Cuentos de verano: los mundos de Oscar Guillén

Periodista, ha publicado, entre otros libros, "Las formas de la telenovela", volumen al que pertenece el relato que ofrecemos a continuación.

La mansión de los lagartos, por Oscar Guillén 

Me desperté con el ruido del portal. Hacía una semana que Javiera y Jordi habían decidido regresar  al continente. Ahora era el turno de Damián y su novia maorí.

No es que quisieran dejarme solo; sólo se iban.

Pensé, sin saber por qué, en el último argentino que había pasado por la isla: se llamaba Andrés Rodríguez, fumaba demasiado hachís y conducía un cuarteto de rock llamado Kalamares.

Me levanté de la cama absolutamente transpirado, me dirigí al baño y me di una ducha fría. Intenté cantar una canción de Kalamares que hablaba de Vietnam y, si bien recordaba parte de la letra, no podía dar con la entonación.

Desnudo, bajé la escalinata de piedra y fui tan silencioso que los lagartos no me escucharon. Por los altos ventanales entraba la luz de la siesta e iluminaba perfectamente la estancia que en el siglo anterior había sido un establo. Entonces pude observarlos como nunca: verdosos, parduscos, rojizos, prehistóricos.

Me dirigí a la heladera y, al pasar junto a la Guzzi, rocé el asiento con los dedos como si fuera un animal doméstico. Tomé medio litro de agua fresca y pensé en bajar a buscar provisiones  en la vieja moto. Luego saqué una naranja y la estallé contra la pared de piedra: los lagartos la comerían en cuanto me marchara.

Pensé en lo que había dicho Xenia la noche anterior: “Los lagartos terminarán por comerle los piececitos a la niña y eso no te lo podré perdonar”.

A pesar de las precauciones que había tomado -la cuna pendía del techo y bajaba y subía a placer por un simple sistema de poleas- ella había decidido marcharse y yo no había intentado detenerla.

Subí la escalera, volví a la ducha, no me sequé, me tiré en la cama. Sabía que, en el futuro, repetiría esta operación mil veces. Dormí.

Soñé con  una bailarina oriental, de mirada cambiante y dulcísima. Tenía una piedra verde incrustada en el medio de la frente y un hoyuelo en su vientre que no me dejaba de encantar. En el sueño no había música pero una niña recitaba monocorde: “rupias, dragmas, dólares, euros, cheques de viajero./Rupias, dragmas, dólares, euros, cheques de viajero…”.

Desperté angustiado. Una de mis manos entendió que debía despegar a la otra de mi pecho. Pasado el primer momento, decidí que no podía hacer otra cosa que volverme a duchar.

Pero antes algo me dijo que debía bajar la cuna que pendía del techo. Entonces, por sobre el tul que la cubría, pude ver unos huevos y un lagarto dispuesto en posición de ataque.

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10 de Diciembre de 2016|23:12
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