Cuentos de verano: Roque Grillo narra la voluntad de un hombre

Subdirector de Prensa de la Municipalidad de San Martín, fue alumno repetidor de los talleres literarios de Mercedes Fernández. Despedido de unos cuantos medios masivos de difusión, está a días de jubilarse. Se especializa en cuentos breves e hiperbreves.

Bogart, por Roque Grillo 

                                                                             ¿Quién nos guardará de los guardianes?

Bogart enciende su último Lucky. Con los ojos entrecerrados, para evitar que el humo le haga lagrimear, golpea la mesa del Café Americano y toma un sorbo de whisky. Ella no volverá esa noche. El puño se cierra sobre el paquete vacío. Hace calor en Casablanca

Anochece. La película no llegó a interesarle. Sacó el arma. Tiró de la corredera y puso una bala en la recámara. Por un instante, la cara de su hijo se dibuja en tonos de gris frente a sus ojos. Muerde el cañón y baja la empuñadura. Un simple tirón y todo habrá terminado. La mirada del niño es un mudo reproche. Aún en la oscuridad, no deja de decirle que eso no está bien. Pero sería tan fácil... Los recuerdos seguían ahí, intactos.

Era la mañana más hermosa de los últimos años. Fría. Apenas diez grados plenos de sol. Preparó el desayuno de Daniel. El café con un chorro de leche fría. Galletas de chocolate y jugo de naranjas recién exprimidas. En un costado, el diario, sin los suplementos. Subió al primer piso, vestido sólo con el pantalón del pijama. La luz, que entró al abrir la puerta, le permitió ver la maraña de rizos de su hijo a punto de cumplir diez años. Cuando lo llamó suavemente parecía seguir durmiendo. Pero sabía que había despertado al instante. Tardó en saludarlo por su nombre, como hacía desde que falleció su madre, dos años antes.

Su madre. Con iguales rizos y el mismo despertar. Las horas diarias de natación le habían de-vuelto su cuerpo de soltera apenas unos meses después del parto. Pechos rotundos, caderas más amplias. Adorables cambios. Su habilidad en la cocina, pareja con su coraje para encarar tareas disímiles, con asombrosos resultados. Servir una esponjosa omelette en platos de cerámica diseñados y horneados por ella en el estudio que tenía en el entretecho. Las macetas en el patio, con su colección de hierbas aromáticas y flores en todas las estaciones. ¿Quién imaginaría que el horno de cerámica tenía una falla que terminó por electrizar su cobertura metálica? ¿Quién imaginaría que el choque la lanzaría contra la pared? ¿Quién imaginaría que el aguzado escardillo, colgado a una altu-ra fuera del alcance de su hijo, se enterraría en su espalda, seccionando la médula espinal? ¿Quién imaginaría la frialdad de esa garra que atenazó su corazón cuando quedaron solos?

El sol brillaba en los últimos días de otoño. Revisó la camioneta, como siempre antes de un viaje. Esta vez serían apenas trescientos kilómetros redondos, hasta el Manzano Histórico. Al acercarse al Cristo, giró a la derecha y manejó hasta el primer grupo de casas. Recibió las llaves y pagó por el alquiler de la cabaña durante el fin de semana. Era una robusta construcción con techo a dos aguas y todas las comodidades que podían esperarse. Calefón y cocina a gas. Microondas. TV color y servicio satelital. No funcionaban allí los celulares. El Edén no podía ser alterado ni siquiera por los mensajes de texto. Bien.

