Estuvo prisionero en un frigorífico en Malvinas, con una bomba sin estallar en el techo

Esta es la historia de un mendocino que estuvo en Malvinas. Tenía 20 años y su función era reparar aviones con desperfectos. Fue a Malvinas, trabajó, luchó, fue prisionero, sobrevivió y salvó la bandera argentina que trajo escondida entre sus ropas. Sufrió del hambre y también del frío.

“Tras su manto de neblinas, no las hemos de olvidar. Las Malvinas Argentinas, clama el viento y ruge el mar”, dice el comienzo de la marcha que tanto cantamos en 1982 cuando comenzó el conflicto bélico en el Atlántico Sur.

"¿Quién nos habla aquí de olvido, de renuncia y de perdón", ni la lejanía, ni la niebla nos hará olvidar, ni los que fueron a luchar por una causa considerada muy justa como fue el caso del suboficial Mayor Raúl Soto, mecánico de los aviones y mendocino; ni los que nos quedamos y vimos la guerra que nos contaron en la tele y en los diarios.

Soto hoy tiene 50 años, sólo tenía 20 cuando vio de cerca la guerra en las Islas Malvinas. Cumplía el servicio por opción personal y ya llevaba un año en la Fuerza Aérea como suboficial de primer grado. Tenía como especialidad la mecánica de instrumental del avión, tenía que chequear que los instrumentos funcionaran, que la presurización de la cabina estuviera adecuada y que el asiento eyector estuviera listo para enfrentar cualquier emergencia.

IA 58 Pucará maqueta armamento portátil.

La historia de este mendocino es poco conocida en los medios de comunicación pero sí en las escuelas, ya que desde hace años las visita para contar su experiencia de vida.

Cómo arreglar los aviones en un terreno hostil y frío lejos de todo, cómo fueron los enfrentamientos y el tiempo que pasó prisionero de los ingleses, encerrado con 350 compañeros de distintas fuerzas en un frigorífico que tenía en el techo una bomba sin explotar.

Cuando llegamos a la IV Brigada Aérea en Mendoza, ubicada en lo que era el antiguo aeropuerto mendocino, todo estaba listo para nuestra entrevista. Es habitual que en esta época "tengamos más solicitud para hablar de la guerra", nos dijeron. Más aún cuando esta fecha conmemora tres décadas desde el inicio de las hostilidades.

Raúl Soto llegó y de inmediato nos pusimos a conversar. Este mendocino fue convocado para ir a la guerra en 1982, su partida fue rápida, tanto que ni siquiera tuvo tiempo de hacer una llamada por teléfono para avisarle a su familia, ni a su novia, tan sólo alcanzó a escribir una nota y dejar que un compañero la hiciera llegar a sus seres queridos y decirsel que se iba, aunque no sabía a dónde, todavía. 

Le avisaron a las 8 y a las 9.20 se embarcaba en un avión hacia el sur, era ya el 17 de abril, las islas ya habían sido recuperadas por Argentina pero se desconocía que existiesen conflictos bélicos.


Recién llegaron al archipiélago el 19 de abril, “íbamos en un avión C130 (más conocido como Hércules) en el cual llevábamos palets cargados con sangre y alcohol medicinal para el hospital. El avión tocó tierra pero no paró, bajó su rampa y teníamos que empujar los palets para descargarlos, luego volver al avión, tomar nuestras cosas y saltar a la pista. Siempre el C130 estuvo en movimiento. Cuando bajamos la pista estaba llena de sangre, nos preocupamos, pero nos dimos cuenta que la carga de los palets se había roto, ya que iban en botellas de vidrio, y se habían desparramado”.

El destino de Soto fue Puerto Darwin donde comenzó a reparar los relojes de varios aviones que estaban en pista. Si bien no hubo enfrentamientos en forma inmediata,  “hacíamos simulacros en forma permanente, ante la voz de “alerta” debíamos evacuar rápidamente”.

