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El camino de Grondona: desde su ferretería en Sarandí a la cima del fútbol

El periodista Hernán Castillo publicó Todo Pasa, una biografía no autorizada sobre el hombre más poderoso del fútbol argentino: desde que fundó Arsenal hasta ser uno de los dirigentes con más peso de la FIFA. La increíble historia de Don Julio.

Para tratar de entender un poco el instinto de supervivencia de Julio Humberto Grondona hay que repetir la siguiente lista de nombres: Videla, Viola, Galtieri, Bignone, Alfonsín, Menem (por dos), De la Rúa, Puerta, Rodríguez Saá, Caamaño, Duhalde, Kirchner y Fernández de Kirchner (por dos).

Mientras todos esos presidentes pasaron por el Sillón de Rivadavia, Don Julio no se movió de su despacho de la AFA. Estuvo en la época de la dictadura, aplaudió la primavera alfonsinista, le sonrió a Menem, elogió a la Alianza y se alió con los K. Un animal político, un camaleón, un ferretero de Sarandí que llegó a ser –como le gusta jactarse– el vicepresidente del mundo.

Grondona, sin más: el mejor político de este país.

Editado por Aguilar, el periodista Hernán Castillo publicó Todo Pasa, una biografía no autorizada sobre el mandamás de la Asociación del Fútbol Argentino. “Fútbol, negocios y política de Videla a Kirchner”, reza el subtítulo, que en realidad promete más de lo que termina ofreciendo.

Castillo hace un prolijo repaso sobre cómo Grondona pasó de su querida Sarandí a ser el segundo hombre de la FIFA. Es asombroso cómo JG construyó poder y fue escalando en el fútbol argentino hasta ser el amo y señor del deporte más popular del país.

El autor indaga en Sarandí, donde Grondona puso la primera piedra de su imperio. En la ferretería, cuentan que fiaba y les decía a sus clientes “pagá cuando puedas”. Así, siempre le debían algo y tenía favores que cobrarse. Ese manejo es el mismo que vemos hoy en la AFA, cuando los clubes se arrodillan por dinero y después levantan la mano al compás del “Sí-Don-Julio”.

En 1957 fundó Arsenal, club que lleva los colores celeste y rojo por Racing e Independiente, sus vecinos mayores. En muy poco tiempo, el club del Viaducto, un lugar para encontrarse con amigos y familias, se afilió a la AFA y pasó a tener un estadio para cinco mil personas.

Grondona llegó a ser presidente de Arsenal y formar parte de la Comisión Directiva de Independiente. Y hasta ganó las elecciones presidenciales del Rojo en el 76. Venció al oficialismo, que venía con la chapa de haber levantado las Libertadores del 72, 73, 74 y 75. Increíble. Desde joven, mostraba toda su capacidad de animal político.

Luego asumió en la AFA en el año 79. “A mí me pusieron los clubes”, dice Grondona para tratar de despegarse de la nefasta dictadura. Desde ese año no dejó más el sillón afista y de a poco empezó a hacerse un lugar en la FIFA.

Grondona no habla inglés, no va a la cancha y dice que la última película que vio en el cine es Lo que el viento se llevó. La pregunta cae de madura: ¿Cómo puede tener tanto poder dentro del fútbol a nivel mundial? En las páginas del libro hay una posible respuesta: “Porque Grondona habla el mismo idioma que Blatter (presidente de la FIFA)”.

Castillo también repasa la vida de la selección argentina bajo el mando de Grondona: el fracaso del 82, el apoyo a Bilardo en la agitada previa de México 86, el corte de piernas de Maradona en el 94, la mala relación con Passarella y Bielsa, las buscadas negativas de Carlos Bianchi para asumir al frente del equipo, la salvadora aparición de Messi y las últimas fichas puestas en Sabella.

Hay lugar para recorrer cómo Grondona actúa con sus enemigos, cómo los hace cambiar de opinión, cómo gana elecciones, cómo –pase lo que pase– siempre se vota lo que él quiere… En fin, cómo maneja a su antojo los destinos del fútbol argentino.

El autor cuenta la relación con los barras, negocios, arreglos, la jugada magistral del Fútbol Para Todos, favores que van y vienen. Cae un manto de sospechas en el accionar de Grondona. Sin embargo, queda flotando la misma sensación de siempre: todos sabemos/suponemos que el presidente de la AFA tiene mil y un negociados, pero al final nunca nadie le puede demostrar nada.

Y sí, todo pasa.

Autor: Gonzalo Ruiz.
Twitter: @gonza_ruiz

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19 de octubre de 2017 | 04:58
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