Leé los cuentos que vos escribiste en el Día del Escritor

Publicamos la totalidad de los relatos que recibimos. Son más de un centenar de buenas historias de encuentros y desencuentros en la Terminal de Ómnibus de Mendoza, en las que confluyen el amor, el destino, la memoria, el viaje, las despedidas, la nostalgia y el humor. Leete.

Estos son los cuentos que vos escribiste para el Día del Escritor. Publicamos todos los que recibimos hasta las 18 del jueves 14 de junio.

El orden de publicación final, excepto el de los ganadores, no implica jerarquía ni evaluación crítica; es aleatorio, puesto que los sumamos a esta nota a medida que fueron llegando. Gracias a todos por participar.


Las maletas llegarían a tiempo. Su vida no.
Omar Berón

El micro aparcó suavemente. Marina comentó lo tranquilo del viaje. No había ningún chofer dentro.
Angel  Magistris 

Vino el interno 32. Y luego el 44. También vinieron el 7, el 12 y el 43 y hasta el 14 que da la vuelta por Fray Luis Beltrán... Ella no vino.

Buddy Roitman

Abandonó Mendoza, con el bolso lleno y el corazón vacío.
Diego Aldosivi

Cierro los ojos y los abro, veo gente de todo el mundo, me emociono, cierro los ojos y los abro, estoy en la Terminal.
Sebastian Kralj

Plataforma casi setenta, vuelto de dos con treinta. Te vas, Del Sol. Me pierdo entre pavimentos, tus horas ruedan sobre el trajín de los cielos de este desierto.
Mani

En mis retinas quedó su mano plasmada en la ventanilla, como presagio de su eterno adiós.
Isa

Esperaba la Tac y la vi parada ahí, la miré como si no me interesara, pero aun la recuerdo.
Juan Tinelli

Polizón
Nadie imaginó que en el micro de las 21 hs. se había colado la Parca.
Juanae

Destino
Dicen que por las noches, cuando solo la luna pasea por las galerías, la Terminal se puebla de almas que esperan el colectivo cuyo destino es el Paraíso.
Juanae

Sol
Al caer la tarde, se ilumina más el Sol en la estación Terminal.
Klaudioreggae

Eclipse 
Sobre la Terminal del Sol, desafiante y radiante posaba la luna.
S.S.R

Cuento corto
La Terminal bulle. Dos andenes. Uno llega otro se va. La vida...
Oscar Hugo

Terminal de amor
Terminal; lágrimas, el micro parte llevando mi corazón roto. ¡Adiós!
Fig

Estaba ahí
Desenfrenada, debía llegar a la plataforma, el micro se iba. Una voz me dijo: ¿té o café?
Mielmi2008

Decepción
Viajé al futuro, no estabas allí....
Ivanprime

Amor fugaz
Fue amor de Terminal, duró una mirada.
Ivanprime

Apocalipsis
Arrugados y desde el suelo, viejos boletos agonizaban.
Ivanprime

Discriminación
No me dejan ingresar a la Terminal, apenas piso su interior la gente me corretea.... ¡Qué triste es ser perro!
Ivanprime

Solitario

Las chicas de la panadería siempre me daban algo de comer, cuando tenia sueño dormía en el pasto y veía a la gente correr cuando se les pasaba el bondi, así transcurría mi vida, hasta que un día la vi a ella, tan rozagante y hermosa, le olfatee su cola y la seguí. Desde ese día dejé de ser un perro solitario.
klaudioreggae

Almas
Dicen que todos llevan un alma por la parte de adentro, aunque hay tipos que son unos desalmados. Esos son tipos que le vendieron al alma al diablo, o que se los robaron y los llevaron a desalmaderos.
Miguel Lisanti

Desolación
Domingo, 5 de la mañana. Penoso viaje desde Chile, llego a la Terminal y los baños: ¡Estaban cerrados...!
elia ana bianchi zizzias

La partida
Mi empolvada memoria me trajo el recuerdo de ese Raúl de los años 70 mirándome desde la plataforma de la Terminal, con lágrimas y una sonrisa se despedía de mí para siempre.
Vicky Almendra

El medio
Lugar de donde parten algunos sueños y otros llegan, plataforma de encuentros y despedidas, testigo de risas y lágrimas, el puente que vincula ciudades, siempre el medio pero nunca el destino. Mientras pienso todo esto miro mi reloj, un cuarto para las 10. Aún sigo esperando el colectivo donde al bajar su voz y su piel hagan parada en mis brazos.
Luc

Dos pasajeros
Un oscuro joven mostró su pasaje antes de subir... asiento 13. Le vendieron el mismo que a mí... pensé. Durante el viaje nadie parecía percibir mi presencia, como si no estuviera allí. Y al joven nunca más lo vi. Todo era extraño, y hacía frío, mucho frío. Demasiado frío.
analiacombes

El ángel
Eran las 7:24 hs. de la mañana hace veinticuatro años, iba muy ansioso casi desesperado, a las 8:00 tenía que estar en Ugarteche, soy docente, tenía concurso, no sabía donde queda Ugarteche. Entré a la Terminal por el costado oeste, y ahí estaba él, un nombre, sin rostro, casi etéreo..., le pregunté por el bondi, y señalando con su dedo índice, simplemente me dijo: -Ese, el que está por salir...
Pretor

Antes de salir
Él recordó los momentos en los que saboreó su cuerpo. Ella se paró frente al pasaje y contó su trágica enfermedad de transmisión sexual, pidió monedas. El reflexionó.
Gustavo Salinas

Despertar
Entre sus cartones asomó un ojo. Gentío, idas y vueltas, golondrinas de viñas vaciar, Baires y Santiago, gringos, potrerillos, el bien y el mal. 
Alejandro Giménez

Destino equivocado
Desde que me subí al micro hasta que me bajé. La miré y no me miró.
Federico Moreno

Ida y vuelta
Las únicas lágrimas son las de la ventana. Ella no llora porque sabe que lo alegre de las despedidas es que habrá una bienvenida.
Federico Moreno

La vuelta de Cacho
Estoy solo en la Terminal... no queda nadie, donde están todos, que pasó… ¿Y los micros?
¡Soy Cacho, el chofer de la TAC que volvió después de varios años!
Aniceto

Terminó en la Terminal
Terminal, ahí termina todo, sí, en la Terminal de ómnibus de Mendoza terminó mi última ilusión, mis ojos llenos de lágrimas seguían la figura borrosa del micro de larga distancia donde él se iba, sí, se fue, para siempre.
edith61

