Edward Hooper, el gran voyeur del siglo XX

Cuando uno mira sus obras quiere saber la historia que hay detrás de ellas. Una mujer sola, desnuda en la habitación de un hotel, mira por la ventana. ¿Qué ha pasado en esa habitación? ¿A quién espera? ¿O es que alguien acaba de marcharse? ¿Por qué tanta tristeza?

La narrativa de los trabajos del artista norteamericano es puro cine. Sus cuadros son cien por cien secuencias de películas y, como tales, queremos conocer toda la trama hasta que aparezca «The End».

El Museo Thyssen, junto con la Réunion des Musées Nationaux de Francia y la colaboración de Terra Foundation for American Art, ha organizado la mayor retrospectiva de Hopper en Europa. Desde hoy y hasta el 16 de septiembre, este artista despliega su singular y excepcional pintura en las salas donde habitualmente cuelga la colección del siglo XX del Thyssen (parte de ella se ha reubicado en la primera planta). Las obras de remodelación de la cafetería han impedido que se instalen en las salas de temporales. Hopper sale ganando: espacios nobles para uno de los grandes de la Historia del Arte, un pintor de culto que despierta tanta extrañeza como admiración. Tomás Llorens, comisario de la exposición junto con Didier Ottinger, lo define como «una roca solitaria y desnuda en el desierto».

Una meteórica carrera

La primera rareza, su meteórica carrera. En 1913 vendió su primer cuadro. Tuvo que esperar diez años para vender otra obra. En 1930, el famoso coleccionista Stephen Clarck compra «Casa junto a la vía del tren» y la dona al recién inaugurado MoMA. Fue la primera pintura de su colección. La casa que aparece en ese cuadro inspiró a Hitchcock en «Psicosis». En 1933, el MoMA le dedica una retrospectiva. Con 43 años Hopper era prácticamente un pintor desconocido. A los 50 es ya uno de los artistas vivos más célebres de Estados Unidos.

El recorrido de la exposición —que reúne 73 obras, la mayoría de Hopper, y que a partir de octubre se verá en el Grand Palais de París— comienza con el célebre autorretrato del artista con sombrero, préstamo del Whitney Museum, que ha cedido 14 obras del legado de Josephine N. Hopper, su viuda. A su lado, la pintura más temprana que cuelga en la muestra: «Figura solitaria en un teatro», de 1902-1094. «Parece un Rothko negro», advierte Llorens. Sorprendente, pues Hopper es uno de los mayores representantes de la escuela realista, en unos años en los que reina el expresionismo abstracto, con Pollock en el trono.

Realismo y americanismo centran la obra de Hopper. Su realismo es «muy Zola», según Llorens. Además, representa como pocos el espíritu y la conciencia de americanismo que imperaba entonces. La América que retrata no es idealizada; es la América de Dos Passos, Steinbeck, Walker Evans, Capote... «Sobre todo, la del primer Hemingway, el de los relatos cortos», puntualiza el comisario.

1925: año de inflexión en su carrera

Hay dos etapas claramente diferenciadas en la exposición. La primera, la anterior a 1925, año de inflexión en su carrera: celebra su primera exposición. Vemos en esta primera parte sus trabajos hechos en París. Es el París donde triunfan Picasso y Matisse, pero Hopper dijo que no había oído hablar de ellos. Sin duda, una boutade. Detesta a Cézanne. Degas, en cambio, le atrae como un imán. Su huella simbolista es muy evidente en sus creaciones.

Hopper se mide en la muestra con otros artistas que le interesaban, como Walter Sickert, Félix Valloton o su maestro Robert Henri. Hay espacios reservados durante el recorrido a sus acuarelas y grabados. En ambos casos demuestra su maestría. A ellos se añade un dibujo que ha cedido el embajador de Estados Unidos en España, Alan Solomont. Además, una pantalla desvela su trabajo como ilustrador, que él aborrecía. En una pared cuelgan sus interiores de teatro.

