Cuentos de verano: Graciela Reveco de Manzano, puntual

Docente, coordinadora de talleres literarios y crítica, ha editado los libros de cuentos “Cuentos para pensar” y “Grullas de Papel”, la novela “Donde las piedras tocan el cielo” y el poemario “Tren de Otoño”.

La hora puntual, por Graciela Reveco de Manzano

                                                                                               La vida es una gota de sangre 
                                                                                               y tarda un segundo en caer.

Eugenio Frías dejó que la tarde se desmayara en sus ojos. Había transcurrido un tiempo preciso desde que llegara hasta su antigua cama y al inoportuno reloj de las impuntualidades. La casa estaba fría, sucia y desolada. Fueron muchos años de ausencia, y el milagro de encontrarla disponible lo atribuyó a las reiteradas preces que gritaba en el silencio. Alguien, de alguna manera, protegió su refugio esperando el regreso.

El cansancio de una vieja oscuridad cancerbera y una evocación reincidente le extirpaban uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez el descanso de la noche.

Dormir no significaba el sosiego; sólo una repetición del mismo sueño. El agotamiento pudo más que el instinto de conservación y se metió al oscuro laberinto, chupado por la voz inalterable del décimo día:

“En la vía muerta del ferrocarril, a 100 metros de la antena satelital que conecta al mundo con el mundo, sobre el pasto estéril, donde los guijarros son espejos del alma bajo la luz vertical y confusa de la cinco de la tarde, tienes una cita con la muerte”.
         
Se despertó sobresaltado, sudoroso, la lengua pegada a los dientes con la fuerza inmóvil de la quijada. Apenas pudo mover los ojos y ver la hora. No tenía importancia. La noche avanzaba feroz ysin luna hacia otro día de espasmos y desvelos. La voz seguía en su cerebro como un mutante interno que no le pertenecía. Pensó que podría ser una equívoca sanción hacia la inexcusable puntualidad que exigió a todas las personas de su entorno. Con arbitraria y absoluta imposición debieron respetarse los horarios bajo extrema severidad; quizás la misma que ahora regía inexorable en sus insomnios.

Eugenio Frías tenía doce años cuando en la escuela le otorgaron la medalla por Asistencia Perfecta. La Directora la puso en sus manos con una sonrisa de plato decorado que duró apenas unos segundos. Eugenio releyó el grabado sobre el metal pulido y luego, con un susurro indescifrable entre los dientes, lo lanzó por el aire transparente de la mañana. La madre levantó del piso el minúsculo galardón y salió tras su hijo suplicando una disculpa con la mirada.

     -¿Por qué lo hiciste, Euge?- preguntó en la casa, al amparo del silencio familiar y con un gorjeo de pájaro convulso, por temor a que la voz traspasara los muros inalterables de su tiempo de madre desorientada.

El chico la escrutó ácidamente y supo una vez más que los estímulos maternos funcionaban a la inversa de sus propias exigencias.

     -No me importa el reconocimiento por no haber faltado nunca, lo cual es mentira. Estuve ausente el día que murió mi padre ¿Nunca nadie advirtió que jamás llegué tarde a ninguna parte?

El padrastro de Eugenio trabajaba en una fábrica de colchones y llegaba a la casa entre las nueve y las once de la noche. Borracho y agresivo, ultrajaba a la mujer y sólo se detenía si el chico tomaba con decisión el bate de madera que él mismo había colgado en la pared el día que la madre lo aceptó como pareja. Si algo le ocurriera, toda la vecindad diría que fue en defensa propia. Era consciente de ello a pesar de los litros de tinto que le oscurecían la sangre. Además, los ojos del niño, dos abismos de oscuro granito, lo intimidaban;  con una sonrisa torcida y amarilla intentaba romper la tensión del encuentro ¿Cuánto tiempo, noche tras noche, ocurriría lo mismo?