Terminaba
Y después de la guerra, se iban a reunir nuevamente. Su micro llegaba a la plataforma 33. Ella esperó ansiosa su regreso, fue vestida muy formal y de negro; sabiendo que en realidad no iba a volver. Se contentó con saber, que si algo hubiese sido de otra manera, ese día hubiese sido uno de los más felices de su vida.
argentino91

Era cierto
Cuánto lloré, supliqué, te pedí que volvieras, vos solo me decías: soy una basura… no quería creerte, te extrañaba tanto, me dolía tanto perder ese amor… Dos semanas después te vi bajando del expreso…  con tu nuevo amor, que triste era cierto… Eras una basura.
cordilleradelosandes

Terminal del sol
Con pasaje en mano fui a la Terminal de Mendoza. No había nada ni nadie, la luz  estaba muerta. El nombre del lugar había cobrado vida.
M. Eugenia Simionato

La despedida
En el andén 31 y con las maletas ya en la mano, lo vio. Su corazón se estremeció de golpe, la había seguido para despedirse.
 -¿Qué hacés acá Tono?- le dijo mientras lo abrazaba entre sollozos.
El no dijo nada. Simplemente lamió sus lágrimas y movió la cola.
Alcides Norman Pessina

La mosca
La mosca se posó sobre el espejo del colectivo que estaba por salir, vio miradas, peleas, lágrimas,  desilusiones y cansancio en las personas que estaban por viajar…en ese momento se dio cuenta por fin, que en su soledad no es el único insecto.
Dani Lanzi

Mala idea
Después de esquivar una rueda de un micro por partir, dos zapatos de taco de una señorita y un mocasín de un cordobés que viajaba a su ciudad, la hormiga se dio cuenta de que, como es abajo es arriba y que la Terminal no es un buen lugar para haber construido su hormiguero.
Dani Lanzi

La espera y el zorro
Pochi llegó a la Terminal con el último aliento. Llovía. Unos chicos jugaban a la escondida entre los micros. El de Rosario, ¿a qué hora sale? De repente, un zorro de cola marrón se cruzó por delante y casi tropieza... ¿a qué hora? Entonces, despertó.
vitazzu

Fiel amigo
Allí donde para muchos las aventuras comienzan y donde para otros el otoño nos abandona; para nuestro fiel amigo, al compás del vaivén de miles de tobillos apurados, la vida transcurre, siempre a la espera de una mirada. La Terminal es su hogar, nosotros sus huéspedes.
Aarón Coque Vazquez 

Se fue el micro
iempre pensé que era rápido, pero si me confío mucho de eso, por  más que corra a toda velocidad, los micros no esperan.
Pablo Quintana

Ni tan frío estaba el plato
Cuando, segundos antes de subir al colectivo, con un beso en su húmeda mejilla, y un “lo siento” poco sincero, me despedí de Laura, no sabía que le estaba diciendo adiós a quien iba a ser mi jefe estos últimos 15 años.
Mariano Panelli

Esperanza
A veces, cuando la desazón se apodera de mi, salgo a caminar por plazas y bulevares. Y siempre acabo sentado en uno de los bancos de la Terminal, esperando que algún ómnibus se compadezca de mi soledad y traiga consigo la otra mitad de mi corazón.
Ivanprime
 
Viaje
Me pareció extraño ver la Terminal inundada- pensé mientras recorría sus pasillos vacíos-pero más extraño aun fue ver ese bote arrimado a la orilla. -¡Bienvenido, entrégueme sus dos monedas! -me dijo Caronte extendiéndome su mano huesuda.
Ivanprime

Espera
En la sala de esperas del hospital dos ángeles aguardan ansiosos. Uno se llama Piedad, el otro Misericordia. Su espera es interminable y en vano, ya no hay enfermos en la ciudad. Son las contras o los pro de vivir en el Paraíso.
Ivanprime

Sin testigos
Por la mañana me desayuno el olor al café y una tortita que un mozo me entrega a escondidas a eso de las doce. Doy estampitas de santos que no conozco en el ala oeste y miro cómo las sonrisas suben a los colectivos y saludan hacia abajo con besos. También veo a una multitud de mochilas cargadas por personas tan grandes como ellas mismas yo le extiendo mi pequeña mano, a veces me ignoran como a una planta. Hay macetas en la Terminal, yo las he visto, aunque nadie se acuerde de ellas.  Cuando se hace de noche y me acuesto entre la pared y el piso, envidio a las palomas que duermen en el tinglado pero no a sus alas, sino que se mantienen juntas para darse calor.
Juan Manuel Montes

Objeto parlante
Cierto día Ale T., un músico inspirado, mira sobre su costado y reconoce un objeto... Con el tiempo descubre también, que este objeto era capaz de trasladarse, de relacionarse con otros objetos y otros seres. Por momentos, el hallazgo despertaba cierta fascinación en el artista. Cuando llegaban algunos invitados a sus fiestas, el músico de gracia innata, mostraba a los asistentes cuantas cosas era capaz de hacer aquel nuevo fenómeno. Lo dramático del caso... el objeto manifestó su inmensa humanidad y cobro forma de mujer... Desde entonces, el músico desplazó al objeto a un oscuro rincón, tan sórdido y remoto, como lo es olvido.
jorgelinanatacha

No llegabas
Vos no llegabas… y las flores en mi mano se marchitaban. Hice la vigésima pasada por delante de la plataforma 31, un ciego pedía monedas, bastón en mano. Llego un micro vacío, el conductor desciende y deja el motor en marcha... En mi vigésima primera pasada el micro ya no estaba. El ciego tampoco. Solo el bastón en el piso quedaba. El conductor confundido, la policía desconcertada, mis flores marchitas... y vos no llegabas.
famarq

Amantes

Cruzaron la calle tomados de la mano, sus figuras se reflejaban vagamente en los charcos sobre el asfalto. Ingresaron al hotel. Sabían que ésa sería la última vez, y se amaron intensamente…La noche y la mañana fue una sola. Se vistieron en silencio y salieron a la calle, bajo un cielo que también lloraba. Caminaron pausadamente, retrasando el adiós. El último abrazo, el último beso, y la melancolía, se fueron en ese ómnibus que lentamente salió de la Terminal.
Alberto Lovos

Cualquier semejanza con la ficción es pura realidad
Luego de muchos años, había vuelto a la Terminal, hoy acompañaba al Señor Importante en sus importantes negocios. Se detuvo a contemplar los pasos apurados, los amores interrumpidos, las complicidades cotidianas, los llantos ahogados, la gente durmiendo en los bancos. Ella misma había vivido tanto tiempo en ese lugar, pero hoy era la amante del un Señor Importante y se había encargado de borrar todo rastro de aquella chica del sur sin plástico en los bolsillos ni en la cara. Y al fin supo, que ese pasado que con afán había tratado de olvidar, era todo lo que tenía.
valx

