Cuentos de verano: Claudio Fernández y sus motivaciones

Sociólogo y responsable de publicaciones independientes, no nos aporta justamente un cuento, sino un... texto como esos a los que nos tiene acostumbrados en sus habituales colaboraciones con MDZ Online.

Configuración metonímica de una musa (cinco pasos), por Claudio Fernández


1º Paso (El deseo): Supongamos que uno es un vago y lo único que uno quiere es alimentar el ego escribiendo un cuento o un poema a una chica. Bien. Pero, y aquí muchos se decepcionarán,  la materia prima necesaria no es la chica. Aunque sí algo que sólo ella nos puede brindar: su deseo de que alguien le escriba algo alguna vez. Tras este giro dialéctico (que traspasa el límite de nuestras presunciones y que tal vez no tenga nada que ver con nosotros) se configura la identidad de la musa inspiradora.


2º Paso (La  ausencia): Téngase la precaución de que la chica configurada “musa” esté ausente cuando se le escribe. La ausencia es amiga de la inspiración y la creatividad. Sin embargo no se necesitan muchos pasos de lejanía para que la fantasía se engendre y emane sobre la superficie. Es suficiente con que la chica a quien se la escribe se quede en la  habitación contigua. Lo único peligroso de tener una “musa” muy cerca es la insostenible tentación del asedio carnal, tentación siempre proclive y poco poética.  
Se sabe de muchos escritores pobres que han dejado que la mujer que les duele se vaya de viaje muy lejos. Albergando, además o encima, la esperanza de que su ausencia le produzca éxitos y que la chica vuelva a ellos tan sólo para abrigarse bajo el glamour de las dedicatorias de un best-seller.

                                                   
3º Paso (La cotidianidad): A pesar de lo misterioso de sus apariciones una musa no es una deidad difícil de consagrar. Un poeta puede contar con un ejército de musas si así lo desea. A todas ellas le debe la armonía de sus fantochadas. A ellas les debe la inspiración y el café con leche que se enfría sobre la mesa. Muy lejos de lo que se cree, las musas lloran, ríen y se enganchan con las novelas de la tarde. Sintetizando, podríamos decir que mientras ellas se lavan el pelo con agua de lluvia en un fuentón de lata o cuelgan sus calzones en los grifos de la bañadera, puede que una brisa metafísica las envuelva en un hálito sublime y las trasforme en materia literaria y que ni cuenta se den.

Es tal la cotidianidad de las musas que un poeta se puede confundir e inspirarse con las musas del vecino. Siempre hay problemas con esto,  porque las musas no hablan y cuando se les pregunta por su patria potestad se quedan justamente como lo que son: musa. Mientras los hombres que las pretenden gritan y se amenazan con juicios y demandas,  ellas revolotean por ahí cerca o se vuelan muy lejos,  hasta que cada tanto y una vez por siglo se encarnan en canción.


4º Paso (La única): Las musas una vez constituidas como tal no tienen nombre. Recuérdese lo difícil que le resultó a Manzi reconocer quién era Malena. Para evitar los reproches de las demás musas siempre la musa que se elige es la misma. En rigor ésta es una imposibilidad política: las musas nunca son las mismas y no siempre se escribe a una sola musa. Sin embargo su composición estelar no se permite suplencias… y no sólo por capricho... si no más bien por esa famosa excentricidad fraguada a sangre. 



5º Paso (El enamoramiento): No es un problema enamorarse de una musa. El problema es que de a poco ella deja de serlo. Deja de lado su mutismo de musa y nos llama por teléfono. Sin dar cuenta el escritor deja de escribir sobre ella y sólo se concentra en lo que le duele no poder deshacerla, hacerla humo y con una o dos palabras desterrarla de aquellos continentes por ella misma engendrados.  Pero inútil es el deseo de desbastarla sobre esa primera mentira. Decirle adiós y salir a buscar otra. Esa es la segunda mentira.
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23 de octubre de 2017 | 05:59
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