Al día siguiente, cronómetro en mano, Eugenio lo siguió hasta la colchonería y frente a  la puerta del negocio lo abordó sin titubeos:

     -Esta tarde lo quiero en casa a las siete en punto y... sobrio. Las siete en punto- repitió con la misma dureza que escapaba de sus ojos.

El hombre apareció en la puerta de la vivienda cuando las estrellas de la noche habían avanzado profusamente hasta convertirse en pequeños puntos errantes. Olía a vino barato y a semen de prostitutas, quizás porque entendió que debía cuidarse, en esta oportunidad, de agraviar a la madre.

Eugenio no tenía el bate en la mano.

Sobre su hombro pequeño sostenía la antigua escopeta de caza de su padre.

Eugenio Frías decidió que era tiempo de recapitular sobre el vademécum que había elaborado prolijamente en su vasta existencia de relojes inclementes.

Tiempo no era lo que sobraba y las agujas marcaban un prefijo que no deseaba abordar todavía. Cuando articulaba algún efímero eslabón de sueño, aparecían dos largas agujetas sostenidas por un látigo sonoro.

La más larga se enrollaba como una víbora en el número doce; la más corta pasaba su pequeña lengua por el cinco con un beso impiadoso:

“A esa hora de la tarde vendrás a mí”.

La decisión la tomó diez días atrás, poco tiempo después del regreso. Aquella jornada salió muy temprano (un severo reumatismo, en prodigioso avance, lo obligaba a soñar inútilmente con el sereno despertar del mediodía, palpar el costado frígido de la cama y encontrar la carne que lo alejara del misógino en deuda con su más caro designio: estaba solo y nunca lo pretendió). 

Los insomnios habían aparecido, por primera vez, con insólitos ruidos y una voz sangrando en los oídos con avances y lejanías, invitándolo a la cita ineludible. Caminó resueltamente bajo las sombras difusas de aquel rosicler albino, y cuando faltaba un pequeño tramo para romper el día, en medio de la neblina claroscura, descubrió la “sombra”. Era larga e incestuosa, pues penetraba los costados del trayecto, sin mostrarse, buscando un eretismo desconocido sobre el reflejo de las veredas húmedas. Pensó en una plétora inalcanzable y adivinó el placer de hostigarlo hasta derramarse sin formas en la noche de polvo ceniciento.

La luz empujó las suelas raídas de su alpargata número cuarenta y tres y decidió que debía acudir a la cita del subconsciente lo antes posible.

No obstante, se descubrió impasible y estático frente al calendario que cayó a pedazos desde las paredes vacías. Sólo había una hora prefijada meciendo los hilos de la providencia y la puntualidad era la gloria merecida.

Sí, habían transcurrido diez días de ese primer encuentro y algunos pájaros de la noche huyeron hacia otra gesta menos rigurosa que la suya.

Un día cualquiera la madre de Eugenio murió de tristeza. El muchacho, hombre ya, de figura tajante y oscura, decidió que no debía estar solo y buscó la mujer que consideró apropiada.

Helena tenía una sonrisa carnosa y alegre, y llenaba todos los espacios con su figura cimbreña y su indeleble  olor a rosas nuevas. Se enamoró perdidamente de Eugenio y colgó un velo deliberado sobre sus ojos mansos. Sólo podía ver al hombre morenamente apuesto y trabajador, que ocupaba el puesto de Jefe de Personal en una Planta Siderúrgica.

Eugenio no le preguntó si deseaba casarse y ella aceptó ser su pareja a pesar de las reiteradas y severas recriminaciones de sus padres que estimaban en serio peligro la honra de la familia.

Cuando Helena quedó embarazada intentó hablar de matrimonio y, para su sorpresa, Eugenio aceptó. Una mañana sabática, inflamada de gnomos desconocidos,  pasaron por el Registro Civil.   A las diez de la noche de ese mismo día era la boda por la Iglesia.    Helena comenzó a sentirse mal después del mediodía, pero lo ocultó con absoluta serenidad. El inicio del embarazo se producía con intensas náuseas y mareos. Cuando faltaban quince minutos para casarse sufrió un ligero desvanecimiento. El auto nupcial la esperaba en la puerta y su padre, que la acompañaba en ese instante, retardó la partida. Helena llegó a la Iglesia cuando pasaban cinco minutos de la diez y un insólito revuelo le provocó el desmayo. Eugenio, a las diez y un minuto, se había retirado con un estertor en la garganta, jurando jamás volver frente al altar. Y cumplió, rompiéndole el corazón a la única mujer que lo amó después de su madre.

