Leé el primer capítulo de "Claraboya", la novela perdida de Saramago

La obra que José Saramago escribió hace más de 60 años, y cuyo manuscrito entregó a una editorial portuguesa en 1953, cuenta la historia de un edificio en que viven seis humildes familias cuyos miembros se ven envueltos en un enredo.

“En todas las almas, como en todas las casas, además de fachada, hay un interior escondido”.
Raul Brandão

Por entre los velos oscilantes que le poblaban el sueño, Silvestre comenzó a oír trasteos de loza y casi juraría que se transparentaban claridades a través del punto suelto de los velos. Iba a enfadarse, pero de repente se dio cuenta de que estaba despierto.

Parpadeó repetidas veces, bostezó y se quedó inmóvil, mientras sentía cómo el sueño se alejaba despacio. Con un movimiento rápido, se sentó en la cama. Se desperezó, haciendo crujir ruidosamente las articulaciones de los brazos. Debajo de la camiseta, los músculos del dorso se contornearon y tensaron. Tenía el tronco fuerte, los brazos gruesos y duros, los omoplatos revestidos de músculos entrelazados. Necesitaba esos músculos para su oficio de zapatero. Las manos las tenía como petrificadas, la piel de las palmas tan gruesa que podía pasarse por ella, sin que sangrase, una aguja enhebrada. Con un movimiento más lento de rotación sacó las piernas fuera de la cama. Los muslos delgados y las rodillas blancas por la fricción de los pantalones que le dejaron rapado el vello entristecían y enfadaban profundamente a Silvestre. Se enorgullecía de su tronco, sin duda, pero le daban rabia sus piernas, tan escuálidas que ni parecían pertenecerle. Contemplando con desaliento los pies descalzos asentados en la alfombra, Silvestre se rascó la cabeza grisácea. Después se pasó la mano por el rostro, palpándose los huesos y la barba. De mala gana se levantó y dio algunos pasos por el dormitorio. Tenía una figura algo quijotesca, encaramado en las altas piernas como si fueran ancas, en calzoncillos y camiseta, el mechón de pelo manchado de sal y pimienta, la nariz grande y adunca, y ese tronco poderoso que las piernas apenas soportaban. Buscó los pantalones y no dio con ellos. Asomando el cuello al otro lado de la puerta, gritó:

—Mariana, eh, Mariana, ¿dónde están mis pantalones?

(Voz de dentro.)

—Ya los llevo.

Por el modo de andar se adivinaba que Mariana era gorda y que no podría ir más deprisa. Silvestre tuvo que esperar un buen rato y esperó con paciencia. La mujer apareció en la puerta:

—Aquí están.

Traía los pantalones doblados en el brazo derecho, un brazo más gordo que las piernas de Silvestre. Y añadió:

—No sé qué les haces a los botones de los pantalones, que todas las semanas desaparecen. Estoy viendo que los voy a tener que coser con alambre...

La voz de Mariana era tan contundente como su dueña. Y era tan franca y bondadosa como sus ojos. Estaba lejos de pensar que hubiera dicho una gracia, pero el marido sonrió con todas las arrugas de la cara y con los pocos dientes que le restaban. Recibió los pantalones, se los puso bajo la mirada complaciente de la mujer y se quedó satisfecho ahora que el vestuario hacía su cuerpo más proporcionado y regular. Silvestre estaba tan orgulloso de su cuerpo como Mariana desprendida de lo que la naturaleza le diera. Ninguno de ellos se engañaba acerca del otro y bien sabían que el fuego de la juventud se había apagado para siempre jamás, pero se amaban tiernamente, hoy como hacía treinta años, cuando se casaron. Tal vez ahora su amor fuera mayor, porque ya no se alimentaba de perfecciones reales o imaginadas.

Silvestre siguió a la mujer hasta la cocina. Se metió en el cuarto de baño y regresó diez minutos después, ya aseado. Venía sin peinar porque era imposible domar la greña que le dominaba (dominar es el término) la cabeza, «el lambaz del barco», como lo llamaba Mariana. Las dos tazas de café humeaban sobre la mesa y había en la cocina un olor bueno y fresco a limpieza. Las mejillas redondas de Mariana resplandecían y todo su cuerpo obeso retemblaba y vibraba al moverse entre los fogones.

—¡Cada vez estás más gorda, mujer!...

Y Silvestre rió. Mariana rió con él. Dos niños, sin quitar ni poner nada. Se sentaron a la mesa. Tomaron café caliente con grandes sorbos ruidosos, jugueteando. Cada uno quería vencer al otro sorbiendo.

—A ver, ¿qué decidimos?

Ahora Silvestre ya no reía. Mariana también puso cara ceñuda. Hasta las mejillas parecían menos sonrosadas.

—Yo no sé. Tú eres quien decide.

—Te lo dije ayer. La suela está cada vez más cara.

Los parroquianos se quejan de que cobro mucho. Es la suela... No puedo hacer milagros. Ya me gustaría que me dijeran quién trabaja más barato que yo. Y todavía se quejan...

