Marlene Dietrich sólo elegía amantes que bebieran Martini

Dry Martini: vermut seco, ginebra, piel de limón, una aceituna y mucha leyenda. El libro "Alquimia fría" cuenta la historia de un cóctel tan legendario y de las estrellas de la literatura, del cine, de la música y hasta de los políticos que contribuyeron a alimentar su mito.

Vermut seco, ginebra, piel de limón y una aceituna. Son los ingredientes básicos del Dry Martini, un cóctel creado al parecer en Nueva York en 1910 por Martini di Arma di Taggia, un barman italiano en apuros, pues nada menos que el señor John D. Rockefeller le acababa de pedir que le sorprendiera con un cóctel de esos “fríos, secos, fuertes y sabrosos” de los que le gustaban a él. Y así fue.

Es el inicio de una leyenda destinada a alimentar leyendas. Alquimia fría. Dry Martini: historias, leyendas y recetas originales es un libro a medio camino entre una novela y un recetario fruto de la colaboración entre el escritor Leo Coyote y José María Gotarda, que regenta el Ideal Cocktail Bar de Barcelona.

Publicado por la editorial Alrevés, este libro no sólo recorre la historia de uno de los cócteles más famosos del mundo, de sus ingredientes y de sus recetas, sino también la de las leyendas que contribuyeron a alimentar su mito, reinterpretando cada uno a su manera la receta original. Sí, porque lo primero que hay aprender sobre el Martini es que existen tantos Martinis como personas. Más allá del vermut, la ginebra, la piel de limón, la aceituna y el vaso con forma de triángulo, el verdadero ingrediente secreto de este cóctel es la actitud de quien lo prepara.

El ingrediente secreto del Dry Martini

Truman Capote solía tomárselo bien frío mientras escribía y el escritor de libros infantiles E.B. White -creador del ratoncito Stuart Little- afirmaba que bebía Martinis del mismo modo que otros toman aspirinas.

Al parecer Hemingway prefirió invitar a unos cuantos soldados a cincuenta Martinis en el Hotel Ritz de París en vez de relatar la rendición oficial de la guarnición alemana  en la estación de Montparnasse el 25 de agosto de 1944.

Ava Gardner cerraba el Chicote ingiriendo Martinis para luego torear coches con su abrigo en la Gran Vía y Marlene Dietrich parece que confesó varias veces a su amigo Hemingway que sólo elegía amantes que bebieran Martini.

Luis Buñuel solía guardar en la nevera las copas, la ginebra y la coctelera el día antes de que llegaran sus invitados. Con un termómetro comprobaba si el hielo estaba a unos veinte grados bajo cero. Al día siguiente sacaba todo lo que necesitaba, echaba unas gotas de vermut Noilly Prat sobre el hielo, media cucharadita de café, media de angostura y finalmente gin puro.  

James Bond es un capítulo aparte: su Martini “agitado y no removido” ha hecho dormir intranquilos a muchos puristas de esta bebida según los cuales remover el hielo evita justamente que el Martini salga aguado.

Las grandes figuras políticas tampoco fueron inmunes al encanto del Dry Martini. Para el primer ministro británico Winston Churchill el truco estaba en la luz del sol que tenía que traspasar la botella de vermut antes de llegar al vaso mezclador en el que estaban el hielo y la ginebra. Así medía la cantidad exacta de vermut que necesitaban sus Dry Martinis para que fueran muy secos.

Para el secretario del Partido Comunista Soviético Nikita Kruschev el Martini era “la verdadera arma letal de los Estados Unidos”. Un cóctel patriótico al fin y cabo tanto que, al parecer, el presidente de Estados Unidos Franklin D. Roosevelt llevaba a las cumbres internacionales los utensilios para preparar sus Martinis, eso sí, no eran demasiado ortodoxos pues el presidente solía añadirles zumos de frutas y anises. Cuando derogó la ley seca en 1933, Franklin D. Roosevelt lo celebró, como no, con un Martini.

Fuente: Alessia Cisternino / lainformacion.com
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9 de Diciembre de 2016|18:03
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