Daniel sacó su caja de pesca y se instaló al costado del arroyo que murmuraba allí cerca, entre sauces y álamos. Desde la mesada de la churrasquera, donde cortaba tomates que salaba con entu-siasmo, lanzaba frecuentes miradas pero la feroz concentración del chico al armar la línea evitaba toda conversación. En lo personal, nunca le gustó la pesca. De niño prefería correr y cuando tuvo el tamaño suficiente aprendió a boxear, para defenderse de algunos compañeros bastante agresivos. Después, se convirtió en un hombrón de ochenta kilos de peso y ya no le hizo falta pelear. El fuego estaba empezando a dar las primeras brasas mientras entrañas y costillas esperaban su turno. Tomó un trozo de grasa y comenzó a frotar la parrilla antes de ponerla al fuego. Escuchó el grito. Corrió hacia el agua. Daniel estaba sentado en medio del cauce, viendo cómo se iba su caña. Sonriendo, estiró la mano para ayudarlo a levantarse. Lo consiguió a medias. Su mano estaba resbaladiza. Los delgados dedos se escaparon y cayó de espaldas. Un ruido, sordo y atroz, se escuchó al golpear el cráneo contra una piedra. Los ojos del niño giraron hacia atrás y cerró los párpados. Con infinito cuidado, pasó ambos brazos debajo del cuerpo. Lo depositó en la orilla y lo llamó suavemente, co-mo cada mañana. Tocó la parte posterior de la cabeza. No había sangre pero lo que debería haber sido sólido hueso no tenía consistencia. Supo que Daniel no compartiría nunca más el café de los viajes ni volvería a leer el diario. Que en ese momento debería haberse pegado un tiro en la boca. El dolor era imposible de entender. Cuando murió su mujer creyó que no podía haber pena mayor. Ahora se daba cuenta de que se había quedado irremediablemente solo. De que, lo único que le obligara a seguir viviendo, ya no estaba.

No había vuelto a dormir. Pasaba la noche viendo viejas películas y, en la mañana, ya no las recordaba. Ni siquiera había encontrado consuelo en la bebida. Terminó por descartarla. A veces, un poco de coñac con un café que no tenía gusto a nada. Extrañamente, su trabajo había mejorado de forma increíble por el automatismo con que hacía sus tareas. Después del entierro, y de los días de permiso de rigor, había vuelto a la oficina. Apenas respondía los saludos y jamás participaba de las conversaciones. Todos coincidían en que mejoraría con el paso de los días. Grave error. Por las no-ches, llegaba a casa, bebía algo y apoyaba en el sofá, al alcance de la mano, su pistola.

Recordaba cuando la compró. Había que tener documentación especial para la tenencia de un arma de guerra. Se retiraba desalentado del comercio, cuando una persona que estaba allí esperando que le envolvieran dos cajas de cartuchos para escopeta, lo abordó a la salida y ofreció venderle una pistola como la que había examinado. "Floja de papeles pero limpia”, según aclaró. El precio era conveniente y agregaría cien tiros. No haría falta tanto. Quedaron en verse al día siguiente en el Mercado Central y allí compartieron pizza y cerveza, como viejos amigos. El desconocido se llevó cuatrocientos dólares y él una caja que podría haber contenido un ladrillo. Llegó a su casa convencido de que había sido estafado. Se asombró cuando vio el arma, reluciente, con sus enseres de limpieza, cargadores y la munición prometida. Era la primera vez que tocaba un arma de fuego.

Esa noche, Bogart peleó con Broderick Crawford, disputándose las riquezas de la Sierra Madre. Por fin, un duro capaz de enfrentarse a Bogey.

Al comenzar el mes fue transferido a la casa matriz, con un sustancial aumento de sueldo y una compensación por la molestia de viajar diariamente casi cien kilómetros. En realidad, la sucur-sal local le había quedado chica y en Mendoza podría aprovecharse mejor su habilidad. Pronto se comprobó que era cierto su rendimiento y los intentos de sus nuevos compañeros por establecer siquiera una relación de trabajo, se estrellaron contra los fríos, corteses monosílabos con que res-pondía a cualquier pregunta personal. Ya se le pasará, decían. Pero no se le pasaba.

Así, día tras día. De lunes a viernes, de 9 a 17 y los sábados hasta las 14. Las noches en vela, viendo los clásicos de su adolescencia, renovados por su falta de interés en recordarlos. El arma al alcance de la mano. La bala en la recámara. El seguro quitado.

Un sábado, minutos después de las 8, vio al pequeño haciendo dedo en la ruta. Cientos de veces había ignorado esos pedidos. Algo lo hizo detenerse, unos metros adelante. Mientras el niño corría, estuvo tentado de seguir su camino. Se contuvo. El chico le dio las gracias con solemnidad. El rostro franco y pálido. Las ropas usadas pero limpias. Había subido a la altura de Rodeo del Medio y cuando estaban llegando a Tirasso le pidió que se detuviera. Renovó el agradecimiento y se alejó hacia el barrio Santa Ana.

