Dos novelas con la soledad como personaje

Dos excelentes novelas norteamericanas llegan de la mano del sello La Bestia Equilátera, para su colección de literatura extranjera. "La soledad del lector", de David Markson, y "Que el mundo me conozca", de Alfred Hayes, son propuestas con las que no podremos dejar de involucrarnos.

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Dos excelentes novelas norteamericanas llegan de la mano del sello La Bestia Equilátera, para su colección de literatura extranjera. La soledad del lector, de David Markson, y Que el mundo me conozca, de Alfred Hayes, son propuestas con las que no podremos dejar de involucrarnos.

La soledad del lector, de David Markson

David Markson (1927-2010) se convirtió en un referente de la literatura norteamericana y mundial por sus policiales y por su permanente asunción del riesgo de la experimentación. Y este último rasgo de su obra es la que lleva al extremo en La soledad del lector, que acaba de publicar La Bestia Equilátera, haciendo que las formas del decir se fundan con las de leer, y mejor aún, que las de empaparse con un texto se cristalicen, tomen forma, incompleta como siempre, pero logrando un retrato de los lectores que se construye a partir del rompecabezas de las historias del arte, la literatura y las ideas.

La excusa es un hombre que busca aprehender los rincones de la casa que habita, y es a él a quien seguimos en los movimientos físicos y en los otros, los del espíritu, los de ese otro espacio que no se deja asir, sino que se escurre, desde la Antigüedad, entre los agujeros, las heridas quizá, que las ideas abren en quienes las aman.

La soledad del lector se va armando desde lo coral, desde las cientos de voces de filósofos, escritores, pensadores de varias disciplinas, de anécdotas, de datos extraños de la literatura y el arte que Markson agrupa, por momentos armoniosamente, por otros, en un caos que emula los devaneos del pensamiento que se construye, destruye y reconstruye ante un texto que lo sensibiliza.

Ese personaje que quiere conocer su lugar nos increpa, maximizando ese lugar indefinido en el que se ubica el lector cuando se compromete hasta con el cuerpo con un texto. Y lo acompañamos a lo más profundo de sí, obligándonos a volver a realizarnos las más elementales preguntas, esas que como especie nos han acompañado desde que pudimos elaborar la primera idea.

Esa indefinición temporal en la que se mueve el relato, esa que le quita presentes y pasados al pensamiento, se conjuga de manera magistral con la indefinición espacial, con el desconocimiento del lugar en el que se ubica la casa.

El personaje, el lector y la casa están en cualquier lugar en el que un libro se abra o en el que una idea se materialice en palabras, en el mismísimo lugar en el que estemos cuando nos crucemos con las páginas de La soledad del lector.

Que el mundo me conozca, de Alfred Hayes

¿Qué sucede cuando dos soledades se encuentran? Seguro que una de ellas colapsa ante el más mínimo desequilibrio. Hacia ese derrumbe nos lleva Alfred Hayes (1911-1985) con su novela Que el mundo me conozca, que narra el encuentro de un guionista de Hollywood y una aspirante a actriz que aún no ha logrado conseguir un buen contrato.

A partir de esta trama sencilla, Hayes va construyendo la relación entre el guionista, aburridamente casado y que intenta estar lejos de su casa el mayor tiempo posible, y la actriz, venida desde un pueblo ilusionada con el sueño de llegar a la pantalla grande.

Sin tener muy en claro por qué, ella deja una fiesta para ir hasta la playa y meterse al mar. Él ve toda la escena y se arroja a rescatarla. A partir de eso, un lazo se tenderá entre ambos, una suerte de puente que los unirá desde cada una de las profundas soledades que ellos viven.

La inconformidad con sus vidas, las frustraciones de los sueños inconclusos, la inestabilidad emocional de ambos, la soledad profunda que no puede ser superada en medio de las multitudes, quizá el amor, son los materiales con los que construirán un edificio tan fácil del derrumbar como una torre de naipes.

En la tradición de la literatura norteamericana, Hayes muestra los detalles de una relación en la que los lindes del dolor y el placer se desdibujan, construyendo así personajes crueles, enigmáticos y hasta encantadores.

Que el mundo me conozca es una invitación a acompañar a dos personajes a los que no podremos desentrañar del todo y a los que veremos hundirse lentamente en sí mismos.

Alejandro Frias

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5 de Diciembre de 2016|01:42
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