La nueva Eva y el viejo Adán

Los mandatos femeninos se fueron diluyendo para dar nacimiento a una mujer diferente, desconocida, en movimiento, inquietante. Ellas definieron una feminidad inédita, complementaria de lo masculino, en la que sumaron competencias del ama de casa al mundo intelectual. Y ellos, obedecieron.

El trauma de la noche de bodas y el sueño de estudiar fueron dos constantes del mundo femenino de finales del XIX y comienzos del XX. Las ansias de emancipación, de ejercer sus derechos, de elegir no casarse, de trabajar sin ser censurada, de ser una persona socialmente libre y respetada fue una tendencia creciente entre las mujeres de Occidente que dio lugar a la expresión “nueva Eva”.

Estas “nuevas Evas” pasaron por la mirada, siempre oblicua, de grandes escritores y llenaron sus historias de mujeres no ya en evolución, sino en franca mutación. Así lo demuestran los relatos de Anatole France, Emile Zola y D.H. Lawrence, entre otros, que ofrecen personajes femeninos inquietos, rebeldes, incómodos, intimidantes.

Así, los mandatos de la vieja Eva se van diluyendo para dar nacimiento a una nueva mujer diferente, desconocida, en movimiento. Una mujer que ansiaba obtener un diploma o un divorcio, andar en bicicleta y votar, elegir al marido y administrar su propio dinero, pero también ser madre y criar a sus hijos, cuidar de la familia pero al mismo tiempo estudiar, leer e incluso escribir de manera profesional.

Entre estas primeras feministas destaca George Sand, que escribía novelas, criaba a sus hijos, vestía pantalones, cuidaba de Chopin enfermo y cocinaba y cosía para sus ex maridos y amantes. De la misma manera, la científica Marie Curie, Premio Nobel de Física 1903 y Premio Nobel de Química 1911, era una lectora voraz, llevaba todos los días a la escuela a su hija, con dinero del premio se compró una bañadera y poco después de la muerte de su esposo inició una larga e intensa relación con un hombre casado.

Ellas, como millones de mujeres que luego profundizarían estas rupturas sociales, habían sido educadas en el modelo tradicional de “lo femenino”, pero progresivamente fueron sumando las competencias del ama de casa al mundo intelectual. Por cierto, que lo hicieron viviendo, sorteando y luchando con las propias contradicciones en las que se debatían las mujeres de la época. Y aunque sus discursos, en dichos y hechos, fueran de vanguardia no dejaban de condenar a la “nueva Eva” a la fatalidad genérica.

Esto se hace evidente cuando estas mujeres que reclamaban, entre otras demandas, por un “salario materno” y por guarderías infantiles, no planteaban la división de las tareas domésticas entre los cónyuges. Solían batallar con el cumplimiento de las tareas efímeras y repetitivas del hogar y la gran mayoría terminaba –hijos, marido y sociedad mediante- renunciando a sus sueños.

Otras, como Charlotte Brontë y Emily Brontë, George Sand, George Elliot, Colette, por mencionar un puñado de escritoras, se quejan de que no se puede ser una mujer completa a tiempo parcial, y lamentan que los quehaceres del hogar –desde el “hacer calceta” a cocinar, pasando por cuidar de los hijos y de los mayores- les reste un valioso tiempo que necesitarían para escribir.

Lo curioso es que a los hombres, los “viejos Adanes” no se les pedía ninguno de estos gestos altruistas de renuncia, no se les solicitaba que hicieran tareas en el hogar o que cuidaran de los hijos. Para eso estaban las mujeres, las Evas, y esa condición era una de sus grandes virtudes.

De ahí que las “nuevas Evas” fueron definiendo una feminidad inédita que se percibe como distinta, complementaria de lo masculino, con un toque de orgullo y poderosas contradicciones entre el deber de procurar el bienestar del “otro” y el ansia de conseguir el propio.

Como entonces, a pesar de los grandes avances de las mujeres en todos los campos, la historia continúa, en su núcleo, igual que a fines del XIX y comienzos del XX: el imaginario masculino de los “viejos Adanes” continúa en la búsqueda de la mujer-madre-amante devota y abnegada, cuya vocación sea cuidar de los suyos.

Lo bueno es que Adán ahora también limpia, cocina, hace las compras, cuida a los niños, lava la ropa y hasta plancha. Supervisado por Eva, claro.

Patricia Rodón
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