Julio Cortázar stand up: el extraño humor de un cronopio

En sus textos combina como pocos la humorada, el ensayo y el relato. Su humor, inclasificable, evoca al mismo tiempo el disparate, la ironía, y la irreverencia profunda. Su humor no es fácil ni común ni gratuito y no busca la risa. Aquí, una muestra de su fina ironía. Famas, abstenerse.

Julio Florencio Cortázar (Bruselas, 1914-Paris, 1984), uno de los grandes escritores argentinos de todos los tiempos, ofrece en sus obras un magnífico y singular ejemplo de humorismo.

En sus textos misceláneos Historias de Cronopios y de Famas, La vuelta al día en ochenta mundos, Último round y Un tal Lucas combina como pocos la humorada, el ensayo y el relato. Su humor, inclasificable, evoca al mismo tiempo el disparate, la ironía, y la irreverencia profunda como la que campea en su cuento “De la seriedad en los velorios”.

La exquisita mixtura entre lo absurdo, lo fantástico y el humor fueron las claves de su literatura: “Quiero decir que un claro sentimiento del absurdo nos sitúa mejor y más lúcidamente que la seguridad de raíz kantiana según la cual los fenómenos son mediatizaciones de una realidad inalcanzable pero que de todas maneras les sirve de garantía por un año contra toda rotura”, explicó él mismo. O dicho de otro modo, esa particular manera de “acorralar lo fantástico en lo real, realizarlo”.

El humor de Cortázar no es fácil ni común ni gratuito, no busca la risa, sino que es un humor metafísico, a veces trágico, siempre irónico y casi negro.

Desde esa perspectiva, se describe sin pudores en una carta de 1963:

"Nací en Bruselas en agosto de 1914. Signo astrológico, Virgo; por consiguiente, asténico, tendencias intelectuales, mi planeta es Mercurio y mi color el gris (aunque en realidad me gusta el verde)".

"Mi nacimiento fue un producto del turismo y la diplomacia; a mi padre lo incorporaron a una misión comercial cerca de la legación argentina en Bélgica, y como acababa de casarse se llevo a mi madre a Bruselas. Me tocó, nacer en los días de la ocupación de Bruselas por los alemanes, a comienzos de la primera guerra mundial. Tenía casi cuatro años cuando mi familia pudo volver a la Argentina; hablaba sobre todo francés, y de el me quedo la manera de pronunciar la «r», que nunca pude quitarme.

"Crecí en Banfield, pueblo suburbano de Buenos Aires, en una casa con un gran jardín lleno de gatos, perros, tortugas y cotorras: el paraíso. Pero en ese paraíso yo era Adán, en el sentido de que no guardo un recuerdo feliz de mi infancia; demasiadas servidumbres, una sensibilidad excesiva, una tristeza frecuente, asma, brazos rotos, primeros amores desesperados. (Los venenos es muy autobiográfico.)

"Estudios secundarios en Buenos Aires: maestro normal en 1932. Profesor normal en letras en 1935. Primeros empleos, cátedras en pueblos y ciudades de campo, paso por Mendoza en 1944-1945 después de siete años de enseñar en escuelas secundarias. Renuncia a través del fracaso del movimiento antiperonista en el que anduve metido, vuelta a Buenos Aires. Ya llevaba diez años escribiendo, pero no publicaba nada o casi nada (el tomito de sonetos, quizá un cuento). De 1946 a 1951, vida porteña, solitaria e independiente; convencido de ser un solterón irreductible, amigo de muy poca gente, melómano lector a jornada completa, enamorado del cine, burguesito ciego a todo lo que pasaba más allá de la esfera de lo estético. Traductor público nacional. Gran oficio para una vida como la mía en ese entonces, egoístamente solitaria e independiente”.

Aquí, un puñado de sus expresivas frases tomadas de sus libros, cartas y entrevistas:

- “Cuando mis cronopios hicieron algunas de las suyas en Corrientes y Esmeralda, un eminente intelectual exclamó: ¡Qué lástima, pensar que era un escritor tan serio!”.

- "No tiene importancia lo que yo pienso de Mafalda. Lo importante es lo que Mafalda piensa de mí”.