     - La hora de ingreso a las oficinas está establecida a las ocho en punto, señorita Amanda. No a las ocho y cinco como Ud. pretende- le increpó secamente Eugenio a la mujer que acomodaba con calma la facturación del día anterior. 

Ella sonrió de costado, lamiéndose la boca y clavando sus ojos en la mirada petróleo del Jefe de Personal. Sabía que Eugenio había despedido a mucha gente por tardanzas y que gozaba de la simpatía obsecuente de uno de los accionistas de la siderurgia que, en ese momento, se encontraba fuera del país, pero eso no le importaba demasiado. Tenía la boca llena de besos privativos, y para casos aún más insostenibles la libido en llamas.

Lombardo, el Gerente de Administración, conocía sobradamente sus secretos femeniles y en este caso era él quien tenía la última palabra si fracasaba en su primer intento de corregir los hechos.

     - ¿Podemos hablar del asunto en el Archivo?- y con incisiva resolución se encaminó hacia las escaleras que daban al subsuelo de la Oficina Central, agitando sus nalgas redondas e insinuantes bajo la falda ceñida hasta media pierna.                                                    

Eugenio aceptó sin dudarlo demasiado. Helena estaba en el último mes de gestación y era imposible mantener una relación satisfactoria con ella. Merecía un desahogo, lo cual no modificaba en absoluto la exoneración definitiva de Amanda. 

Luego de quince minutos de una efusión efervescente y agobiante, Eugenio, tras pasar por el sanitario de su propia oficina, se dispuso a ordenar el telegrama de despido.

Al día siguiente, cuando descubrió a Amanda encerrada en el despacho de Lombardo, no se sintió seguro del apoyo que siempre tuviera y temió algo inesperado. 

Pasó por su mesa de trabajo, sustrajo del cajón un objeto que brilló pálidamente bajo la luz de la lámpara y se encaminó a la gerencia. 

Entró sin llamar. 

Lombardo, de pie y ligeramente apoyado en el borde del escritorio, acariciaba la cabellera de la mujer, y en lugar de reprenderlo, por la intempestiva irrupción, le inquirió mostrando todos sus dientes desiguales con una sonrisa de perro feligrés:

     - Amanda no se va, Frías. El que se va es Ud.

Eugenio no movió un solo músculo de la cara cuando levantó el arma en dirección al Gerente. El primer disparo le llegó  premeditado en medio de la entrepierna con una capacidad absoluta  de emasculación, y el segundo le atravesó el pecho  incrustándose en el corazón de Amanda que estaba detrás con la boca abierta y sin aptitud para el grito.

En esta oportunidad, nadie declaró que fue en defensa propia y la perpetua sonó, en los oídos de Eugenio Frías, como una corneta desafinadamente vieja.

Detrás de las rejas, las disciplinas horarias le otorgaron el incentivo que la libertad le impugnaba con tijeretazos deshumanizados. 

Helena, y el niño que no conocía, desaparecieron  de su vida. 

Diez años después, alguien le comentó que Helena se había suicidado.

Y treinta años más tarde, un indulto inexplicable del Poder Ejecutivo le perdonó la sentencia.

El alba se resistía detrás de la línea oscura que dividía el horizonte en dos y Eugenio se sintió viejo y desangrado, evocando las raíces muertas de una existencia de horas fijas y tiempos rígidos. 

El bravío y rústico despotismo que ilustró toda su vida le subió a la garganta con la acidez de una añosa gastritis. 

El odio fue siempre para él un orgasmo del espíritu; ahora rezumaba en gotas de amarga excreción frente al extraño viraje del destino. 