Mirada
Ella volvía a su casa, después de algún tiempo sin mirar los álamos que franqueaban la entrada. Esperando el de las 4 de la tarde, boleto en la mano,  cruzo por  un momento un rostro que le pareció familiar, pero con unos ojos tan llenos de olvido y vacío que le aterrorizó pensar en las cosas que los hicieron mutar. Al ocupar su asiento finalmente, buscó aquella mirada que la perturbó, y  descubrió solo sus ojos.
Nicol Dominan

Impaciente
Estaba sola esperando expectante la llegada del colectivo mientras miraba la gente pasar, ya no soportaba más, las suelas de sus zapatos no paraban de dar saltos, mientras que sus rodillas daban brincos de desesperación. Sus ojos lagrimeaban sin cesar, estaban rojos y parpadeaba constantemente para que no se notara. Al fin llegó el colectivo y bajó él, se abrazaron y besaron, pero ella sólo quería una cosa. Él rápidamente abrió el bolso, ella sonrió, estaba ansiosa el gran momento había llegado. Él con la ternura de siempre, sacó finalmente las gotas para su alergia.
Claudia Romano 

Turquesa
Calurosa y emotiva noche para viajar desde San Juan, feliz porque en mi pensamiento esta ella. Dulce y bella mi vecina y compañera de estudios, con esas mejillas sonrosadas, que hoy enhebran mis recuerdos colegiales. Bocanadas de nuevas sensaciones en febriles noches en vela persiguiendo el embrujo de sus ojos, para regresar a la quietud de la mañana y descubrir su cutis de lirio. Han pasado 20 años, y el destino nos reúne en Mendoza. La promoción 1981 del Colegio nos convoca a una cena.- La noche se ilumina al llegar a la Terminal de Mendoza al descubrirla esperándome. Me acerco a una mujer deslumbrante y pienso: valió la pena la espera. No cabía duda, siempre lo supe, el amor es eterno.
Alicia Estrada

Tolle, lege
Al atardecer, la gente camina con pasos más apurados. En el ala oeste de la Terminal, las últimas luces del día la acompañan en su tímido andar. Mira la gente, se mira en el reflejo del vidrio del bar. Alguien también la mira a través del vidrio, ese alguien la sigue hasta la plataforma 46. El mismo alguien le entrega un trozo de papel que dice Las líneas de las manos, una caligrafía muy rústica copió el texto de Cortázar y se lo entregó a ella. Una línea sale del papel, contornea su exótico perfil, se desliza y baja por las líneas amarillas de la plataforma. Recorre la silueta del colectivo que la joven acaba de tomar, cuando este avanza, la línea deja una estela imperceptible y se cierra en la mano del muchacho.
Marcela Ivana Ponce

Nooo
Y su mamá insistía.
-¿Y el shampoo?
Él le respondió alterado y nervioso por su viaje.
-Sí, mamá. ¡Llevo todo!
Cuatro horas después, el agente de migración le solicita su pasaporte.
-Pasaporte, por favor.
Entre dormido le responde.
-Sí, acá est…
Y, con los ojos enormes, se le vino a la cabeza la cara de su “pesada”, pero sabia mamá.
Federico Moreno

Un cuento más
Divago por un rato hasta que cayó en la idea de que faltaba poco para que llegase su colectivo. La Terminal quedaba muy lejos de su casa, ese día fue agotador para el, subía y baja de un autobús a otro casi por inercia. Dejaba muchas cosas atrás incluido su gran amor, María rosa Girino, no iba a encontrar una persona como ella nunca más en su vida. Llanto y besos habían sido el sello de su despedida. Nadie podría haber dicho que no eran el uno para el otro. Sin querer una lagrima cayo sobre su rostro, se limpio con el pañuelo que ese día ella le había regalado junto al puro que el tanto fumaba, tomo sus bolsos y se dirigió hacia aquel autobús que lo separaría de lo que el tanto quería. Convencido de que lo que hacia era lo correcto, saludo al chofer muy amablemente y se sentó en el primer asiento, sonrió al ver su ciudad por ultima vez .Y solo una pregunta se hizo, ¿habrán encontrado ya su cuerpo?
Heber Adrián campaña

Se amaban todos los lunes en el baño, cuando a la Terminal sólo se le asomaba el sol por el nombre. Cuando la  clandestinidad también se les hizo rutina y ningún diablo copó la parada, decidieron venderle el alma a un maletero y se fueron con los bolsos en el hombro a vivir la vida de quien les hubiese gustado ser.
Alejandra Adi

Una ventanilla los separaba de todo lo que pudo haber sido. Clara no quería viajar, él no quería que marchara.  Los bolsos hacían estruendo en su pecho, mientras la Terminal oscurecía más que nunca. En el fondo de sus ojos el reflejo de mil mares. Por detrás la montaña y más allá la ruta, el destino.
Romina Asaguatte

Perro
El perro me mira tras el manto no piadoso del frío. Respiro su exhalación que hace volutas de humo en la noche que espera el Expreso a San Martín. No llevo más comida que una torta mordisqueada. Comerá un poco de mi saliva y seguirá haciendo humo, como humo son las promesas de protección que recibe. El Expreso de medianoche llegará y subiré con ojos de perro azul de frío de vuelta a mi cucha calentita.
Law B.B.

El tipo, delante mío en la cola, asegura con la mano el bulto que sobresale de su bolsillo. Tiene un chumbo, nos va a matar a todos, la inseguridad acorrala y cuando el de atrás exhala en mi nuca, veo a la policía. Qué alivio. Por momentos. El tipo va a ponerme el revólver en la mano y sin saber cómo, te voy a disparar y vas a morir. Terminal de Ómnibus, viaje a la cárcel de la muerte.

Law B.B.

Algunas veces, cuando camino por la Terminal, me pregunto si todas esas personas que allí habitan y deshabitan momentáneamente, se cuestionan su destino o simplemente guardan su equipaje, le entregan el boleto al conductor y se despiden con un último adiós.
Celeste Cornejo

Me estremeció advertir que únicamente había partidas ese día, y que la angustia dominaba cada adiós; me embarqué apremiado por el miedo de verme calado por tanto dolor ajeno y, evitando darle nombre a mi destino, marché en busca de una estación que sólo admita bienvenidas".
Carlos María Genta

Un día llegué a la Terminal, con mis ingenuos 16 años; inicié un viaje de larga distancia en donde conocí a mi compañero de ruta; entregué mi pasaje y mi corazón. El viaje duró 36 años. Por el camino sembramos cuatro retoños; ayer bajé y en lugar de mis cabellos rubios, hilos blancos lo surcaban... y mi corazón, húmedo aún por las lágrimas, como un rompecabezas, sus piezas atesoro en mis manos y en mi alma.
Marita Ferrer

Creo que voy a partir Creo que tengo que acarrear con las maletas de otros Creo que mi voz ruge como un león Siento mucha gente dentro mío Creo que todos gritan Siento que me saluda mucha gente Creo que me manejan como quieren Creo que soy el colectivo.
Dani Lanzi

Disculpe señor, y adonde para el 54? yo no discuto de política con nadie y menos en una terminal de ómnibus; pero señor, no lo entiendo, de que me esta hablando?; mira pibe, conmigo no te hagas el canchero porque te va ir mal, y así fue que el joven Felipe se marcho a su casa angustiado por no encontrar el 54, y haber perdido su primera cita de amor.

