Escritores, escribidores y escritruchos... ¡Feliz día para todos!

El Día del Escritor no tiene ese tinte necrofílico que tiñe a la mayoría de las fechas conmemorativas en Argentina, porque se debe a un nacimiento, el de Leopoldo Lugones. Pero la sangre y la muerte llegan por caminos narrativos a la fecha de conmemoración del Día del Escritor.

Se me viene a la memoria una anécdota tragicómica a propósito de los escritores y su rango dentro de la misma comunidad (gueto iba a poner, pero me arrepentí a último momento).

Resulta que va un flaco, que decide dejar de ser enólogo para dedicarse a escribir, a la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) de Mendoza a asociarse. Le entregan la ficha que debe llenar (lo bueno de este laburo es que uno puede ser escritor con sólo llenar una papeleta), y cuando la devuelve le dicen que está todo bien pero que no puso profesión. Sí, dice él, ahí puse que soy escritor. Sorprendentemente, la persona que lo estaba atendiendo le dijo: “No, no, debe poner la profesión; de qué se gana la vida, de dónde saca la plata".

Imaginate que si entre pares se tratan así…

En fin.

El Día del Escritor no tiene ese tinte necrofílico que tiñe a la mayoría de las fechas conmemorativas en Argentina,  porque se debe a un nacimiento, el de Leopoldo Lugones. Ahora, que no zafamos, seguro. Porque el señor Lugones al que se remite el 13 de junio fue padre de Polo Lugones, que, a la postrer, resultó ser el inventor de la picana eléctrica, muy utilizada por los torturadores en los campos de concentración argentinos durante la dictadura que comenzó en el 76 contra los detenidos, entre los que estuvo La Piri Lugones, hija de Polo y nieta de Leopoldo.

O sea, la sangre y la muerte llegan por caminos narrativos a la fecha de conmemoración del Día del Escritor.

Vaya paradoja.

Y hoy es el Día del Escritor y algún que otro acto va a haber por ahí, en los que seguramente se reunirán representantes de las tres categorías que pululan en nuestras tierras: escritores, escribidores y escritruchos.

Para que quede claro, hagamos un repaso por cada uno de estos fenotipos para establecer algunas características.

El escritor es ese personaje que escribe bien (sea lo que sea, poesía, narrativa, dramaturgia…) y que regularmente o muy de vez en cuando publica un libro. El lapso entre publicación y publicación puede ser extenso debido a la obsesión de que quede bien escrito, bien corregido, que tenga un estilo, que proponga algo. Una de las cosas más extrañas de los escritores es que muy pocas veces se denominan a sí mismos escritores, porque tienen otras actividades (docentes, periodistas, abogados, instructores de rafting –conozco a uno– u obreros de la construcción –conozco a varios–), entonces si les preguntás dicen que se dedican a tales o cuales cosas, entre las que se incluye la escritura.

El escribidor, por su parte, suele ser un gran productor de textos en cantidad, pero la calidad muchas veces lo abandona, aunque esto no le importa y publica lo mismo, además de que se presenta en todo concurso literario que anda dando vueltas por ahí y a veces hasta recibe una mención en alguno, a veces un primer premio. El escribidor suele asumirse como escritor cuando le preguntan de qué trabaja, pero tiene aún una dosis de humildad suficiente como para no dejarse engañar a sí mismo y reconocer que no es, necesariamente, un escritor.

Por último, el escritrucho es el peor de todos. Pero comencemos con una historiografía del término. Escritrucho es un concepto acuñado por el escritor, periodista, editor, profesor, ingeniero agrónomo y pelado Alejandro Crimi en la década de 1990 y por entonces hacía referencia a algo muy próximo a lo que en este artículo denominamos escribidor, pero los tiempos han cambiado, Crimi ya no está entre nosotros… (vive en España), así que la acepción se ha reformulado, y hoy ha sido necesario agregar la categoría de escribidor y otorgarle a la de escritrucho la siguiente definición: se denomina escritrucho a todo aquel autor que llena hojas y hojas de basura que cree que es literatura, y como esta es una convicción profunda, sostenida además por un entorno inmediato (por lo común, el familiar), que no se anima a decirle que lo que ha escrito es malísimo, por lo general lo publica en tiradas de 200 ejemplares promedio y que presenta con bombos y platillos y vende entre los mismos familiares o amigos que no se animaron a decirle que lo que hacía era malísimo y ahora tienen que soportar comprar un libro que van a tener que poner en su biblioteca, al lado de Borges, Saramago y Murakami, mal que les pese (Psicología del quienes escriben, Paul Shienfelson, 2007, pág. 4.298).

Además, el escritrucho, cuando comienza su carrera escritural (no literaria, que eso es otra cosa), se presenta en cuanto concurso pueda, pero con el tiempo deja de hacerlo, convencido de que los concursos están todos arreglados y de que nadie tiene la capacidad de reconocer sus virtudes a la hora de escribir.

Lo paradógico de todo esto es que suele suceder que sólo el escritrucho es quien dedica la mayor parte del tiempo a escribir, porque tiene una pareja (esposo, esposa) que es dueña de una empresa, porque recibió una herencia de millones de dólares (que no piensa convertir en pesos) o porque ya se jubiló. Y siempre se llama a sí mismo escritor.

De todos ellos habrá en los actos que se organicen hoy por el Día del Escritor, y desde aquí los saludamos a todos y les agradecemos por el esfuerzo que hacen por aportar su grano de arena a la literatura local, marcando a veces caminos para seguir y otras enseñándonos lo que no hay que hacer ni borrachos.

Abrazos para todos. Y feliz día.

Alejandro Frias

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7 de Diciembre de 2016|17:22
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7 de Diciembre de 2016|17:22
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