En primera persona: el prólogo de Bradbury a "Farenheit 451"

En 1953, Ray Bradbury escribió su pesadilla futurista "Fahrenheit 451" y, más de medio siglo después, el artista gráfico Tim Hamilton la convirtió en una novela gráfica. Esta adaptación contó con la colaboración del propio Bradbury.

Prólogo, por Ray Bradbury

Sería el año 1950 aquel día en que un amigo y yo salimos a cenar. Algo más tarde, esa misma noche, íbamos andando por la avenida Wilshire cuando a nuestra altura se detuvo un coche patrulla del que se bajó un agente para preguntarnos qué estábamos haciendo.

-Poner un pie delante del otro -le contesté no muy solícito.

El policía siguió interrogándonos, nos preguntó por qué íbamos de peatones, como si el hecho de dar un paseo nocturno nos acercase peligrosamente al límite de la ley. Airado, volví a casa y me puse a escribir un relato titulado «El peatón».

Varias semanas después saqué de paseo literario a mi peatón y se encontró con una chica llamada Clarisse M Clellan. Siete días más tarde había acabado el primer borrador de El bombero, la novela corta que no tardaría en convertirse en Fahrenheit 451.

Pasados los años, al mirar hacia atrás, pensaba que «El peatón» era el verdadero germen de Fahrenheit 451; mi memoria, sin embargo, fallaba. Ahora me doy cuenta de que en mi subconsciente había otros mecanismos activados.

Solo en estos momentos, cincuenta años después de que aquel agente de la Policía de Los Ángeles desafiara mi derecho a ser un peatón, soy capaz de ver las ideas insólitas que surgieron para desempeñar un papel en los relatos, sin que yo fuese consciente al escribirlos.

Escribí un cuento en el que exilian a Marte a todos los grandes autores del género fantástico de la historia, mientras en la Tierra queman sus libros. Se convertiría en un relato titulado «Los exilios».

Y escribí otro cuento, «Usher II», en el que el protagonista, un escritor de relatos de fantasía, se siente rechazado por los intelectuales de la Tierra, que se mofan de lo grotesco de los cuentos de Edgar Allan Poe y de autores similares.

Unos años antes publiqué otra novela corta titulada Pilar de fuego en la que un muerto se levantaba de su tumba para revivir las extrañas vidas de Drácula y el monstruo de Frankenstein.

Aunque todas estas historias cayeron en el olvido cuando escribí Fahrenheit 451, siguen ahí, en alguna parte, filtrándose en mi subconsciente.

Lo que el lector tiene ahora ante sí es el rejuvenecimiento de un libro que una vez fuera una novela corta que una vez fuera un relato corto que una vez fuera un paseo por la manzana, un muerto viviente en un cementerio y la caída final de la Casa Usher. Nunca habría imaginado que mi subconsciente fuera tan complejo.

Con los años he aprendido a dejarlo campar a sus anchas, para que me ofrezca así las ideas conforme le vienen, sin caer en favoritismos ni tratamiento especial alguno; Cuando llega el momento, se fusionan y erupcionan desde mi subconsciente para finalmente esparcirse por el folio.

Sería el año 1950 aquel día en que un amigo y yo salimos a cenar. Algo más tarde, esa misma noche, íbamos andando por la avenida Wilshire cuando a nuestra altura se detuvo un coche patrulla del que se bajó un agente para preguntarnos qué estábamos haciendo.

-Poner un pie delante del otro -le contesté no muy solícito.

El policía siguió interrogándonos, nos preguntó por qué íbamos de peatones, como si el hecho de dar un paseo nocturno nos acercase peligrosamente al límite de la ley. Airado, volví a casa y me puse a escribir un relato titulado «El peatón».

Varias semanas después saqué de paseo literario a mi peatón y se encontró con una chica llamada Clarisse M Clellan. Siete días más tarde había acabado el primer borrador de El bombero, la novela corta que no tardaría en convertirse en Fahrenheit 451.

Pasados los años, al mirar hacia atrás, pensaba que «El peatón» era el verdadero germen de Fahrenheit 451; mi memoria, sin embargo, fallaba. Ahora me doy cuenta de que en mi subconsciente había otros mecanismos activados.

Solo en estos momentos, cincuenta años después de que aquel agente de la Policía de Los Ángeles desafiara mi derecho a ser un peatón, soy capaz de ver las ideas insólitas que surgieron para desempeñar un papel en los relatos, sin que yo fuese consciente al escribirlos.

Escribí un cuento en el que exilian a Marte a todos los grandes autores del género fantástico de la historia, mientras en la Tierra queman sus libros. Se convertiría en un relato titulado «Los exilios».

Y escribí otro cuento, «Usher II», en el que el protagonista, un escritor de relatos de fantasía, se siente rechazado por los intelectuales de la Tierra, que se mofan de lo grotesco de los cuentos de Edgar Allan Poe y de autores similares.

Unos años antes publiqué otra novela corta titulada Pilar de fuego en la que un muerto se levantaba de su tumba para revivir las extrañas vidas de Drácula y el monstruo de Frankenstein.

Aunque todas estas historias cayeron en el olvido cuando escribí Fahrenheit 451, siguen ahí, en alguna parte, filtrándose en mi subconsciente.

Lo que el lector tiene ahora ante sí es el rejuvenecimiento de un libro que una vez fuera una novela corta que una vez fuera un relato corto que una vez fuera un paseo por la manzana, un muerto viviente en un cementerio y la caída final de la Casa Usher.

Nunca habría imaginado que mi subconsciente fuera tan complejo. Con los años he aprendido a dejarlo campar a sus anchas, para que me ofrezca así las ideas conforme le vienen, sin caer en favoritismos ni tratamiento especial alguno; Cuando llega el momento, se fusionan y erupcionan desde mi subconsciente para finalmente esparcirse por el folio.

Julio de 2009

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