La mosca esta en la sopa

 

Los días de invierno me la complican bastante, mis huesos ya no son los de antes y le declaran la guerra al frío del banquito donde me siento a esperarla todas las mañanas a las 9.15, desde hace exactamente 5 años. Sin embargo, nunca he roto mi promesa, y estoy orgulloso. Es posible que sea mi mayor logro, y que muchas personas no lo consideren ni siquiera como tal, pero al fin de cuentas tampoco tengo a nadie importante para explicarle por qué lo hago, y a este punto de mi vida no me preocupa que piensen que estoy loco. Mis hijos se fueron hace tiempo, formaron sus propias vidas y solo hacen las visitas de rigor para las fiestas. Sólo me queda ella, la memoria de su amor, y la nostálgica espera de ese micro de San Luis que nunca apareció, esa mañana a las 9.15, hace exactamente 5 años. Mañana voy a tener que abrigarme más, ya veo que este año el frío no me va a dar respiro.
Giuliana de Polo 

Junté mis cosas en una bolsa cualquiera. Recogí un poco de dinero y me marché del lugar. Para eso, debía atravesar la Terminal. El primer lugar donde la conocí a ella. Lo recuerdo. Recuerdo pensar que el nombre “del sol”, describía a la perfección el color de sus ojos. Pensar en todo lo que la amé. Y ahora debía marcharme. Todo el lugar me sabía amargo. Ahí estaba el juego de pasillos. Ese maldito juego de pasillos en formas de “Z”, persiguiéndome hasta en el último instante de mi presencia en esos lugares. A paso lento, dejaba atrás los besos recibidos y las caricias guardadas. Dejaba millones de sonrisas en el suelo. Me vestía a duras penas y siempre me ocultaba tras lentes oscuros para disimular mi depresión. Esta vez en la pasarela no había nadie llorando mi partida. Mi mente dibujo un “te amo” en la ventana con mí último aliento. El colectivo partió. Mis ojos no respondían al mandato de mi mente que era cerrarse. Ellos querían registrar cada milímetro de esa Terminal. Querían ser testigos de la memoria.
Juan Manuel Restaño

Terminaba
Y después de la guerra, se iban a reunir nuevamente. Su micro llegaba a la plataforma 33. Ella esperó ansiosa su regreso, fue vestida muy formal y de negro; sabiendo que en realidad no iba a volver. Se contentó con saber, que si algo hubiese sido de otra manera, ese día hubiese sido uno de los más felices de su vida.
Santiago Selva

Pasajes
Me levanté de la silla, tome mi campera y mientras me acomodaba los auriculares en los oídos, salí para la Terminal. La música sonaba acompañando mi caminar y mis dedos dentro de mi billetera, decidían la forma de volver a casa. Esta noche será en colectivo. Qué difícil es llegar a fin de mes.
La Terminal mostraba una desolada imagen. Uno que otro joven que cruzaba la costanera charlando, o algún que otro empleado nocturno que empezaba su rutina. Me senté en uno de esos escalones de piedra, escenarios de tantas vivencias de transeúntes, y me puse a pensar en todas los sucesos de la cual la Terminal fue testigo mudo. Me imaginé los desamores, los encuentros y las partidas. Me imaginé los miedos de los recién llegados y las esperanzas de los que venían con las manos llenas de trabajo. Mire las paredes gastadas y sonreí. Porque vi como si aquel antiguo edificio, me diera las gracias por recordarlo aunque sea un par de segundos.
Doblando la esquina se asomo el transporte público y haciendo que se detenga con la señal conocida por todos, me encontré caminando por los pasillos de gráciles luces, con filas de asiento a diestra y siniestra. Ultimo asiento a la derecha, parece que estuviese reservado para mí, como tantas veces. Y así, me marché. Dejando atrás al gigante punto de concentración. Que me esperaría con los brazos abiertos otra vez, por la mañana.
Diem Carpé

Bienvenidos
Personas que abordan autobuses dejando atrás una historia. Madres agitando pañuelos de augurios mientras ven a sus hijos partir a diversos lugares por diversas causas. Nobles sonrisas, arrastradas por la alegría de un familiar que regresa, recibiendo equipajes cargados de historias. Aventureros deseosos de conocer las tierras que tiñen las copas cristalinas en deliciosos colores. La irritación de quienes perdieron un colectivo. La angustia de algunas Penélopes camufladas a la espera de sus Ulises que descansan en islas de caras inglesas con corazón argentino. Este sitio, donde un reloj gigante apresuró la marcha de muchos y a otros tantos apuñaló por los segundos mal medidos, necesitaba nacer bajo la luz de un sol, de ese sol que abriga la Terminal con su nombre. ¡Adiós al pasado!... Terminal de bienvenida, la Terminal del Sol.
Simplemente Riso 

Micro-cuento
Como todas las mañanas salió a trabajar, llegó a la Terminal a la misma hora de siempre. No parecía un día cualquiera. Subió y el micro estaba casi vacío. Se extrañó al ver sólo tres mujeres sentadas en los primeros asientos. Se ubicó en el medio y de a poco comenzó a observarlas detenidamente. Se dio cuenta que eran muy bellas. En un momento pensó: Cómo me gustaría que nos rapte un plato volador, nos lleve muy lejos y nunca regresemos. Cerró los ojos, se durmió y efectivamente ahí estaba, abrazado con las tres lindas mujeres. El chofer no aparecía, por ahora. Está en terapia intensiva del Hospital Central.
Hugo Gonza 