Desde entonces, cada sábado se repetía la escena. Recién al cabo de un par de meses comen-zaron a cambiar algo más que un par de palabras. Supo entonces que se llamaba Danilo y que le decían Danny. El reflejo inmediato le hizo desviarse hacia la banquina. Nunca había podido llamar a su hijo con ese apodo pero ahora la parecía que sólo podría haber sido usado por aquél que ya no estaba. Miró con furia al pequeño que no se había dado cuenta del brusco cambio en el estado de ánimo del conductor. Cuando lo  dejó en el lugar habitual se dijo que nunca más lo traería.

Sam Spade estaba más cínico que nunca mientras ocultaba el Halcón Maltés y pensaba en la esposa de su socio. Bogart torció los labios de una forma que nadie podía imitar.

Ese sábado salió más temprano. Tal vez así evitaría tener que cargar a su pasajero. Pero, casi sin quererlo, bajó la velocidad. Al llegar al punto de encuentro vio la conocida silueta mientras lle-gaba al borde de la autopista. Las mismas palabras de agradecimiento. "Hoy vino un poco antes". Los ojos claros, como si hubiera llorado. Hacía frío afuera pero en la Eco Sport estaba caliente y seco. Hablaron poco. Cuando bajó, no estuvo seguro si el estremecimiento que le recorrió la colum-na vertebral era por el frío que se coló por la puerta abierta.

El fin de semana abrió todas las ventanas de la casa. La suave brisa se llevó el olor dulzón de las plantas marchitas. Sólo algunas habían aguantado la falta de cuidado. Sacó los restos y removió la tierra. En primavera algunas semillas germinarían. Plantaría nuevas. A su esposa le hubiera gustado y Daniel siempre colaboró con entusiasmo a la hora de regarlas. Le pareció escuchar el eco de las risas frecuentes cuando ambos estaban juntos y se divertían combinando colores en los macetones. Se acercó al equipo de música. Vivaldi derramó su barroco cromatismo sobre la sala.

Esa noche, el televisor permaneció apagado. El olor inconfundible de los chorizos, hechos en el grill del microondas y el pan árabe tibio, uno de los platos preferidos de la familia, se percibía en la cocina. Después, durmió ocho horas corridas y despertó cuando escuchó la bocina de un vendedor de diarios. Bajó a toda prisa y compró las gruesas ediciones que cubrieron buena parte de la mesa donde desayunó con un apetito increíble. Las noticias lo golpeaban con fuerza. Había estado ausente demasiado tiempo.

El sábado no llegaba nunca. Finalmente, divisó la flaca figura, apoyada en el guardarrail. Hablaron, al fin. En apenas diez minutos conoció más de la vida del pasajero que en los dos últimos meses. Sus padres estaban separados. Ella, enfermera, hacía guardia de fin de semana en el hospital Notti. El padre, penitenciario, prestaba servicio, de lunes a viernes, en la colonia penal de Gustavo André, a la que fue trasladado después del motín vendimial, donde lo tomaron de rehén. Dos días de rezos y promesas a la Virgen, hasta que fue liberado.