Cerca, la obra más significativa de su primera etapa: «Soir Bleu» —título tomado de un verso de Rimbaud—, un inquietante cuadro de 1914, en el que Hopper se autorretrata como Pierrot, fumando, sentado en una mesa junto a Van Gogh. Una prostituta los observa. Cincuenta y dos años después vuelve a autorretratarse como Pierrot, junto a su mujer, vestida de Pierrette —ambos, personajes de la Commedia dell'Arte—, en la conmovedora «Dos cómicos». Es su última obra, de 1966. Parecía ya intuir Hopper al pintarla que se acercaba el final. Y, como en cualquier representación teatral, sale al final a despedirse del público. Llorens ve este cuadro «como un barco que se va».

La luz de Vermeer

La luz, explica el comisario, es el gran protagonista de sus obras. Es su más poderoso y personal medio expresivo. Tanto la luz natural, como la artificial. Es la misma luz de Vermeer (evidente en «Muchacha cosiendo a máquina»), de Rembrandt... Hay quien definió las pinturas de Hopper como «Anunciaciones sin teología ni promesa». Como Vermeer, sus composiciones de interior son sobrias pero muy elaboradas, muy pensadas. Hopper reflexionaba mucho en su estudio, de ahí que su producción sea muy escasa: apenas un centenar de pinturas en cuatro décadas.

Explica Valeriano Bozal en el catálogo de la muestra que, tanto en las obras de Vermeer como en las de Hopper, el espectador parece que acaba de llegar y sorprende a los protagonistas, ajenos a esa mirada. Hopper, al igual que Degas, es un voyeur. «Está a caballo entre el voyeur de Degas y el voyeur del cine», explica Llorens. Hopper implica a los espectadores en la escena: estamos en ese bar, en ese hotel, en ese ferrocarril... Hay quienes ven paralelismos entre Hopper y pintores tan alejados de él como De Chirico o Mondrian. Llorens lo ve forzado. Sí aprecia analogías con Morandi, Homer, Beckman...

¿Qué hace tan especial a Edward Hopper? «Su riqueza y complejidad cultural —responde Tomás Llorens—; ve a Rembrandt y a Velázquez, las fotografías de Walker Evans, las películas de John Ford; lee los libros del primer Hemingway... Era un hombre radicalmente asocial, pero muy culto y con una gran sensibilidad».

«Nighthawks», la gran ausente

En la segunda parte de la exposición está presente el Hopper más célebre con obras archirreproducidas. Los temas comunes en su trabajo son la soledad del hombre moderno (aunque esté en pareja), la alienación, la incomunicación... Retrata seres ensimismados, que esperan, no sabemos qué ni a quién. Es el caso de dos obras maestras: «Habitación de hotel», del Museo Thyssen, y «Mañana en una ciudad», del Williams College Museum.

También es protagonista indiscutible en su producción pictórica la arquitectura: los edificios (rurales y urbanos) son sus particulares paisajes. Unos paisajes muy norteamericanos: teatros, bares, oficinas, estaciones, gasolineras, puentes..., vistos desde perspectivas insólitas, muy modernas. Cuelgan obras tan significativas como «Pavimentos de Nueva York», «Desde el puente de Williamsburg», «Casa al anochecer» o «El Loop del puente de Manhattan». Pero ni con las personas ni con los edificios hay condescendencia alguna en su pintura.

Una luz intensa, cegadora, se cuela en sus trabajos de finales de los 50 y 60, con trabajos excepcionales como «Carretera de cuatro carriles» y «Sol en el segundo piso», presentes en la última sala. La gran ausente es «Nighthawks» (Noctámbulos), de 1942, su obra más conocida. En ella aparecen tres personas sentadas en una típica cafetería por la noche. El Art Institute de Chicago no ha querido desprenderse de su obra más icónica, «sus Meninas».

Fuente: Natividad Pulido / EFE

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