Lo vi ahí, en la plataforma 42, donde la gente espera su turno para viajar a las montañas. Se colaba entre las personas con ese pelo que brillaba y una sonrisa constante que contagiaba al que lo miraba. Yo, tímida, ni me acercaba a olfatearlo… Sin embargo mis ojos abiertos de par en par no dejaban de seguirlo. De vez en cuando dejaba de dar vueltas entre la gente para verme (obvio, se sentía observado), y yo volteaba la mirada tratando de pensar en algo más. Hasta que una vez cuando volví la vista hacia él lo tenía frente a mí.  Vos te quedás conmigo –me dijo. Y yo, entre asustada y emocionada no pude ni mover mi cola. Comenzamos a correr como locos, persiguiendo a todo el que pasaba, y a nada en particular. Sos muy lindo –le dije. Gritó como si llegara su dueño. Era cachorrón, casi adulto. Entre corridas rozábamos nuestras colas y nos dabamos besos casi en el aire. Éramos nuevos en el lugar, todo nos parecía atractivo. Nos asombrábamos con luces, con sonidos, de vez en cuando algunos nos miraban y decían: -qué bonitos se ven juntos. O algo como: -Look at those, so cute together. Y luego seguían su rumbo. Cada cual a destinos diferentes. Nosotros, luego de haber recorrido la ciudad, ya habíamos encontrado el nuestro.
Lolita Yagami

Espera infinita
En una mañana cálida otoñal, algunas ráfagas de viento Zonda se colaban entre centenares de pasajeros que se desplazaban a toda prisa por la Terminal de Ómnibus de la Ciudad de Mendoza. Junto a una infinidad de equipaje de quienes envejecen por las largas esperas, Miguel aguardaba ilusionado la salida de un gran autobús con rezagos de insectos en su gran parabrisas, el cual haría posible un anhelado y romántico encuentro en el vecino país. Sin embargo, el clima en las montañas se empeñó en ahogar su ilusión de partir y allí permaneció por horas, cubierto de polvo y desánimo en una espera que jamás terminó.
Luciana Condorelli

Tostadas con manteca y miel
Entró al túnel que comunica la Avenida Costanera con la Terminal de ómnibus con el temor de siempre. Humo de  hojas quemadas invadía todo. No se  sentía el habitual olor a  orines y suciedad. Para  ahuyentar el miedo pensó  en el olor de las hojas secas quemadas cuando regresaba de la escuela y en el de las tostadas calientes con manteca y miel que su madre le preparaba para el té. Con la imagen protectora  de la madre casi le pareció  sentir en el paladar el sabor de la manteca derretida sobre la tostada mezclándose suavemente  con la miel dorada. Tostadas con manteca y... La bolsa de nylon sobre su cara apagó todo recuerdo.
Leonor Sinay

Pasajero del tiempo
Enrique  abrió sus ojos y no podía entender lo que veía ¿donde estaba ? no alcanzaba a comprender que era un kiosco de revistas de la Terminal, de pronto alguien se acerco y le pregunto si tenia alguna revista de historietas, para leer en el ómnibus de regreso a capital federal, Enrique pregunto a aquel viajero ¿donde estoy ? el hombre no supo que decir, volvió a inquirir y dijo ¿ que día es hoy ? el pobre viajero con cara de asombro solo atino a decir, estamos en junio de 2001 y se fue confundido, Enrique, aturdido,  solo esbozo, pero si ayer estábamos en junio de . . . de 1986 y yo, yo solo se que estaba esperando la salida hacia Uspallata, cuando escuché a Víctor Hugo relatar el gol de Diego y lo último que recuerdo es lo de barrilete cósmico y  . . . y ya no recuerdo mas . y si, tal vez ya lo hayas entendido, ese barrilete cósmico lo traslado 15 años en el éter, para ya no ser un simple viajero terrestre, si no elevarlo a la categoría de . . . pasajero del tiempo . . .
Ariel Córdoba

La Terminal
Frío el sueño, Lean, estás soñando y tenés frío. Hace muchos días no la ves a mamá Lean, pero cuando la fiaca viene con imágenes no es posible despreciarla. El soldadito verde es de los buenos, el azul es de los malos, Lean. Pintoresco. ¿Te acordaste de meter los soldaditos en el bolso? ¿Sabés que no volvés hasta dentro de unos meses no?
A tu lado te quieren despertar, vos en parte ya lo sabés. No gracias, decís. El azul viene en un tanque pero el verde esta armado hasta la nuca. ¿No te los olvidaste Lean? A la helada rutina del despertarse le seguirá la de abrigarse. Y comprobar que traés la frente pegada al vidrio desde Tunuyán no ayuda en nada. Divorcios eran los de antes, Lean. Escuchá bien, te dice ronca pero dulce la voz: —Nene, ya estamos en la Terminal querido.
Lisandro Mulena Galera

 
En la vida siempre se espera, especialmente en las terminales donde llegue una tarde a buscar a mi hermano, precavido y puntual me instale en el bar a mirar a través del vidrio empañado y lo primero que vi fue a dos monjitas subiendo al colectivo y pensé que seguramente antes de instalarse en el semicama elevarían una plegaria al Señor, para que el micro que atravesaría las vastas pampas argentinas no se estrelle con una de las  vacas que animan las rutas, que también están hartas de pastar siempre en el mismo campo y que carajo, también quieren conocer lo que hay detrás del alambrado, antes que le peguen un mazazo en la cabeza y alegren las mesas dominicales
Vi también  como se llora en las terminales, abuelitos que despiden a sus nietos, padres a sus hijos, novios que se despiden con promesas de amor eterno, aunque el que se quedó miró preocupado  quien le toco de acompañante a su amada, no vaya a ser que después del arco de desaguadero después de exterminar la bandejita con pollo relleno y cuando se apagan las luces, surjan los instintos animales estimulados por el ronroneo del motor y total,  si  te he visto no me acuerdo.
Se llora cuando se parte  y cuando se llega, pero se llora indefectiblemente en las terminales. Destino Mar del Plata rezaba el cartel del ómnibus que se instaló en el andén, todo el mundo a veces quiere irse y yo también, dejar Mendoza y sus empanadas y emprender un nuevo rumbo, donde se pueda ver el mar y no haya reinas de la vendimia y encontrarse si con sirenas que nos llaman desde las profundidades para conocer al capitán Nemo y sus peces multicolores.
Anuncian la llegada del micro que espero, se baja mi hermano, nos abrazamos y los dos lloramos, en el andén de la Terminal.
Hugo Chiavetta