Hasta que llegó el 1 de mayo, el bautismo de fuego de la Fuerza Aérea Argentina, fue la primera vez que este grupo participó de un enfrentamiento real. “Teníamos que trabajar rápido, nunca habíamos tenido un combate real y menos contra una fuerza como Inglaterra que sí tenía experiencia en guerras con aviones, nosotros no, no tenemos la experiencia de Ejercito o la Armada. Pero no tuvimos miedo”.


Tras el combate hubo muchos aviones que arreglar, en especial los relojes de comando. Pero cada mañana además debían prepara los aviones para una eventual emergencia, esto significaba sacarle el hielo en las alas, vidrios y demás lugares, además de revisar todos los controles. “Todo tenía que estar listo bien temprano”.

En todo este tiempo Soto jamás tomó contacto con su familia. El Ejercito les repartía papel y sobres en donde escribían cartas que se les enviaba a los familiares con franqueo pagado una vez a la semana. Pero cuando los ingleses avanzaron esto se suspendió y un oficial les avisó que no escribieran más porque había aún muchas cartas que no podían salir de las islas al continente. Meses después, en octubre, la madre  de Soto terminó de recibir cartas, vía Londres, cuando el conflicto ya había finalizado.

“El 27 y 28 de mayo hubo enfrentamientos muy duros y violentos, cuenta Soto. No dormimos, no comimos, sólo luchamos durante más de 48 horas. Había mucha tensión entre nosotros, algunos se enfermaron, otros murieron. Hasta que sufrimos la derrota y fuimos tomados prisioneros por los ingleses”.

- ¿Cuándo sintió que realmente estuvo al borde de la muerte?

"En un momento de alarma salimos corriendo para buscar refugio junto a mis compañeros, de pronto siento que me gritan "guarda Raúl", giro mi cabeza y venía un cohete tipo misil  casi a ras del suelo que los ingleses tenían y que portaban los hombres en una mochila y tiraban desde tierra, eran descartables, "Blue Pap" se llamaban. Venía en mi dirección en busca del calor del generador que estaba en la base de artillería. En ese momento me tiro al suelo tratando de protegerme sobre una lomita y el cohete no logró subir la loma y se metió en la tierra explotando y haciéndonos saltar a mi y a otro compañero. Quedé tirado de espaldas con las manos levantadas, no escuchaba nada, sólo miraba el cielo y recorría mi cuerpo con el pensamiento tratando de "sentir" a dónde había sido herido. Mientras eso ocurría, moví mis manos y dos compañeros me tomaron de los brazos y me llevaron a un lugar seguro".

Soto tuvo una seria lesión en su oído izquierdo tras este ataque, gran parte de su audición la perdió. Recién en 2004 pudo operarse y recuperarse de esa lesión.


El ataque seguía y los argentinos luchaban. “Ese momento fue muy difícil, al principio los ingleses nos golpearon mucho con sus armas hasta que los oficiales intercedieron reclamando los “derechos del prisionero de guerra”, sólo en ese momento los golpes cesaron. Nos encerraron en un corral en donde esquilaban a los corderos. Allí estuvimos solos los 350 hombres de distintas fuerzas, comiendo sólo lo que teníamos nosotros, no nos dieron nada. Nosotros racionalizamos la comida y la cocinamos. Estuvimos seis días en esas condiciones, rogando que ningún avión de los nuestros bombardeara el lugar, ya que sentíamos cuando los A4 pasaban por arriba de nuestras cabezas. Cuando salimos vimos que los ingleses habían pintado con cal en las paredes del corral la palabra “POW”, que significa prisioner of war (prisionero de guerra)”.


