Cuentos de verano: zafar a la manera de Marcelo Salvatore

Médico de profesión, escribe cuentos desde muy pequeño. "Nací en esta provincia y vivo en Guaymallén, de él tomé algunos escenarios y ambientes, de su fauna cultural la mística de algunos de mis personajes", explica.

El buscador de almas, por Marcelo Salvatore

El cielo se mostraba amenazante. Las nubes jugaban a atraparse unas a otras haciendo aterrar a los campesinos que temíamos lo peor. Un viento frio llegaba del sur y nos volvía en jirones la piel haciendo que las polvorientas calles se vieran vacías en pleno mediodía. Aquel día me desperté sabiendo que no terminaría de manera normal, no sé si era porque la noche anterior me había despachado un cuarto y medio de “Legui” o por el melancólico espectáculo que daba el cielo encapotado. Aún a los tumbos me hice fuerte en el alero desde donde lo vi llegar.

Cubierto casi todo por un largo sobretodo negro, devenido a gris por los centímetros de tierra que acumulaba. En tono una mochila enorme con algunos trastos colgando a medio caer.

apada la cabeza y oscuros anteojos que, ahora que lo pienso, no tenían razón de ser. Rotas las botas atadas con una media para que no se terminen de desintegrar en la marcha. Pantalones abiertos en ambas rodillas, de un material indescriptible.  Llegó a mi alero cansado. Parecía venir del futuro. Vengo del futuro, me dijo, busco algo de agua y algún alma que sobre. Lo miré de costado, como hago con los locos y cuando todavía me dura la ebriedad. Siempre es del mismo costado, creo que es mi lado más lúcido en esos menesteres.

De cualquier forma, estaba yo mirándolo de costado cuando volvió a la carga. Soy buscador de almas, me dijo mientras dejaba la mochila en el piso. Ando por estos lares en busca de alguna que sobre. Le di un sorbo a mi querida botella de “Legui”, como hago siempre en el desayuno. Mire, no quiero amargarle la búsqueda, pero que sepa, por acá nunca sobraron almas. Y recordando la mezquindad de alguno de mis vecinos, es más, hasta creo que andan escaseando. No me importa la calidad, sólo la cantidad. Sacó de un bolsillo interno del sobretodo un mapa húmedo por su sudor y lo comenzó a abrir con el cuidado con el que desarmaría una bomba.

engo entendido que por esta zona vive un tal Ruiz, sacó otro papel con membretes del gobierno, sí, Ruiz Carlos. Aquel infeliz era el infeliz más infeliz de todo el pueblo. Lamentaba su suerte con la misma fuerza con la que respiraba a cada segundo. Algunos decíamos que estaba maldito y otros afirmábamos que solo era un desdichado sin suerte. Siempre me he caracterizado por opinar en todos los sentidos, sobre todo si se trata de hablar mal de Ruiz Carlos, el infeliz.

Qué sabe de este hombre, me preguntó poniéndose serio. Lo que todo el mundo sabe, aún no me queda claro qué es lo que está buscando, de donde viene, usted quién es. Ya le dije, me dijo, soy un Buscador de Almas. Vengo, las cargo y me las llevo, la calle Novena oeste 978 por dónde es. Aún besaba la botella cuando de lado, del otro lado, le murmuré, así que “Buscador de Almas”. Y se paga bien ese empleo, le pregunté entre medio ahogado por el alcohol y la duda. El tipo me miró más serio que mi padre cuando me miraba serio. Eso a usted no le incumbe en absoluto, murmuró sin darle más atención que la que uno presta cuando va al baño. Para continuar, sabe o no sabe. Como veía que la charla se me iba de las manos le dije, le digo que acá almas para recolectar no va a encontrar, le ofrecí “Legui”. Esto es lo más parecido al agua que tengo. Miró la botella a contraluz y le entró como si no tuviera garganta. Un largo “ah” me dio la pauta de que acusó recibo del brebaje en sus entrañas. No es para menos aquello que con afecto llamaba “Legui”, no era otra cosa que un destilado que inventé en mi propio alambique. Era una mezcla de resinas, alcohol y jugo de granada que en conjunto eran capaces de poner a prueba cualquier entraña. Fuerte el “tecito” este, me dijo limpiando una pequeña lágrima brotada desde su ojo izquierdo, por detrás de sus anteojos oscuros.

Recibí la botella y me acomodé en el alero para dar impresión de estar seguro. Estoy seguro, le dije, de que esto es un chasco que me quiere jugar el truhan, siempre quise usar esa palabra en público, del Gordo Fonseca. Sabido es que ese maldito quiere mis tierras desde que las vio por primera vez. Él me miró de lado y supe lo que se siente cuando alguien lo mira a uno de lado. Me acomodé en el alero y seguí, él quiere mi colección de tierras, señalando a las macetas en donde guardaba las muestras de suelo de cinco continentes. Me juego lo que sea a que es una treta para quedarse con ellas, así que no me venga con estupideces y abandone mi alero. Le diré, me dijo, que no tengo ni idea de qué me está hablando. Busco almas y en especial la de este Ruiz Carlos, así que o me dice donde está o me deja en paz.

Viendo que se tornaba la charla áspera como la lengua de mi gato, me dispuse a suavizar las cosas. Quiero suavizar las cosas por que se están poniendo ásperas como la lengua de mi gato, le dije. Le ofrecí una desvencijada silla que aceptó de mala gana. No tengo mucho tiempo, mi oficio es de andar y andar rápido, pero no le niego que ese brebaje que me dio a tomar me ha aflojado las piernas. Eso le afloja las piernas hasta el más puesto, le dije divertido. Cómo es eso de buscar almas, será algo religioso, porque mire que no ando en esos rumbos. Lo mío es un trabajo científico. Soy un empleado gubernamental. De un gobierno que todavía no empieza, soy del futuro como ya le dije. Allí manipulamos almas como usted manipula sus animales, si se me permite la expresión. Lindo futuro del que viene, primero lo pensé y después se lo dije. Por eso me gusta más estar acá, en el pasado, me respondió casi sin meditarlo.

Habíamos estado mirando un baldozón por casi un segundo, pero a mí me pareció mucho más. Cuando de repente y como un resorte se paró de pronto, aclaro que es otro efecto de mi “Legui”. Ha llegado la hora de seguir, lamento si me he comportado con descortesía, pero los errantes solemos ser parcos. Los campesinos del desierto solemos serlo también. Me dio la mano que descubrí llena de cicatrices, apretó lo más fuerte que pudo, giró sobre los tacos y se fue haciéndose chiquito sobre el horizonte.

 Entre la charla, el alcohol y su cansancio creo que no se percató que en mi alero reza calle Novena oeste 978.

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