 
Regreso a Mendoza desde Baires, en Liniers sube una mujer, rubia, triste, ocupa el asiento de al lado. Trata de hablar lo menos posible, al hacerlo se nota el esfuerzo, hubo llanto reciente, mi gentileza es ahorrarle las palabras con respuestas cortas, austeras, el silencio se instala. Se acurruca contra la ventana, me sumerjo nuevamente en el sudoku.
Avanzada la noche, me dice: La manta es ancha, si quiere la compartimos, con confianza; le digo: gracias, muchas gracias. Pero no lo hice, me atemorizó tanta cercanía.
A la mañana, el azafato se olvidó de servir el desayuno, o se quedó dormido, no importa, recién antes de llegar a San Martín lo servirá. El hecho generó una charla casual, ¡un mundo esa mujer!, enfermera, cruz roja, médicos sin fronteras. La india, un hijo en México, los curdos, Marruecos, África. Guerra, lapidaciones, muerte, supervivencia. Llegamos a la terminal, bajamos a buscar el equipaje.
Me voy a Dorrego, me dice, suerte con tu viaje a Italia, quizás conozcas a una linda italiana y te cases. Se va, la veo irse y siento que una historia se diluye hasta desaparecer, una buena historia para escribir, para contar, para escuchar, o para ser parte de ella, lo que sea. En casa, rodeado de las niñas, con el ruido estruendoso, familiar, más de una vez estuve en Nairobi.
Daniel Flores

 
Me desperezo, cruje el cuerpo, el micro lechero hizo el viaje eterno y agotador, semidormido o semidespierto recojo los bolsos, entro al pasillo cubierto. ¿Señor? ¿Viaja a Chile? Lo llevamos.  No contesto. En la vidriera del café, una pareja juega con su beba, se ven felices, con las valijas a sus pies, en otra mesa una mujer madura lee el diario, un chico frente a ella, sus dedos apuñalan un jueguito electrónico. El mozo pasa con una bandeja y se detiene a servir el desayuno a un grupo de ruidosos adolescentes. Cambio de mano los bolsos, uno de ellos pesa una tonelada, la mitad revistas de historietas, del año e’ñaupa. ¿Se lustra caballero? No respondo. Servicio de Remis, taxi, lo llevamos donde quiera. Umm musito. Una mano extendida, una voz lastimosa. Seeeñor una ayudita seeeñor, diooo se lo va a pagar señooo… me paro, revuelvo, encuentro, pongo sobre la mano dos pesos. Gracias señooo diooo lo bendiga señoooo. No digo nada, sigo caminando, el bolso realmente pesa. Salgo a la parada de taxis. ¿Necesita taxi señor?, asiento con la cabeza.  El muchacho abre la puerta, le doy la propina, subo al taxi, dejo la Terminal, entro a Mendoza.
Daniel Flores

M`ija, la dotora!
Por los años `90 una humilde muchacha desde un rincón hostil mendocino decidió estudiar medicina! Sin recursos pero con unos padres extraordinarios que motivaron tal iniciativa, decidieron seguir golpeando chapas en un taller hasta los 70 años y limpiar pisos de casas, oficinas, guarderías, para procurar el pasaje de la tenaz postulante y durante quince años viajó desde las 5: 45 hasta las 22:00 que llegaba a su hogar, cálido siempre, pero a veces, sin dinero ni asilo, pasaba ayunos prolongados y varias horas “aprendiendo” en los Hospitales “junto a los pacientes”, acompañando a su bienestar o tal vez escuchando una última charla pero “con ellos” hasta la hora incierta de poder regresar. Así comenzaría otro largo día de actividades sin faltar ni a una clase ni llegar tarde. Un día, agobiada y cansada sin saber cómo regresar a casa, sentada en un viejo y herrumbrado banco de la Terminal, se atrevió a “pedir” prestado al quiosquero que tenía el local justo enfrente de la plataforma que todos los días la veía llegar y salir, pero un desconocido al fin, las monedas  equivalentes al valor “un pasaje de viaje” para ir a casa…y éste, se lo dio sin preguntar…!-(pareciera que su desaliento  y el guardapolvos amarillento hubieran aportado lo suficiente)-. Al otro día, feliz, a las 07:00 horas la joven muy agradecida le devolvió el dinero prestado y éste muchacho, del que no se recuerda ya la cara, más que un pasaje de retorno a los suyos; ignora que le entregó la humilde dignidad y así, la doctora, se la devuelve a cada paciente, sin diferencias ni preguntas, sin vergüenza ni grandilocuencias, retribuye….y cuando la alcanza lo paupérrimo con los pies cansados…pide ayuda, para ayudar.
R.S

La buena suerte
El gordo se paró en el medio de una de las entradas de la Terminal, no me pregunten cuál, cada uno que cuenta la historia le cambia la entrada, o la salida, no sé. La cosa es que el gordo miraba para todos lados tratando de ubicarse en ese panal de personas que volaban con sus pies de un lado para otro. El gordo era socialista así que no fue difícil que sus pies agarraran para la izquierda. Camino por el ala central sin preguntar nada. Si lo hacía se le caía la imagen de rudo que tenía. Quería mirar los ómnibus estacionados, pero se distraía con las revistas de mujeres con planos detalles de lugares moralmente inhóspitos, pero muy “hóspitos” para su deseo. Dio algunos pasos más y observó otra tentación. ¡Este lugar está lleno de tentaciones!!  Una hermosa y curvilínea… oblea de chocolate. El gordo debatía consigo mismo si le gustaban más las apetitosas mujeres o los dulces mientras pasaba por el local de los recuerdos comestibles. En eso llega al ala este, gira su calva cabeza a la derecha y ve otro largo pasillo lleno de bolsos con gente. El gordo frunce el ceño y decide caminar unos cuantos metros, mas esta vez atento. Observa varios ómnibus con el cartel “Chile” y piensa para sus adentros “acá no debe ser”.
Vuelve sobre sus pasos y encara para la otra punta de la Terminal cayendo en la cuenta que la misma tiene forma de U. La historia se alarga si cuento lo que hizo el gordo en ese trayecto, calculen que fue básicamente lo mismo de antes pero al revés.
Al llegar a la mitad del ala oeste observa la parte trasera de un desvencijado micro que se aleja de la Terminal echando humo como si fuese una Fukushima con ruedas. Perdido por perdido pregunta de dónde sale el micro a San Martín y le señalan con el dedo que era ese que se iba. Se maldice a sí mismo para sus adentros por la mala suerte, pero más por esa tonta idea que le inculcaron de niño que preguntar no es de hombres.
Al ratito aparece la salvación, un hombre bajito le ofrece un viaje –un tanto ilegal- en un remis que sale para San Martín. Decide aceptarlo no sin antes pensar que por ahí la Terminal, más que forma de U tiene forma de herradura de la buena suerte.
Dany Pacheco

