Reeditan "Martropía", el mejor libro sobre Spinetta

La reedición de "Martropía" -un neologismo que combina un tropismo y el mar como agua bautismal-, las conversaciones entre el escritor Juan Carlos Diez y Luis Alberto Spinetta, reactualiza el arte poética del músico y poeta que falleció recientemente.

El libro -publicado por primera vez en 2006- reúne una serie de conversaciones a lo largo de los años que finalmente se convirtió en uno de los pocos testimonios del pensamiento en estado puro del autor de "Guitarra negra", su arte poética.

Si hubo un músico seducido por el espíritu de la revuelta, por las complejidades armónicas y tímbricas, el sonido de las palabras y la interrupción justa para dar lugar al silencio, ese fue -sin dudas- Luis Alberto Spinetta.

Decir que un compositor como Spinetta sobrevivirá en sus canciones es un lugar común que en estos días se escuchó demasiado.

Spinetta nunca maltrató periodistas pero tampoco eran sus amigos. Spinetta aprendió las leyes del juego y la promoción, pero siempre protegió a sus seres queridos de esa invasión a la que retrató con precisión en una canción que jamás grabó y que tocó pocas veces, "Historias de la inteligencia".

Al principio, Diez pregunta por qué "Los elefantes" (grabado en Almendra II, de 1970): "Quizá de la noción de que ellos van a morir en donde están los huesos de sus ancestros", responde el compositor.

"Además, la canción incluye la idea de un mundo sin alegría ni dolor. Un mundo zen, en el que el ser y su alma se tranquilizan y no trastabillan ante las tribulaciones de la existencia (...) La letra intenta hablar del alma-paquidermo".

Spinetta introdujo de manera más o menos masiva a tres nombres que poco o nada tienen que ver con el rock: el poeta y teórico del teatro francés Antonin Artaud, el antropólogo Carlos Castaneda y el filósofo, también francés, Gilles Deleuze.

El devenir animal del sujeto es la traducción del alma-paquidermo; menos una antropomorfización que una potencia de metamorfosis. Extraño futuro anterior: "Los elefantes" es una canción de 1970. Deleuze no componía aún la agenda de lecturas del Flaco.

Spinetta no encaja. No encajará nunca. Por eso sus seguidores son pocos, fieles, algo fundamentalistas. Por eso su influencia no se agota en la cultura rock.

"La música mitiga mucho eso. En última instancia, esos sentimientos se dejan entrever pero son aliviados siempre por la belleza de la música. En cambio, en un escrito de Artaud podés llegar a momentos de una densidad terrible", dice Spinetta en el reportaje.

"Artistas como (Gustav) Mahler" -continúa Spinetta- "que han sufrido mucho en su vida, reflejan el sufrimiento pero también reflejan una especie de clarividencia".

"No creo en una forma de literatura o de música en la que se omita el drama inherente al ser. La literatura del apaciguamiento, esas lecturas religiosas, un libro de catecismo, me sublevan inmediatamente".

La muerte, esa abuela que regula al mundo: "La idea de la muerte no es un total silencio (...) Hay una despedida notable en la materia. Hay un rigor mucho más profundo que el de los adioses".

"Aunque tuviéramos una noción ideal de esto, es muy poco para comprender la vastedad de ese silencio", decía entonces.

El "niño cósmico", como supo bautizarlo en su momento Enrique Symms, era cualquier cosa menos un ingenuo. Prepararse -como los estoicos- para la muerte, si es que eso fuera posible, es lo que sugirió una de sus ex mujeres que Spinetta, durante gran parte de su vida, siempre hizo.

"Mucha de mi música tiene paz, pero mi alma es muy perturbada (…) Si volcara la interminable oda dolorosa de mi alma, estaría equivocado. No me interesa mucho el dolor, sino la forma en que uno puede llegar tan profundamente dentro de sí mismo como para encontrarlo, como hizo Artaud".

Y relativizando: "Me alegro por la gente que lo leyó, sobre todo por la gente a la que le gustó. Es mucho más lindo que (charles) Bukowski, ¿no? Y lo seguirá siendo, independientemente de que sus teorías del dolor no sirven. Las de Bukowski menos".

"Un capullo que quiere vivir", esa región subdesarrollada, ni adentro ni afuera, ese subsuelo sin fondo, inasimilable, excluido de la simbolización, quizá haya empujado a Spinetta a reunir a Las Bandas Eternas un año y medio antes de tener la seguridad de un diagnóstico que murió el último día de este hombre sobre el planeta.

Fuente: Pablo Chacón / Télam

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