Cuentos de verano: "la venenosa" de Luis Villalba

Ha publicado, entre otros, “Persona”, “La muchacha del café”, “Hoteles baratos”, “Los cuerpos”, “El hijo”, “Cuentos para leer en la salita” y “Cuaquito”. Ha incursionado en la dramaturgia y la historieta, es letrista de canciones folclóricas y periodista en medios gráficos y radiales.

La mancha venenosa, por Luis Villalba

El cronista dio la información con entonación neutra: “una mujer se ha sentado la pasada noche en la carretera de espaldas al sentido de la circulación de los vehículos. Tres coches, una tras otro, han logrado esquivarla en el último momento y han acabado deshechos en la cuneta, con muertos y heridos. La suicida, al comprender su fracaso, ha abandonado el lugar de la catástrofe sin dejar huellas y sólo las coincidencias en las declaraciones de los heridos dan testimonio de su existencia.”

La noticia me horrorizó y no pude conciliar el sueño. A la mañana siguiente fui al diario y revisé los rollos del teletipo para saber más. Me decepcionó que el accidente hubiera ocurrido en una carretera de París, lejos de la ruta cuarenta tan propensa últimamente a esas devastaciones. Aún así revisé todos los telegramas y con palabras similares las reseñas coincidían. Sin embargo, en tres de ellas, justamente de agencias francesas, había un agregado que despertó mi atención.

Según parecía, un borracho de la zona dijo cosas incoherentes sobre una mancha. Los policías lo atribuyeron a un viejo mito que de vez en cuando revivía. Lamentablemente ningún cable hacía referencia al mito en cuestión, y hasta allí llegó mi curiosidad: los daños colaterales de un bombardeo yanqui en algún lugar del mundo relegaron la noticia del accidente.

Algún tiempo después estaba enfrascado en la lectura de La inmortalidad de Milan Kundera, cuando en el comienzo de la tercera parte leí un párrafo que me paralizó. Aunque me quedo corto. Mis neuronas literalmente recibieron una descarga. En ese estilo fragmentado que lo caracteriza, el narrador cita el incidente con palabras similares a la noticia difundida. Luego, pasa a otra cosa sin mencionar los dichos del borracho. Pensé que era raro que el checo no usara la historia lateral para irse por las ramas, según su costumbre. Leí en busca de algún dato complementario pero el resto de la novela no aportó la clave. Otra vez mi curiosidad se vio frustrada aunque la obsesión se mantuvo.

Pero el destino con la forma del director del diario donde trabajaba, me dio la oportunidad. Yo, que no viajo nunca y que odio al imperio con toda mi alma, fui enviado a Nueva York con escribas de otros pasquines. Hice lo mejor que pude con mi inglés de bachillerato y algún desliz de originalidad. La tarea terminó un viernes y nos quedaron dos días libres. En el hotel había un folleto semanal con las actividades culturales de la semana y mis ojos, que vagaban por el texto que no entendía demasiado, tropezaron con el nombre: Milan Kundera. Media hora después yo estaba ahí.

Cuando casualmente lo ubiqué él huía de una multitud histérica. Ninguna chance, pensé, y volví sobre mis pasos hasta una salita lateral. Al entrar, de reojo, había reparado en un piano. Empecé con Hay humo en tus ojos y seguí con otras melancolías. Pasó un tiempo hasta que oí el silencio. Todo ha terminado, pensé. Al girar para levantarme lo vi a tres pasos. Recordé que en su juventud se había ganado la vida como pianista de jazz en Praga. Ahorro las presentaciones y las generalidades.

Finalmente le hice la pregunta y esperé. La pequeña sala, fría y oscurecida, escuchó sus palabras cansadas.

- … nadie atendió, salvo una publicación de provincias sin ninguna autoridad, los balbuceos de un campesino francés borracho hasta el acento circunflejo. Él estaba terminando su garnacha de dos litros, al borde del camino. Tenía los ojos entrecerrados por el sol y el vino, pero no le impidió ver la mancha que se formaba cada vez que se acercaba un auto y que, luego de los despistes, se esfumaba. Al mismo tiempo un olor nauseabundo aparecía por oleadas que la brisa acercaba y alejaba. Cuando harto de los quejidos de los sobrevivientes, se decidió a quitar la mancha, bastó que pusiera su zapato en la calzada para que la mancha se deslizara a campo traviesa. Una mujer vestida de negro, con un ramillete en sus manos. La ruta se había construido sobre un olvidado y pequeño cementerio improvisado de los tantos sembrados por alguna guerra.

Antes de irse, Kundera susurró. ¿Sabe usted cuántos accidentes como ése hay por año? A los europeos nos encanta matar.

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11 de Diciembre de 2016|01:27
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