Mendoza, si es que se llama todavía así
Bajó del colectivo que la traía en “apenas” 12 horas de Buenos Aires a Mendoza. En su cuerpo todavía yacían las marcas de la incomodidad del bajo presupuesto. Pero ya no importaba, estaba en la Terminal de ómnibus de Mendoza. En la Mendoza de sus recuerdos, por fin (el auxiliar a bordo se despidió amablemente). Mientras caminaba los pasillos esquivando personas, o más bien despedidas. Reflexionó sobre la nostalgia de no ser la misma que 10 años antes había caminado esas calles (esquivó un maletero impaciente). Aquella que tomaba cerveza con buena compañía durante las noches de poesía. La que aprovechaba el viaje en micro de media hora como excusa inexpugnable para leer a Galeano o para pensar en porvenires (ahora un niño se interponía en el camino). ¿Serían los mismos veinte minutos de caminata al centro acompañados de rigurosos análisis de vida? (el mate de la vidriera está a buen precio). Seguramente los adoquines no tendrán la misma forma, como tampoco las caras atrapadas en la memoria. Tampoco las montañas, fieles testigos de sus casi treinta años de caminar (una mujer llora abrazando a un hombre, que tristes son las despedidas).  El cielo tendrá otro azul, diferente del de los recuerdos pasados de añoranzas contrapuestas. Y ahí, ahí mismo cruzando el Soppelsa que siempre fue una cruel tentación, se dio cuenta que nunca será esa misma mujer. Pero tampoco la ciudad será la misma (un vendedor le ofrece un pasaje para Santiago). Y pensó para sí misma que la evolución era una perra despiadada que no perdonaba a nadie ni nada. Todo cambia. Salió de la Terminal buscando en su mochila el peso cuarenta para el colectivo a casa, si es que todavía costaba eso.
Florencia Yanelli

Casualidades
El pequeño café de la terminal  estaba apenas concurrido. En un par de mesas, turistas de fin de semana conversaban sobre los proyectos a corto plazo y lo que iban  a hacer y dejar de hacer durante los siguientes tres días.
El, sentado al fondo, debajo del televisor que mostraba las noticias, leía el diario. Ella, en la otra punta  escribía mientras los micros entraban y salían.
No habían notado su presencia ninguno de los dos. Cada uno estaba concentrado en su tarea. El primero que levantó la vista fue el. La vio, detrás de sus lentes oscuros, con la lapicera en la mano, borroneando sobre una servilleta.
La miró, la recorrió de pies a cabeza. Algo le había llamado la atención. Sola, escribiendo, parecía estar esperando a alguien.
Dejó el diario a un costado y pretendió mirar el televisor cuando ella levantó la vista. Recorrió el café con la mirada y volvió a escribir quien sabe qué, sobre su servilleta. Se recostó en la silla y cerró los ojos.
Algo vino a su memoria y prefirió abrir los ojos antes que recordar. Un par de lágrimas rodaron hasta su cuello. Aun así siguió con su tarea. El la miraba obnubilado con el diario en la mano.
Cuando terminó de escribir y se acomodó, lo vio parado a su lado con pañuelos en la mano.
-¿Puedo ayudarte? Tal vez los dos estemos pasando por algo parecido.
Ella se levantó y lo abrazó. Los pañuelos cayeron al piso. La brisa desde la puerta voló la servilleta sobre un cantero. En el primer renglón se leía: “El pequeño café de la Terminal estaba apenas concurrido…”.
Silvia Mabel Vázquez

Itinerario de la mirada
Fue solo un segundo, quizá un fugaz instante. Impactó en el azul de tus ojos, esquivó a duras penas tu mirada, se deslizó silenciosamente. Arrastrándose. Como si fuera una lágrima, rodó hasta posarse en tus labios. Se detuvo allí y con ella se detuvo el mundo. Cuando supo satisfecha su sed en tu boca se arrojó al abismo que la separaba de tu cuello, tu piel sedosa la invitaba a quedarse pero porfía continuó su descenso. Atravesó tus pechos, tu vientre, tu cintura, tus caderas...Aceleró su paso. El placer era intenso. Se detuvo extasiada y murió en tus piernas. Fue solo un segundo, quizá un fugaz instante; pero mientras tus pasos resonaban en los fríos pasillos de la Terminal, mi mirada viajó errante en tu cuerpo y, embriagada de tus formas, recorrió los caminos que marcarían mis besos.
Matías Ibáñez 

El Loco Lavandina
Veía todos los días al Loco Lavandina, aquel loco lindo; personaje al que todo el mundo conocía en la Terminal de ómnibus.
Mezcla rara de linyera pero con ojos inocentes; con su gorro marrón tejido; su camisa a rayas y abrigo; y dos medias suelas clavadas en los pies; corría por las plataformas tratando de ayudar a los turistas transeúntes que bajaban o subían a los coches con sus valijas; para ganarse las monedas del día.
El Loco Lavandina se pasaba todo el tiempo esperando, eso que a la gente ¨normal¨ le cuesta tanto… Y parado siempre al costado, miraba su viejo reloj y elevaba su mirada hacia el final de la calle, esperando que arribara algún coche; como Penélope a su amor.
Así estaba horas, días enteros, observando pasar por su lado la diversidad cultural que lo rodeaba, como entregado a la vorágine del tiempo. Escuchaba rodar valijas; sin saber siquiera lo que es viajar; escuchaba otros idiomas diferentes al suyo; sin poder siquiera entender palabra…
Igualmente eso a él le tenía sin cuidado y sabía cómo hacerse entender: levantaba su pulgar y con una mueca tonta en su boca, lograba siempre sacarte una sonrisa. ¿Cómo negarse a recibir la ayuda del Loco Lavandina? Si el Loco Lavandina, ya es como una constante; en cada viaje a Mendoza sabía que al bajar, estaría él, parado allí, esperando firme como  soldado al pie del cañón.
Él era feliz así, a su manera… Según dicen los que más lo conocen, prometieron comprarle una radio a transistores cuando era chico, porque soñaba con escuchar los partidos de La Lepra…
Ya son 60 años los que ha cumplido el Loco Lavandina; y todavía espera cambiar la que tiene, por una con auriculares…
María Laura Muñoz