El nuevo siglo, bajo las pesadas alas de la excarcelación, sólo le ofrecía una “sombra” y un sueño repetido.

No tenía amigos, ni perro que lo mirara a los ojos esperando una réplica. Eso sí, tenía enemigos. Sus propios enemigos internos y aquellos que, tal vez, esperaban su libertad para disfrazarse de “sombras”. Por eso se quedó diez días sin ver el exterior, sin ver “esa” sombra en especial, con los ojos muertos intentando arrancar las hojas del almanaque.

Nunca pensó que la impiadosa muerte le concediera una cita y él no tuviera el mecanismo de defensa para eludirla; prefería el imprevisto, como le ocurría a todo el mundo.

Pero no sería así con él. 

La muerte tenía una voz de hialina secuencia, viciada de almas convertidas, y en el túnel del inconsciente le recitaba sus mejores versos:

“Vendrás a mí a la cinco de la tarde. La hora puntual de los pájaros perversos”

Por enésima vez, en esa jornada, despertó agotado y convulsivo. Eran las cuatro de la tarde del día siguiente y aún no se había movido de la cama desde la noche anterior. Tenía que salir.

El arrobo intempestivo de septiembre le arrojó a la cara un garbo ceniciento con olor a lluvias tardías. El aroma de los brotes le produjo náuseas y vomitó al filo de la vereda.  
El vago sonido de un pitejo postergado, de tiempos inmemoriales en la antigua estación, pronunció su nombre. Caminó lentamente hacia las vías, donde el yuyo salvaje crecía a borbotones por la ausencia de los trenes. Se detuvo a pocos metros. No había nadie más que él, y más allá, la antena del satélite se alzaba como un trono de pájaros hacia el cielo oscuro y rayano.

La tormenta crecía humosa detrás de los cuatro puntos cardinales. Eugenio Frías miró de un lado a otro. Desde que salió de la casa sospechó que la “sombra” lo seguía de cerca. Es más, que lo seguía desde mucho tiempo antes de salir de la cárcel. Una “sombra” que no era la suya.

Las cuatro y media de la tarde.

Creyó que la “sombra” se acercaba desde el norte.

Llegó impaciente a las vías y con resolución se dejó caer sobre una piedra que yacía tristemente erosionada a un costado de los rieles. Levantó la mirada de rajado granito hacia el cielo que, segundo tras segundo engordaba su volátil estructura hasta romper imprevistamente en goterones y relámpagos. 

Las cinco menos diez de la tarde y sólo la “sombra” del norte proyectándose mayúscula. Eugenio Frías vomitó por última vez sobre los guijarros estériles de la sentencia.

La cinco de la tarde y el veterano despojo sintió frío. A medida que pasaban los segundos, la voz del sueño corporizó el anuncio y una sonrisa indefinida le torció la boca.
La “sombra” lo abordó de frente, envuelto en un lejano efluvio a rosas nuevas y con ropas de Oficial de Alto Rango. La “sombradeazulpolicía” le otorgó apenas un segundo. Tenía el rostro joven y las sienes plateadas. Eugenio Frías se vio frente al espejo de una punta de años atrás, con los mismos ojos fríos y encarbonados de odio, pero con otra boca; una boca grave y carnosa que le soltó a la distancia la risa inolvidable de Helena.

Consultó sin tiempo el pesado reloj de su neurosis, y absolutamente vencido se entregó a la violencia genética de la sangre cuando el disparo le perforó el pecho a las cinco y tres minutos de la tarde: 

     -¡¡Ni... la... mu..er..te..., ca..ra..jo...!!

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Opiniones (2)
5 de Diciembre de 2016|05:26
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5 de Diciembre de 2016|05:26
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  1. Un relato que conjuga las esencias que viven dentro de cada ser humano de una forma apasionadamente exacerbada. Muerte, odio, obsesión y locura, contados con impecables metàforas y a travès del lenguaje grotesco de la oscuridad.
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  2. me gusto mucho graciela
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