Poemas de verano: Nora Bruccoleri, el planeta brama

Docente, ha publicado, entre otros, "Manuscrito de los desterrados", "Memoria del pedernal" y "La Niña Purépecha", este último, editado por el colectivo La Hidra de Mil Cabezas.

Niños invisibles

 Lo urgente rasga la musicalidad
             del respirar,
         son pisadas atrás
        de la conversación
            del descanso.
   Lo urgente es afilar los actos
         en la palma misma
             de lo maldito
    para desollar su desprecio
               por el aire
              por la lluvia
              que percibe
                  aquello
         florecido de silencio
       y nos delata humanos.
       Es urgente quebrantar
                 lo maldito
      su pacto con la multitud
          que calla hablando
             y mira negando.
En el santuario de la indiferencia
  la arrogancia de los poderosos
                    crece
como crecen los agujeros de la miseria
           con la hipocresí a
       y las muecas diligentes
   de los regidores, sus espías
          y escarmientos.
 Lo urgente es clavar el ancla
en la musculatura de tanta trampa
  en el escudo de sus discursos
y con el mortero de la desobediencia
           espantar lo ruin
            el desamparo
             para zarpar
    hacia la ley planetaria
           de los juegos
       que por siempre
harán invisibles a los niños
 ante las lanzas venenosas
              del trabajo.



Ñuke mapu (Madre Tierra en mapudungun, idioma de la nación mapuche)

         Debéis enseñar a vuestros hijos
         lo que nosotros hemos enseñado a los nuestros:
         que la tierra es nuestra madre.
         Todo lo que afecte a la tierra
         afecta a los hijos de la tierra…

                                    (Fragmento de la carta del jefe Seatlle de la tribu sqwamish, escrita en 1855)

Con la complicidad del trópico
en el pulso del desierto
acordamos los bienhechores
conmover con acentos de desarraigo.
A la deriva de arcas
ateridas de frío
o lamidos por quemantes sequías
emergemos como confusos vagabundos
en el planeta que brama
por su remota brújula,
la que ordenaba climas
y nos definía como aprendices
de mareas y rocíos.
Confiesa la montaña
desgarraduras que envenenan
escamas de tierra y agua,
la arrodillan ante el plomo del poder,
es carcomido hasta el aire
que es cuenca de vuelos invictos.
Durísimos acentos
para concluir en desmesurados alertas.
Las fauces de inundaciones
ensanchan los vacíos
con insensibles fangales,
así la desgracia convence
de la ambición potente,
mandadera del desprecio
por nativos calendarios que esponjan
los rastros de nobles bestias
entre méritos de floras,
que son baladas en la brisa
de quienes habitamos
adorables vigores
ante los párpados del sol.
Los que sin la mordedura
propagadora de lo estéril,
escudamos el brío de las raíces
con luciérnagas que descifran
el humus de rumbos
no arrendados a la depredación,
los que destilan cordial intimidad
desde ritmos originarios
de nuestros antepasados
con el crecer de la luna.

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