Deportes

Un mendocino, el héroe silencioso de los Juegos Olímpicos de 1948

Eusebio Guiñez tenía 42 años cuando llegó a Londres para ser un factor fundamental en uno de los logros más formidables del deporte olímpico argentino. De su mano, el gran Delfo Cabrera se llevó el oro en una maratón celeste y blanca.

Muy lejos de Londres y 42 años antes de su día más glorioso, nació en Rivadavia Eusebio Crispín Guiñez. Para ser más precisos, fue el 16 de diciembre de 1906.

Sangre de deportista ya corría por las venas de Eusebio, ya que se mudó al Gran Mendoza para jugar al fútbol en el Club Pacífico de la segunda división de la Liga Mendocina. Consiguió trabajo en el ferrocarril y se radicó definitivamente en la capital.

Eusebio Guiñez, maestro del atletismo mendocino.

Un atleta de apellido Giúdice, un buen día lo invitó a a entrenar en “una pista” cerca de la cancha de Andes Talleres. La pista era una huella de tierra y los atletas en tono casi canchero le advirtieron que iban a dar 10 vueltas. “Apenas te cansés, largá”, le advirtieron. Eusebio no solo no se cansó, sino que a la séptima vuelta ya les había sacado ventaja y terminó la décima muy lejos de “sus retadores”. Con esa victoria, abrazó para siempre al atletismo.

Tenía 24 años cuando largó el fútbol y comenzó a entrenarse como atleta. Corría desde su casa, cerca del actual Casino de Mendoza, hasta su trabajo en Benegas.

Sus triunfos en cuanta carrera se presentaba se empezaban a acumular y crecía la valoración de su trabajo a nivel nacional. Una épica victoria en Montevideo ante un atleta chileno apoyado por la multitud lo consagró campeón sudamericano en 1941.

A los 42 años le llegó la chance de participar de un Juego Olímpico. En el crudo invierno de 1948 se embarcaron para llegar a Londres. Como buen mendocino, su equipaje incluía una damajuana de 5 de litros de vino.

El día de la verdad fue el 7 de agosto. El capitán del equipo argentino fue claro con Eusebio: “Usted es el peón. Vaya adelante. Sensini al medio y Cabrera que corra de atrás”.

Eusebio se despojó del individualismo y mostró su enorme espíritu de equipo. Lideró la carrera en el arranque hasta que fue sobrepasado por el belga Éttiene Gailly.

Sobre los 37 kilómetros tuvo una pérdida de bilis por el esfuerzo realizado y el ciclista Remigio Saavedra que venía atrás le tiró una esponja con agua que le ayudó a recuperarse.

Luego del heroico desgaste del “hombre del sacrificio” argentino, cuando faltaban 2 kilómetros le gritó a Delfo Cabrera que venía a paso firme: “Indio no te vayas a caer por favor”.  El Indio no se cayó y se llenó de gloria con el oro olímpico para el atletismo argentino.



Luego de explicarles a sus compatriotas, que creyeron que había llegado segundo, que lo había hecho en el quinto lugar, se sacó el precario calzado que llevaba y descubrió que en el titánico esfuerzo había perdido 6 uñas de sus pies.

Casi 40 años después, su vida dijo basta. El 1 de octubre de 1987 su corazón dejó de latir en su casa de calle Misiones, esa que le pidió a Perón en su encuentro antes de viajar a Londres y esa que el gobierno del General le otorgó a quien cariñosamente, él llamaba “pisauvas”.

Su vida dedicada a entrenar chicos en la Dirección Provincial del menor y el cariño que le tenían sus amigos y hasta sus rivales no hacen más que demostrar el calíbre de aquella persona que dejó atrás sus sueños indiviudales para concretar los de su equipo y su país. Luego de llegar quinto en aquella mítica carrera, aseguró: “Creo que nuestra Argentina puede sentirse orgullosa de lo que hemos hecho. Estoy muy contento, pero más estaré cuando llegue a Mendoza”.



Fuentes: www.ama-mza.com.ar, Wikipedia y otras páginas web.
Opiniones (0)
20 de septiembre de 2017 | 01:18
1
ERROR
20 de septiembre de 2017 | 01:18
"Tu mensaje ha sido enviado correctamente"
    En Imágenes