Sueño (?) de Terminal
Las 7:30 hacen que suene fuerte tu despertador, es sábado, sábado 31 de diciembre. Anoche fuiste a bailar, paseaste por varios de los boliches de moda de Chacras. Pero volviste temprano, porque te vas a Potrerillos a pasar el fin de año. Te levantás, con un poquito de dolor de cabeza y una hipersensibilidad a la luz. Pero, se hace tarde, el micro sale a las 8:15. Te vestís, musculosa y bermuda. Ojotas, obviamente. Salís para la terminal en un taxi, son menos de 10 cuadras, te bajás, son las 8:01. Llegás a la plataforma que te indicaron, la 13. A las 8:12, llega el colectivo amarillo, te predisponés a subir, mostrando el pasaje. Te llama la atención, que sólo hay 7 personas esperando. Pero subís, y llamás a tu amigo, que viaja con vos. Te dice que está llegando, viene por morón. En 5’ llega. Te habías olvidado, con el apuro, de la escasa hora de sueño que tuviste, además, LO CÓMODOS que son los asientos. Te acomodás, apoyás la cabeza,  te relajás. Escuchás a lo lejos un estruendo, pero tu cansancio, te obliga a ignorarlo. 8:20, atraso de 5 minutos. Sube uno de los boleteros, avisa que se retrasa la salida, por un accidente en el nudo de costanera, un lindo embotellamiento se está armando, que complica la salida de calle Alberdi. Volvés a lo tuyo, a tu cansancio. Volvés a apoyar la cabeza, y te dormís.
Abrís los ojos, te despertó el sonido de ‘batería baja’ de tu celular. Lo mirás. El reloj marca las 9:07. Te dormiste 40 minutos! Tu amigo no llegó, todo está en silencio en el micro, te parás. Vas hacia la puerta, y ves, el micro está vacío, pero el motor encendido, y la puerta abierta. Te bajás, entrás a la terminal. No hay nadie, las luces encendidas, los televisores con la pantalla azul. Las tazas llenas de café, repartidas en las mesas, acompañadas con medialunas, algunas hasta mordidas.
Recorrés el edificio, de punta a punta. Nada, ni un rastro de vida humana. Los perros, corren, alterados, en los pasillos, en los locales, entre los autos que ves a lo lejos sobre costanera. Intentás llamar a tu vieja, que se quedó durmiendo en casa, y a tu viejo, que salía tempranito a laburar, pero no, imposible. El teléfono no funciona, y se queda sin batería, como si fuera poco. Buscás monedas para el público, encontrás dos de 25 en el bolsito que llevás. Las metés en el teléfono, y no funciona, está fuera de servicio. Intentás con todos los que encontrás, hasta con uno de un local. Imposible comunicarse, en la línea se percibe un silencio, escalofriante. Subís al ex ‘Shop Tac Park’, nada. Cerrado y oscuro, con algunos rayos que se filtran por las sucias y tapadas ventanas laterales.
Esto supera tu capacidad de entendimiento, no podés más, salís corriendo. Vas hacia Bandera de Los Andes, dispuesto a salir por la puerta principal. Estás casi afuera, lo que parece ser el aire libre, se convierte rotundamente en un ‘muro’ invisible, contra el que chocás, rompiéndote la nariz. Sangrás mucho, te las arreglas con una toalla del bolsito. Las demás salidas, el mismo problema. Estás encerrado inexplicablemente en la terminal, sólo. No sabés que hacer, intentás volver al 2° piso, no está la escalera. Vas hacia el ala oeste, al trote pero no podés cruzar la puerta, que la separa del cuerpo central, lo mismo con el ala este. Ahora tampoco podés ir al otro pasillo. Te estás encerrando, cada vez es menor el espacio de los ‘muros’ con tu persona. Lo que más te llama la atención, es que lo que queda detrás de este ‘muro’, empieza a deformarse hasta llegar al blanco. Quedás sentado en un banco. El resto del universo parece haber desaparecido tras los ‘muros misteriosos’. Te resignás, los muros te empiezan a desvanecer, por el lado derecho. Preparado para el dolor, te dás cuenta que sólo te hace cosquillas. De repente, algo te llama la atención, tu teléfono, en el bolsillo izquierdo empieza a vibrar, y a sonar. El silencio que te envolvió todo este tiempo, hace que el sonar del celular, llame toda tu atención. Con el brazo izquierdo (el único que te queda), lo sacás, recordás que estaba sin batería, pero suena igual, apagado. Apretás todos los botones, no pasa nada. La confusión y la desesperación, te invaden, combinándose en una inexplicable sensación de desconcierto. El teléfono sigue sonando, cada vez más lejano, mientras todo se vuelve completamente blanco...
Te despertás, estás en el micro. Son las 8:23. Tu teléfono suena en tus manos, intentás controlar la respiración. Atendés, es tu amigo, que busca la plataforma. Está en la doce. Le indicás que es la de al lado, se sube al micro, te saluda con un buen abrazo. Se sienta y te pregunta, ¿qué te pasó? El cuello de tu musculosa, está manchado con sangre.
Franco Calabretto

Sábados
Todos los sábados, allí estaban. Uno delante del otro, sin decir una palabra. Sentados en bancos enfrentados sobre la plataforma 17 con destino a Mar Del Plata y en ocasiones a Córdoba.  Allí estaban los dos ancianos, desde hace años todos los sábados sentados en aquellos bancos enfrentados según me cuentan los trabajadores más añejos.
La curiosidad comenzó a carcomer mis pensamientos. ¿Qué guardaban aquellos ancianos? Él, de estatura mediana y flaco, tez morena y unos ojos celestes como el cielo acaparaban la sonrisa de su “misteriosa” acompañante las jornadas sabatinas en la Terminal. Ella, de pelo y piel blanca y tersa de ojos celestes hacían juego directo con quien tenía enfrente.
¿Qué misterios ocultaban? Un sábado me puse a mirar con atención qué pasaba entre ellos. Me senté en un banco cercano simulando leer un libro de Isabel Allende. Desde allí, observé breves momentos de conexión entre ambos ancianos.
Sus miradas cómplices en busca de alguna charla eran inquietantes y misteriosas. Alguna que otra sonrisa que esbozaban juntos a la par, como sabiendo lo que pensaban en sus mentes mientras la gente imperturbable e ignorante caminó pensando en sus problemas, en sus dichos o en cualquier otra cosa sin poder ver lo que ocurría a su alrededor.
Un sábado me atreví. Me coloqué junto al hombre, y entre charlas animadas de fútbol y política para ganar su confianza, le pregunté:
- Linda dama, ¿no?
-  Muy bella. Me dijo mientras no apartó los ojos azules de la mujer. Fui un poco más allá y le dije: - ¿Por qué no habla con ella?
- No hace falta. Me dijo con una sonrisa burlona. Luego me retrucó:
- La conozco hace 50 años. Es mi esposa.
Mi cara era de inexpresividad. No entendía nada. Novelas, cuentos, historias y películas miradas y observadas no me daban una pista de que historia pudieran vivir aquellas dos personas. Al no encontrar respuesta, me jugué en una pregunta muy íntima: - ¿Qué hacen aquí todos los sábados? Pero el hombre no me contestó.
Me sentí automáticamente fuera de lugar, de contexto, sobrando a tan inmensa energía entre ambos. Cuando de pronto ella se levantó y salió tranquila hacia el oeste. Él agarró sus cosas, su boina negra a la mano y antes de irse me dijo: - Venimos a enamorarnos cada sábado porque aquí nos conocimos. Adiós joven muchacho.
Nicolás Paz

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