- “Pero seamos serios y observemos que el humor, desterrado de nuestras letras contemporáneas (Macedonio, el primer Borges, el primer Nalé, César Bruto, Marechal a ratos, son outsiders escandalosos en nuestro hipódromo literario) representa, mal que les pese a Los tortugones, una constante del espíritu argentino. ¿Por qué diablos hay entre nuestra vida y nuestra literatura una especie de "muro de la vergüenza? En el momento de ponerse a trabajar en un cuento o una novela el escritor típico se calza el cuello duro y se sube a lo más alto del ropero. A cuántos conocí que si hubieran escrito como pensaban, inventaban o hablaban en las mesas de café o en las charlas después de un concierto o un match de box, habrían conseguido esa admiración cuya ausencia siguen atribuyendo a las razones deploradas con lágrimas y folletos por las sociedades de escritores: snobismo del público que prefiere a los extranjeros sin mirar lo que tiene en casa, alevosa perversidad de los editores, y no sigamos que va a llorar hasta el nene”.

- "Cómo cansa ser todo el tiempo uno mismo”.

- “A los humoristas les pegan de entrada la etiqueta para distinguirlos higiénicamente de los escritores serios. Cuando mis cronopios hicieron algunas de de las suyas en Corrientes y Esmeralda, huna heminente hintelectual hexclamó (sic): “¡Qué lástima, pensar que era un escritor tan serio! Sólo se acepta el humor en su estricta jaulita, y ojo con trinar mientras suena la sinfónica porque lo dejamos sin alpiste para que aprenda”.

- “A lo único que hay que acostumbrarse es a la sorpresa”.

- “En literatura no hay temas buenos ni temas malos, hay tan sólo temas bien o mal tratados”.

- "Nada, realmente nada, pero sucede que nada más nada no da nada sino que a veces da un poquito de algo”.

- “Todos los opresores, los censores, los comisarios no tienen sentido del humor y además son malos amantes”.

- “Hay que distinguir entre alegría más o menos ingenua y humor. Yo creo que el sentido del humor trataré de conservarlo mientras viva, porque me parece una cosa muy seria y un ingrediente capital en toda buena literatura”.

- “¿Hasta cuándo vamos a seguir creyendo que la felicidad no es más que uno de los juegos de la ilusión?”.

- “Los milagros nunca me han parecido absurdos, sino lo que los precede y lo que les sigue”.

- “Si cuando sucedía algo desagradable te defendías con humor salías mejor parado que tu amigo o compañero que no disponía de esa arma, que no veía mas que lo trágico. Bueno, de ahí a lo lúdico no hay más que un paso”.

- “Yo no soy el zombie de nadie”.

- "Los libros van siendo el único lugar de la casa donde todavía se puede estar tranquilo".

- "El ajedrez es un juego que me apasionó de joven, pero un buen día me empezó a tomar demasiado tiempo y entonces lo eliminé".

- “No renuncio a nada, simplemente hago lo que puedo para que las cosas me renuncien a mí”.

- “Hace rato que la gente sospecha que la vida y los seres vivientes son cosas aparte”.

- “Lo que llamamos absurdo es nuestra ignorancia”.

- “La explicación es un error bien vestido”.

- “La verdadera explicación sencillamente no se puede explicar”.

- “La coma, esa puerta giratoria del pensamiento”.

- “Nunca se me ocurrió ir al psicoanalista; mis tormentas personales las fui resolviendo a mi manera, es decir, con mi máquina de escribir y ese sentido del humor que me reprochan las personas serias”.

- "‎No se puede querer lo que quiero, y en la forma en que lo quiero, y de yapa compartir la vida con los otros".

- “Siempre seré un niño para tantas cosas, pero uno de esos niños que llevan consigo al adulto, de manera que cuando el monstruito llega verdaderamente a adulto  ocurre que a su vez éste lleva consigo al niño”.

- “El monstruito sigue firme... Y me gusta, y soy  terriblemente feliz en mi infierno, y escribo”.

- "La risa, ella sola ha cavado más túneles útiles que todas las lágrimas de la tierra”.

- “En fin, literatura...”.

Patricia Rodón

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