¿Son malas las palabras?

Suele preocuparnos un problema ya cotidiano: el uso y abuso de las llamadas "malas palabras". Los vocablos no son malos, en sí mismos: nacieron con un valor neutro y es el hombre el que los dota de determinadas connotaciones. La lingüista Nené Ramallo explica los usos de estos términos.

Antes de referirme al tema del presente artículo, deseo responder a las personas que solicitan el desarrollo de algunos temas que ya han sido tratados en esta columna. En la notaSi no lo sabe, él no está enojado sino triste se podrá encontrar lo referido al uso de “si no” y de “sino”; del mismo modo, en el artículo Los dos puntos, las mayúsculas, las minúsculas y los gnomos se encontrará lo escrito acerca del uso de dos puntos y mayúsculas.

A los adultos, en general, y a los docentes, en particular, suele preocuparnos un problema ya cotidiano: el uso y abuso de las llamadas “malas palabras”. Los vocablos no son malos, en sí mismos: nacieron con un valor neutro y es el hombre el que los dota de determinadas connotaciones, válidas en algunas comunidades y no en otras. Con respecto a ellos, es preciso aclarar dos factores: la desemantización de una gran parte de estos vocablos, por un lado, y en el extremo opuesto, la intención de picardía, de audacia o de transgresión que puede acompañarlos.

Con respecto al primer factor, la desemantización es la pérdida de su valor connotativo inicial, para transformarse en vocablos de vinculación entre pares, sin intención peyorativa, sino de igualación o de complicidad: así, por ejemplo, nos molesta el ‘boludo’ y, peor aún, el ‘boluda’ y también su –para usar un término del lunfardo– “vesre”, ‘dobolu’, permanente vocativo en boca de los jóvenes, que suple el otrora ‘flaco’ o, incluso, el ‘che’. Si el estudiante no lo utiliza, sufre la marginación de sus pares y prefiere incorporarlo, entonces, a su jerga habitual.

En segundo lugar, la picardía, la audacia, la transgresión de la norma constituyen, de hecho, los rasgos más importantes de una “mala palabra”. Sin embargo, hay dos argumentos valiosos para llevar al aula y modificar actitudes: uno, la enorme y vasta riqueza del español, que nos permite suplir el vocablo interdicto por otro u otros, tan precisos como el vetado, pero no hirientes en su aplicación; el segundo, que divierte al alumno al mismo tiempo que lo informa, es mostrar la etimología, que descubre siempre otras visiones del mundo. La risa pícara del principio se transformará en asombro. La inclusión social pasará, en este caso puntual, por ilustrar la vulgaridad.

Como el valor y poder de las palabras, con buenas o con malas intenciones, es inmenso, nos parece pertinente evocar parte del bellísimo discurso del escritor Carlos Fuentes, en ocasión de la inauguración del Tercer Congreso Internacional de la Lengua Española, celebrado en la ciudad argentina de Rosario, en noviembre de 2004. Textualmente, nos decía así:

“Tenemos corona de laureles, pero andamos con los pies descalzos. El hambre, el desempleo, la ignorancia, la inseguridad, la corrupción, la violencia, la discriminación, son todavía desiertos ásperos y pantanos peligrosos de la vida iberoamericana.

La lengua y la imaginación literarias son valores individuales del escritor, pero también valores compartidos de la comunidad. No en balde, lo primero que hace un régimen dictatorial es expulsar, encarcelar o asesinar a sus escritores.

¿Por qué? Porque el escritor ofrece un lenguaje y una imaginación contrarios a los del poder autoritario: un lenguaje y una imaginación desautorizados.

 La lengua nos permite pensar y actuar fuera de los espacios cerrados de las ideologías políticas o de los gobiernos despóticos. La palabra actual del mundo hispano es democrática o no es.

Sin lenguaje no hay progreso, progreso en un sentido profundo, el progreso socializante del quehacer humano, el  progreso solidario del simple hecho de estar en el mundo y de saber que no estamos solos, sino acompañados.

El lenguaje, nos recordó Francisco Romero, es un acervo patrimonial donde nada se pierde: constantemente, la palabra vence la ausencia de nuestro pasado para crear la presencia de nuestra historia.

 Esa historia nuestra nacida de la ilusión de una nueva edad de oro, subyugada por la pérdida de la utopía, pero renacida -nuestra historia- como vitalidad de la palabra que asume el pasado de nuestros pueblos, transmite los hechos históricos horizontalmente, entre los de hoy, pero también los transmite verticalmente entre los de ayer, entre las generaciones.

La lengua no es biología: se aprende, es educación.

Nunca olvidemos, al pensar, al hablar, al escribir nuestra lengua maravillosa, que nada se pierde.

Pues negar la tradición no nos aseguraría una libertad mayor. Todo lo contrario. La tradición nos obliga a enriquecerla con nueva creación”.

Enfrentemos, entonces, el problema: seamos capaces de inculcar en las generaciones más jóvenes que es posible una comunicación eficaz sin el uso de términos desvalorizantes; pongamos a prueba nuestra imaginación y, lo cual es más importante, el inmenso caudal creativo de las mentes juveniles: reencontremos la riqueza vital de nuestra lengua cotidiana.

* Nené Ramallo es la directora del Departamento de Letras, de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNCuyo; es lingüista, especialista en dialectología.

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5 de Diciembre de 2016|11:25
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5 de Diciembre de 2016|11:25
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  1. Las palabras no son malas ni buenas, son sólo palabras. Lo que hay son malas intenciones, nada más. No es lo mismo saludar a un amigo con un "¡Hey, Hijo de Puta! ¿Cómo andás?" con intención amigable, que decirle a un conductor a nuestro lado que no lo hace bien "¡Hey, HIJO DE PUTA! ¿Cómo andás así?" con intención reprobatoria. Malas intenciones, nada más.
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  2. Usted tiene mucha razón: la mala palabra no existe, si no que es la intención conque está dicha... De todos modos, qué lindo que es escuchar palabras dulces y hermosas (aunque estemos enojados), ya que, como usted lo menciona, tenemos un idioma vasto y exquisito que nos proporciona alternativas para expresarnos. Las emociones también deben ser dominadas a través de las palabras. ¡NO SEAMOS TAN IMPULSIVOS Y DIGAMOS LO PRIMERO QUE SE NOS VIENE... ¿A LA BOCA O AL CEREBRO?!!.
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  3. Como todos su artículos, una joyita. Lo llevo a mi facebook para compartirlo.
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