de los grupos académicos sobre la política: el grupo Esmeralda -que apuntaló al gobierno de Raúl Alfonsín-, los intelectuales que acompañaron el Frente Grande de Graciela Fernández Meijide y Chacho Alvarez, y la convocatoria realizada por el kirchnerismo, que sumó entre sus filas al politólogo José Nun y a Horacio González, director de la Biblioteca Nacional.

"En casi todas las épocas los intelectuales han tenido llegada al poder, aunque su gravitación efectiva sobre decisiones de gobierno ha sido relativa", explica Pavón en una entrevista con Télam, donde además alerta sobre los riesgos de que las confrontaciones actuales queden atrapadas en la coyuntura y pierdan peso crítico.

- Télam: ¿Por qué si bien la tradición intelectual argentina es fuerte a lo largo del siglo XX el trabajo arranca recién en 1983?

- Pavón: El comienzo situado en 1983 permite arrancar con un hito interesante, ya que tras la dictadura aparece un grupo muy definido de intelectuales que empieza a trabajar con Raúl Alfonsín y sirve para ilustrar los picos de intensidad que presenta la intelectualidad. Son los años de los debates largos, en los que ante la ausencia de internet, los cruces transcurren a través de distintas publicaciones, como es el caso del que se da entre Cortázar y Liliana Heker a propósito del exilio.

Por ese entonces se suman al debate sobre el tema figuras como Rodolfo Terragno, Luisa Valenzuela y Osvaldo Bayer desde Alemania que describe la condición del exiliado. Uno de los núcleos más fuertes de dicusión se da en México, donde muchos intelectuales exiliados se congregan en torno a la revista Controversia. Luego tienen intercambios con el grupo de Puntos de Vista, la revista fundada en 1978 por Carlos Altamirano y Beatriz Sarlo.

Ya en democracia es notorio que Alfonsín tiene un deseo de estar rodeado de intelectuales que lo asesoren: así surge el grupo Esmeralda, además de otros que aparecen casi al mismo tiempo. Este apoyo se va a mantener hasta la crisis de Semana Santa, donde algunos intelectuales pierden popularidad y otros quedan decepcionados porque no comparten sus decisiones finales.

- ¿Qué pasa en los años posteriores?

- Con la llegada del (Carlos) Menem al poder, la presencia de intelectuales es casi nula. Menem prefería rodearse de asesores antes que intelectuales. A partir de 2003 se genera por un lado la convocatoria explícita de Néstor Kirchner a que ocupen espacios y por el otro se detecta una intensidad que los lleva a pronunciarse sobre la realidad. En la primera etapa se ve cómo Kirchner necesita una devolución de ideas y por eso apela al contacto con (José Pablo) Feinmann hasta Horacio González y Beatriz Sarlo.

Durante un tiempo, el entonces presidente va a mantener un diálogo fluido con estos pensadores. Dentro de los más integrados al gobierno aparece Horacio González, quien además de mantener su militancia en el grupo Carta Abierta maneja al mismo tiempo la Biblioteca Nacional. Representa uno de los tres modelos más visibles: el del intelectual reconocido que es también funcionario y no cesa su tarea de producción, a la vez que se permite de vez en cuando manifestar alguna crítica.

El segundo modelo posible es el de Beatriz Sarlo, una intelectual que utiliza su bisturí crítico y se ocupa de encontrar algún tipo de `debilidad` en el discurso oficial. Por último está el modelo que encarna Maristella Svampa: el del intelectual anfibio. A partir del 2001 ella rompe con esa cosa de que hay que tener distancia con el objeto de estudio y empieza a mezclarse con diversos movimientos sociales.

- ¿Las temáticas de connotación nacional, como la cuestión de Malvinas o la expropiación de YPF explican la mayor presencia de intelectuales en los medios en los últimos meses?

- Es posible. La participación creciente de los intelectuales en los medios se empieza a generar a partir del 2000 con su irrupción en espacios de radio, publicaciones y columnas de opinión. Eso se intensificó en los últimos años, aunque no sé si podríamos a hablar de una masividad popular. El común de la gente conoce a muy poco de ellos y no tiene acceso a sus discursos.

Dentro de este fenómeno es interesante la aparición de Horacio Verbitsky, que no tiene las características del intelectual clásico pero que a través de sus editoriales en el diario Página 12 logra tener una influencia más marcada y definida que el resto. Esto no deja de ser una hipótesis, pero lo cierto que uno lee sus columnas de los domingos y es probable que encuentre en la semana un rebote de sus palabras en altos funcionarios del gobierno.

- Un escenario polarizado define los intercambios producidos en los últimos tiempos entre algunos intelectuales ¿Esta confrontación tan radicalizada tiene rasgos de banalización?

- Sí, hay una cierta banalización. Están surgiendo agrupaciones de intelectuales cuyo máximo objetivo es rebatirse entre sí, lo que los lleva a caer en el juego de la discusión por la discusión misma. Sería interesante que los grupos que surjan puedan ir más allá. Plataforma 2012, por ejemplo, se ha manifestado contra YPF y Malvinas, dos temas instalados por el gobierno, y en ese sentido la acción conjunta ha quedado replegada a confrontar un planteo y nada más, sin la posibilidad de generar acciones en otros campos.

Hoy se ve es que muchos intelectuales irrumpen en los medios para responder desde el enojo. Están tam molestos y enojados que caen en el insulto: esto implica traspasar las fronteras y ponerle un techo a la discusión. De hecho, cualquiera podría pensar que después de las elecciones del año pasado la escena se iba a tranquilizar. Sin embargo, ocurrió todo lo contrario.

Fuente: Télam

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9 de Diciembre de 2016|16:17
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