Pies y zapatos: erotismo en estado puro

¿Por qué Cenicienta perdió su zapatito de cristal y no otra prenda? ¿Por qué las mujeres pueden matar por un par de zapatos y los hombres arder de pasión sólo ante la idea de unas piernas que terminan que en unos vertiginosos tacos aguja?

La historia nos muestra que el calzado ha marcado culturas, épocas y gobiernos; que su evolución es tan compleja y rica como la de los estamentos sociales de quienes los crearon (y crean) y de quienes las consumieron (y consumen) y que su industria alimenta a una multitud de todo tipo de especialistas, favorece decenas de malestares físicos en las mujeres e incrementa fortunas.

Hasta el siglo XVII el calzado era prácticamente igual para hombres y mujeres y como los zapatos femeninos quedaban tapados con largas faldas y casi no se veían, se decoraban menos.

Pero en el siglo XVIII todo cambió. El primer adicto a los zapatos elegantes fue el mismísimo Luis XIV, el Rey Sol: tenía lindas piernas y le encantaba mostrarlas. Desterró de Versalles las botas altas, relegándolas para montar a caballo y puso de moda el uso de todo de tipo zapatillas. Durante su reinado se inventaron casi todos los modelos de zapatos y botas que se conocen.
De la imaginación de los zapateros franceses, los famosos cordonniers, surgieron los diseños más emblemáticos de esa y de todas las épocas: los mules o zapatos sin talón, las botas sin costura, los zapatos de mujer con elevado empeine y los souliers des bottes, es decir, la mezcla de zapato con bota.

Además, respondiendo a los caprichos del propio y vanidoso Luis, surgió la idea de que el calzado debía hacer juego con el resto de las vestimentas. De ahí, que los zapatos de las damas y caballeros de la corte comenzaran a confeccionarse con brocados, sedas, satenes, extravagantes hebillas de diamantes, moños de oro, lazos enormes, lengüetas sobre los tobillos, tacones de color rojo e incluso, pequeñas pinturas. Esta moda se propagó rápidamente por todas las cortes de Europa.

Los tacos eran literales: le daban unos centímetros más de altura a quien los portara, es decir, denotaban cierto estatus social. A una persona que no perteneciera a la nobleza, aristocracia o creciente burguesía, se le llamaba pied plat o pies planos porque llevaba un calzado liso, sin tacos.

Los mules, también llamadas pantoufles o chinelas, acompañaban al déshabillé negligé, una vestimenta de interior considerada altamente erótica, y tenían un taco especialmente alto. Este conjunto, reservado inicialmente para el tocador, pronto empezó a verse en público, tanto en la corte, en veladas y bailes elegantes, como en las iglesias. Al salir del dormitorio, la delicada chinela lo hizo de manera masiva ganando en erotismo al sumarle finos tejidos, gemas, encajes y bordados.

Las damas dejaban el pie medio desnudo, semiexpuesto, se quitaba con facilidad y permitía coquear a conciencia columpiándolo sobre las puntas de los pies mientras los senos se balanceaban al compás al borde los escotes y del brillo insinuante de los ojos. La combinación resultaba irresistible para los hombres que contemplaban con arrobo las pantorrillas, tobillos y pies de las damas. Y el resto, claro.

La historia de Cenicienta recrea esta devoción, perversión, por los pies femeninos en un bello zapato. Charles Perrault, propagandista del reinado de Luis XIV, publicó en 1697 Cenicienta o la pequeña zapatilla de cristal, tomando un cuento popular que había circulado de forma oral. El relato culmina cuando el príncipe, después de merodear entre muchos pies femeninos, encuentra el de la bella  hijastra maltratada y la zapatilla, el mule, que ella había dejado caer a propósito le calza perfectamente. Como tantos otros, este típico cuento de hadas tiene poco de ingenuo. 

El mule que llevaba Cenicienta era de tacón alto (Perrault también era un hombre de la corte) y mucho más fácil de perder que una tradicional zapatilla de baile. Bajo esta luz la imagen de la “fregona” se transforma en la de una astuta y coqueta cazafortunas que, como las cortesanas de la época, lució sus zapatitos cubiertos de perlas y terciopelo (por eso parecían “de cristal”) haciendo gala de un velado erotismo. Como las otras damas invitadas al baile, Cenicienta invitaba abiertamente a todos los hombres a mirar sus furtivos pies y sus tobillos al dejar caer a propósito su "zapatito".

Este cuento, como lo leyeron los contemporáneos de Perrault, contribuyó a que los zapatos de tacón se convirtieran en los calzados eróticos por excelencia. Pronto comenzó a simbolizar el poder que las mujeres ejercían sobre los hombres y, en general, se transformó en sinónimo de dominio.

Si Luis XIV fue un modelo para devotos de la moda también lo fue para los fetichistas de ambos sexos. No importa el modelo, el material ni el color; no importa que su uso genere trastornos físicos, no importa cuánto cuesten ni cuántos se tenga. Lo importante es que los tacos altos refuercen la imagen femenina como objeto de contemplación y del deseo masculino.

Es decir que sean, en el imaginario de quien los usa y de quien los ve, como los de Cenicienta: que calcen como una media, que sus tacos produzcan vértigo y que sean tan livianos como el cristal de un sueño.

Patricia Rodón

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8 de Diciembre de 2016|15:31
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