Ahora, Danny se quedaba con él los fines de semana y el lunes volvía a su casa para asistir a la escuela. Así había sido desde la separación. A ella le quedó la casa de barrio, cancelada con el monto de la indemnización que cobrara al cerrar un sanatorio donde trabajaba. Por suerte, apenas 15 días después había ingresado al Notti y, si bien el sueldo no era elevado, la regularidad de los ingresos les permitía vivir decorosamente. A veces, sólo a veces, el padre traía dinero, algún juguete, los útiles escolares. Cada vez con menos frecuencia. Se había quedado en la casa de sus padres y, desde que los viejos murieron, el edificio de adobe se había ido deteriorando sin que hiciera nada para evitarlo. Cuando Danilo llegaba, cada sábado en la mañana después de que su madre tomara el expreso que la dejaba en las inmediaciones del Shopping, el carcelero aún dormía. El chico sacaba papel y lápiz y se entretenía dibujando sobre la mesa de la cocina o escuchando radio con el volu-men muy bajo para no despertarlo. No era el paraíso pero se soportaba. Hasta ahora. En un arranque, confesó que ya no quería quedarse con su padre. Vanos fueron los esfuerzos para arrancarle un motivo. El chico se cerró en un mutismo absoluto y, cuando insistió, se dio cuenta que estaba a punto de destruir el vínculo establecido entre ambos. Recién entonces aceptó que, en realidad, era él quien necesitaba al niño. Otro puñetazo entre los ojos. Vio cientos de estrellas y en el resplandor de cada una le pareció encontrar el mudo reproche de su propio hijo, herido por esta traición. Pero esa noche, Daniel le sonrió cálidamente. El insomnio volvió a alejarse. En la mañana se atrevió a abrir el placard del dormitorio infantil. Nada había tocado. Encontró la gruesa campera impermeable con el interior de cordero. Pasó un cepillo por las hombreras y acomodó el capuchón. Palpó algo en uno de los bolsillos interiores. Un paquete de pastillas y entradas de cine. Habían ido ver la primera película de Harry Potter, en su idioma original con subtítulos, lo que originó frecuentes consultas y un gasto adicional: tuvo que comprar el libro correspondiente. Ya no pudieron ver las películas que siguieron. Guardó las entradas pero dejó las pastillas. Trató de imaginar a la madre de Danilo pero no tenía referencias. El padre era otra cosa. Prepotente. Amigo de soltar cachetadas a la primera insinuación de rebeldía, por parte de cualquiera de los dos. Peor ahora, cuando su cuerpo no res-pondía a las caricias de su esposa. Las vejaciones que padeció, cuando fue tomado como rehén en aquellas cuarenta y ocho interminables horas, estaban ocultas detrás del pacto de silencio que juraron sostener los involucrados. No tenía coraje para matarse ni entereza para buscar ayuda profesional, a pesar de que varios de sus camaradas estaban en tratamiento. Hasta entonces, cuando su precario equilibrio mental se rompió.

Ese sábado, con la excusa de que hacía demasiado frío, obligó a Danny a acostarse a su lado en la cama que fuera de sus abuelos. Las mantas sofocaban pero no abrigaban lo suficiente. Inconscientemente acercó su cuerpo al de su padre. Despertó con una sensación extraña. Su padre dormía, con una respiración extremadamente regular. Volvió a dormirse. Al amanecer se dio cuenta de que sus calzoncillos y el pantalón del pijama estaban arrollados debajo de las rodillas. Avergonzado, los subió tratando de no moverse mucho. Estaban húmedos. Por suerte no había mojado la cama. Estaba seguro de que le pegaría si se daba cuenta de que se había orinado encima. Se cambió con la mu-da que llevaba en su mochila y el lunes, mientras esperaba que su madre volviera del trabajo, lo metió en el lavarropas automático. Suspiró aliviado. Nadie se enteró.

Todo andaba bien. Bogart se enamoraba de Audrey Hepburn y sus sarcasmos volaron con la llegada de la corbata pajarito (¿Dónde te fuiste, Rick?).

El sábado siguiente le regaló la campera. Los ojos infantiles brillaban. Casi se diría que esperaba un diluvio para estrenarla. Pero el sol mendocino brillaba con fuerza en la fría mañana inver-nal. Paciencia. Ya vendrán días mejores.

Una semana más tarde, Danny no estaba en su parada habitual. Detuvo la marcha, conectó las balizas y se dispuso a esperar. El chico no apareció. Con verdadera angustia se dio cuenta de que no sabía dónde vivía. Ni su apellido. Cuando ya era evidente que no vendría se alejó echando frecuentes vistazos por el retrovisor, hasta que la amplia curva de la autopista le impidió ver el lugar. Pasó una semana de mierda. No hizo nada de lo que tenía programado y el sueño volvió a ponerse esquivo. Pero el viernes siguiente se sorprendió al ver al niño esperándolo en el punto de costumbre. Había estado llorando. Por primera vez antes de ajustarse el cinturón de seguridad se inclinó y le dio un beso en la mejilla. La cara del pequeño estaba helada.

Le contó, con frases cortas, que no había querido quedarse con su padre el fin de semana anterior. Convenció a su madre pero el penitenciario, de uniforme y con la pistola al cinto, se presentó en la tarde del sábado, amenazando a la mujer por no haberle "permitido" la visita. En vano trató de explicarle que Danny no había tenido ganas de ir. Finalmente, después de un par de empujones, acordaron que iría el viernes. En ningún momento explicó las razones de su negativa a verse con su padre y no insistió cuando vio que lloraría.