Mariana cortó la protesta. Por ese camino no llegarían a ningún sitio. Lo que necesitaban decidir era la cuestión del huésped.

—Pues sí, estaría bien. Nos ayudaría a pagar la renta y, si fuera un hombre solo y tú te quisieras encargar de su ropa, se redondearían las cuentas.

Mariana apuró el café dulzón del fondo de la taza y respondió:

—A mí no me importa. Siempre es una ayuda...

—Pues lo es. Pero estamos otra vez metiendo huéspedes, después de vernos libres de esa caballería que por fin se fue...

—¡Qué remedio! Con que sea buena persona... Yo me llevo bien con toda la gente, si la gente se lleva bien conmigo.

—Probamos una vez más... Un hombre solo, que venga a dormir, eso es lo que nos conviene. Luego, por la tarde, iré a poner el anuncio —masticando todavía el último bocado de pan, Silvestre se levantó y declaró—: Bueno, me voy a trabajar.

Regresó al dormitorio y caminó hacia la ventana. Corrió la cortina que hacía de pequeño biombo separador del dormitorio. Al otro lado de la habitación había una tarima alta y sobre ella, el banco de trabajo. Herramientas, hormas, trozos de hilo, latas de tachuelas pequeñas, retales de seda y de piel. A un lado, la caja de tabaco francés y los fósforos.

Silvestre abrió la ventana y echó un vistazo al exterior. Nada nuevo. Poca gente pasaba por la calle. No muy lejos, una mujer pregonaba habas secas. Silvestre no entendía cómo podía vivir aquella mujer. Ninguno de sus conocidos comía habas secas, él mismo no las comía desde hacía más de veinte años. Otros tiempos, otras costumbres, otras comidas. Resumida la cuestión con estas palabras, se sentó. Abrió la caja de tabaco, pescó el papel de entre el batiburrillo de objetos que abarrotaban la mesa y se lió un cigarro. Lo encendió, saboreó una calada y puso manos a la obra. Tenía unos contrafuertes delanteros que poner y ése era un trabajo en el que siempre aplicaba todo su saber.

De vez en cuando miraba de reojo la calle. La mañana iba clareando poco a poco, aunque el cielo estuviera cubierto y hubiese en la atmósfera un ligero velo de niebla que desdibujaba los contornos de las cosas y de las personas. Entre la multitud de ruidos que ya despertaban en el edificio, Silvestre comenzó a distinguir un taconeo en las escaleras. Lo identificó inmediatamente. Oyó abrir la puerta de la calle y se asomó:

—Buenos días, señorita Adriana.

—Buenos días, señor Silvestre.

La mujer se detuvo debajo de la ventana. Era bajita y usaba gafas de lente gruesa que le transformaban los ojos en dos bolitas minúsculas e inquietas. Estaba a mitad de camino entre los treinta y los cuarenta, y alguna que otra cana le aparecía en el peinado sencillo.

—Conque al trabajo, ¿no?

—Eso es. Hasta luego, señor Silvestre.

Era así todas las mañanas. Cuando Adriana salía de casa, ya el zapatero estaba en la ventana del entresuelo. Imposible escapar sin ver aquella guedeja desgreñada y sin oír y corresponder a los inevitables saludos. Silvestre la seguía con la mirada. Vista de lejos le parecía, según la comparación pintoresca del zapatero, «un saco mal atado». Al llegar a la esquina de la calle, Adriana se volvió y lanzó un gesto de adiós alsegundo piso. Después, desapareció.

Silvestre dejó el zapato y asomó la cabeza fuera de la ventana. No era cotilla, pero le gustaban las vecinas del segundo, buenas clientas y buenas personas. Con la voz alterada por la posición del cuello, saludó:

—¡Hola, señorita Isaura! ¿Qué tal va el día hoy?

Del segundo piso, atenuada por la distancia, llegó la respuesta:

—No está mal, no. La niebla...

No se llegó a saber si la niebla perjudicaba, o no, la belleza de la mañana. Isaura dejó morir el diálogo y cerró la ventana despacio. No le disgustaba el zapatero, su aire al mismo tiempo reflexivo y risueño, pero esa mañana no se sentía con ánimo para conversaciones. Tenía un montón de camisas para acabar antes del fin de semana. El sábado debería entregarlas, fuera como fuera. De buena gana acabaría de leer la novela. Sólo le faltaban unas cincuenta páginas y estaba en el capítulo más interesante. Esos amores clandestinos, sustentados a través de mil peripecias y contrariedades, la tenían prendida. Además, la novela estaba bien escrita. Isaura tenía experiencia suficiente de lectora para saber juzgar. Dudó. Demasiado bien sabía que ni siquiera tenía derecho a dudar. Las camisas la esperaban. Oía dentro un sonido de voces: la madre y la tía hablaban. Mucho hablaban aquellas mujeres. ¿Qué tenían que decirse todo el santo día, que no estuviera ya dicho mil veces?

Fuente: alfaguara.com

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