Pasados estos días de encierro, los prisioneros argentinos fueron trasladados a la Bahía  San Carlos en donde había un frigorífico en desuso que fue utilizado para albergar a los hombres. “Era muy muy chiquito para todos, casi no podíamos movernos, tenía unos 12 por 20 metros más o menos. En el medio nos dejaron una garrafa con un sol de noche y fue lo único que tuvimos para iluminarnos o calentarnos por el frío”. Comían poco y racionado, una vianda inglesa preparada en descartables que re usaban una y otra vez sin lavar. Tampoco tenían baño mucho menos una buena ducha. Así los hombres argentinos pasaron  dos días, el 5 y 6 de junio de 1982, sábado y domingo. Al salir del frigorífico el lunes, advirtieron algo que no sabían, en el techo del lugar había una bomba atascada y sin explotar, es decir que todo este tiempo la amenaza de muerte había estado latente sin que ellos lo supieran.


Ese mismo día abordaron un buque que, tras cinco días de navegación, los dejó  en Colonia, Uruguay para ser liberados a la Cruz Roja Internacional el 13 de junio. Nunca en ese tiempo pudieron salir a la cubierta del barco, fueron mantenidos en camarotes para dos personas pero en donde alojaban a por lo menos cinco que estaban a  cinco niveles por debajo de la flotación del barco.


Después de la guerra

“Sí recibimos apoyo de la Fuerza Aérea, tuvimos muchas terapias de grupos que nos ayudaba a hablar del tema, muchos de mis compañeros nunca pudieron hablarlo y no terminaron bien. Había cinco psicólogos que seguían nuestro progreso. Si bien en mi casa me preguntaron de todo, no conté los detalles hasta hace muy poco. Les dije que había vuelto en un buque en un camarote con televisión, porque no quería preocupar a mis padres en especial”.



Soto sigue en la fuerza, cumple funciones en la IV Brigada Aérea de Mendoza y también da  muchas charlas sobre Malvinas, en especial en las escuelas en donde se presta a las multipreguntas de los chicos. Pero es una actividad que hace con agrado.


Rescatando la bandera Argentina

En una de sus recorridas en las escuelas mendocinas una vez un chico de 12 años de una escuela de Maipú le hizo una pregunta que lo dejó sorprendido ¿qué habían hecho con la bandera argentina que los ingleses habían arriado de las islas?

Soto recordó la hazaña con sus compañeros de lucha y contó que la habían guardado entre las ropas en secreto, cosiéndola por la parte interna en una bolsa de dormir, por eso no había sido descubierta por los ingleses. Ahora esa enseña y otra inglesa están en la III Brigada Aérea  que se encuentra ubicada en Reconquista en el norte de Santa Fe.

- ¿Está decepcionado con la Guerra de Malvinas?

-"Decepcionado no, yo miro lo que hiciemos nosotros y estuvo bien, más allá de las órdenes, más allá de lo táctico o político. Tuve la suerte y el honor de conocer hombres que fueron a cumplir la misión de proteger nuestra bandera. Me molesta cuando se habla mal de Malvinas, se critica la guerra. Esto también es memoria, debemos saberlo, es una batalla colmada de gloria. No hay guerras buenas y malas. Yo tuve la suerte de volver, otros no".

Como sigue diciendo la marcha de las Malvinas: “Ni de aquellos horizones nuestra entrega han de arrancar, pués su blanco está en los montes y en su azul se tiñe el mar". 

"La perdida perla austral", sigue allí y nosotros cerca para cuidarla, aunque no nos pertenezca de hecho, lo es por derecho.

Lic. Viviana García Sotelo

En Twitter @vgarciasotelo

Opiniones (2)
29 de Junio de 2017|11:33
3
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29 de Junio de 2017|11:33
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  1. La entrega, valor, perseverancia y arrojo del Suboficial mayor Soto y de los demas integrantes del escuadrón "PUCARA" GT3, que hicieron pelear a tan noble maquina en condiciones menos que mínimas en el terreno, dicen si quieres saber como peleaste preguntale a tu enemigo y el sistema de armas mas temido por las tropas inglesas fueron el pucara y el cañon citer de 155 mm del ga 3. Gloria y Honor para uds. tambien.
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  2. agradezco su objetividad
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