Cuentos de verano: las pesadillas de Alejandro Frias

Ha publicado "Serie B" (primer premio en el Certamen Vendimia de Cuentos 2003) y "Todos los chicos". Desde 2005 dirige, junto a Lorena Puebla, la revista literaria Serendipia.

El sueño, por Alejandro Frias

Al levantar la mirada se encontró con ese rostro surcado de huellas y esa cabellera que alguna vez tuvo un color propio y verdadero. Con ambas manos se alisó el pelo, y mientras sostenía con la izquierda el montón de cabellos a la altura de la nuca, con la derecha los ató con un elástico.

Antes de retirarse, aproximó aun un poco más la cara al espejo, como si intentase encontrar, en el fondo de esos ojos oscuros, la respuesta que buscaba, pero no había más que un par de ojeras residuales de la noche que se iba, nada más que su propia mirada.

Mientras cerraba la puerta de su habitación para que Horacio pudiese dormir un poco más, volvió a preguntarse lo mismo que ya, en los escasos minutos que llevaba despierta, se había preguntado varias veces. Por qué ese sueño, de dónde, de qué recónditos rincones del ayer habían escapado esas imágenes, esas palabras, esas voces que decidieron visitarla esta noche.

Encendió una de las hornallas y colocó sobre la llama el recipiente lleno de agua. Una brisa gélida la sorprendió al abrir la puerta que la llevaba al patio. Ciñéndose aún más la bata al cuerpo, avanzó algunos pasos, los suficientes como para llegar hasta el mismo punto en el que todas las mañanas se ubicaba para ver el cielo, para comprobar si el día era amenazado por nubes o si el infinito dejaría verse como a ella le gustaba, azul e inconmensurable, cielo de verano, cielo de domingo estival.

Corroboró que no había amenazas que pudieran echar a perder este domingo, uno como tantos otros en que sus hijos vendrían a almorzar, y con ellos sus nietos. Nada desde arriba, desde el infinito, ese que nunca conocería, podría opacar el día. Pero en este domingo las nubes no aparecían lentamente desde algún punto cardinal para instalarse sobre la ciudad, sino que se aproximaban como un gran cúmulo opaco desde lo más profundo de ella, porque había soñado, como cualquier noche, como todas las noches, pero esta vez el sueño había sido distinto. Y en ese sueño también había cielos azules y brisas frescas.

Se presionó los ojos con los dedos de la mano derecha, levemente, como buscando transformar de esa manera el entorno, como si el paisaje pudiese modificarse de manera que, al mirar a su alrededor, esta ya no fuese su casa, sino otro lugar, cualquier otro lugar, un sitio distante de este suelo y de su último sueño.

Claro que al retirar la mano de su rostro volvió a ver las mismas medianeras, las mismas plantas, la misma churrasquera de siempre, entonces sólo giró y regresó a la cocina, donde el agua hervía.

Encendió la radio que descansaba sobre la alacena y que la acompañaba desde hacía varios años en todas las horas que pasaba en la cocina, aunque ya no fueran muchas, que, al cabo, dos personas no demandan tanta alimentación, y ellos eran ahora sólo dos, ella y Horacio.

Al igual que todas las mañanas, preparó un té al que le agregó dos cucharadas de leche en polvo y tres de azúcar. Al igual que todas las mañanas, buscó en la heladera el frasco de dulce y, al igual que todas las mañanas, untó algunas rodajas de pan.

Una voz que conocía desde hacía muchos años anunció la hora y le pareció imposible que recién fueran las siete. Tan largo le había parecido el breve tramo de tiempo entre que abrió los ojos, exaltada por el impertinente sueño, hasta ahora.

Masticaba la segunda rodaja de pan con dulce mientras en la radio el locutor anunciaba el próximo viaje de un ministro y la misión que lo llevaba a vaya a saber qué lugares. Después, un par de publicidades que intentaron convencerla de que comprara las últimas novedades en productos imprescindibles para su familia y una balada escuchada miles de veces ya fueron sólo una compañía distante a la que no prestó atención.

Por fin, el último sorbo de té desapareció garganta abajo. Con movimientos más lentos que los de costumbre, guardó el dulce, lavó la taza, la cuchara y el cuchillo usados y recogió en la palma de la mano las migas dispersas sobre la mesa. El locutor en la radio anunciaba, con un grito que pretendía emular el de un gaucho en la pampa, el comienzo de un programa de música folclórica. Apenas el estrépito terminó, comenzaron a sonar los acordes de La López Pereyra.

Tarareando apenas en un susurro, se acercó nuevamente a la heladera y la abrió para comprobar si el helado que preparó a la noche antes de acostarse (antes de dormirse para luego despertar con las imágenes de aquel sueño adheridas a la piel) estaba ya en condiciones de ser devorado por sus nietos, su hija, su yerno, sus dos nueras y sus dos hijos varones, principalmente por sus dos hijos, que comían como si aún fuesen adolescentes, no como su hija, Mariana, quien, después del tercer parto, comenzó una dieta rigurosa que la ha llevado a pesar lo mismo que cuando tenía veinte años.

Ahora Mariana se le instala en el pensamiento, porque está bonita así, tan delgadita, con sus pantalones ajustados y su deseo de verse bien, y eso le preocupa, porque Mariana tiene ya cuarenta años y no es lo mismo. Piensa que tal vez ella no debería estar tan pendiente de su figura sino, mejor, de su salud, pero Andrés, el hijo que tantos dolores de cabeza les trajo a ella y a Horacio militando en partidos de izquierda, se lo ha explicado bastante bien y entiende a su hermana. “No hace más que responder a un modelo”, le ha dicho, pero también le ha dicho que si bien la entiende, no le perdona que sea tan frívola. La de discusiones que eso genera. Una zamba suena ahora en la radio.

Con una cuchara prueba el helado, los tres gustos que ha seleccionado para esta ocasión. Al de chocolate le hubiese venido bien un poco más de cacao, el de limón está a punto, pero al probar el de vainilla algo como un eco llega desde algún punto del distante pasado, y con él se acercan nuevamente las imágenes del sueño. Cierra la heladera y, sin enjuagarla, arroja la cuchara dentro de la pileta. De un tirón abre las cortinas y el patio aparece frente a ella con un resplandor que le quema la mirada.

Apoyada contra el marco siente cómo un ardor comienza a irritarle los ojos y sabe perfectamente que no es toda esa luz repentina la que la lleva a mirar con dificultad, a parpadear repetidamente, a sentir esos deseos de correr.

Lentamente se dirige hacia la habitación en la que Horacio aún duerme. Duda un momento antes de abrir la puerta, hasta que por fin se decide. Mueve el picaporte de manera que el movimiento de las piezas metálicas apenas si emiten un breve chillido. Casi con timidez se introduce en la pieza.

El cuerpo de Horacio es sólo un bulto bajo las sábanas. Con paso lento se acerca a su lado y suavemente se sienta junto a él. Con una mano le acaricia el pelo, y Horacio reacciona regresando a la vigilia con la emisión de un sonido gutural que ella traduce como “Buen día”. “Buen día”, dice ahora ella con la mirada clavada en sus ojos. “¿Pasó algo?”, pregunta Horacio con la primera voz de la mañana al ver que los ojos de su esposa están más enrojecidos que de costumbre. Ella vuelve a acariciarle el escaso pelo revuelto. “Tuve un sueño”, alcanza a decir antes de que una lágrima ruede mejilla abajo.

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