Apenas unos kilómetros adelante comenzó a lloviznar, fina pero pertinazmente. Al llegar a Ti-rasso, se desvió por la salida de la derecha y cuando el chico se dio cuenta le dijo que no hacía falta. Quería probar su campera. Pero se mantuvo firme y lo llevó hasta la casa, a unas cuadras. La vieja casona había aguantado bien el paso del tiempo pero estaba pidiendo a gritos una mano de pintura, alguien que se encargara de sacar las malezas y darle una buena recortada a las cepas del parralito. Su mujer hubiera hecho maravillas con esa construcción. El dolor no alcanzó a anidar en su pecho. Se sintió contento como si la viera arreglando las ventanas o de rodillas en el jardín. Danny, de pie bajo la lluvia le estaba mirando con la chaqueta completamente mojada. El rostro a pesar de la ca-pucha, también mostraba rastros de humedad. Antes de ir a trabajar pasó por una librería y compró todos los libros de Harry Potter (¿¡ya eran cuatro!?) y un par de compactos de Sabina. El reproduc-tor de la camioneta lo llevó a dar un paseo entre Dieguitos y Mafaldas. Se divirtió cuando se dio cuenta de que venía canturreando y desafinando. El sábado llamó al trabajo y avisó que no iría esa mañana. No le pusieron inconvenientes. A decir verdad, ni siquiera preguntaron las razones del faltazo. Mejor. Ni siquiera él lo sabía.

Para mediodía había adaptado una pequeña biblioteca para dar cabida a los gruesos tomos de la saga del aprendiz de brujo, limpiando con cuidado la madera y lustrándola con una crema especial que nadie había tocado desde que murió su mujer. Listo. El sábado lo entregaría.

El lunes comenzó a llover. Molestó apenas durante el día y en la noche era un diluvio declarado. El martes, cuando se acercaba al lugar donde siempre subía Danny, advirtió que una mujer, con un impermeable transparente le hacía señas con vehemencia. Iba a seguir su camino cuando al ver el rostro femenino creyó reconocerla. Frenó más bruscamente de lo aconsejado y la camioneta se inclinó, desplazándose hacia la banquina. La mujer llegó corriendo. Muy parecida al hijo. Era bonita, algo delgada y estaba demasiado pálida. Con voz tensa le dijo que el pequeño no había vuelto el domingo en la noche, para ir al colegio al día siguiente. Tampoco llegó el lunes. Recordó lo que le contara del hombre que lo llevaba todas las semanas y se acercó a pedirle ayuda. Estaba angustiada. Él no alcanzaba a entender su estado de ánimo. ¿No estaba con su padre?

Bogart hizo una mueca y sacó lentamente el niquelado revólver. El saco cruzado disimulaba la funda sobaquera. Revisó la carga y enderezó el largo cañón...

En pocos minutos llegaron al Santa Ana. El estado de las calles le hizo disminuir la velocidad hasta que se desplazó casi a paso de hombre. Antes de llegar a la casona, detuvo la marcha. Le re-comendó a la mujer que no bajara y se acercó a la entrada. Trató de llegar a la ventana lateral, ca-minando sobre una hilera de ladrillos y cayó en el barro. Cuando se incorporó, su pulso aceleró. El penitenciario, con el pantalón caído alrededor de los tobillos estaba sujetando la cabeza de su hijo, arrodillado frente a él. Le daba la espalda, pero no quedaban dudas de lo que estaba pasando

Apretó con fuerza los labios y disparó dos veces, justo en el centro del pecho.

Empujó la ventana con todas sus fuerzas y, antes de que el hombre tuviera tiempo de reaccionar, saltó adentro. Giró a medias el torso, mientras alejaba a su hijo de un empellón, cuando recibió un puñetazo brutal en el medio del estómago. Cayó de rodillas, tratando de llevar aire a sus pulmones, mientras los ojos parecían salir de sus órbitas. Después, se desplomó.

Tomó la campera del pequeño, lo envolvió y lo llevó a la madre. Cuando volvió a la pieza, nada había cambiado. Arrancó el cable que corría sobre aisladores de porcelana en la pared de adobe y lo pasó por uno de los gruesos tirantes de álamo que sostenían el techo. Con una mano levantó el cuerpo inerte y deslizó un lazo corredizo por su cuello. Lo alzó todo lo que pudo y trabó el otro extremo en el anillo de hierro que sostenía una gruesa tranca detrás de la puerta. Lo dejó caer, viendo como el cable se cerraba en el cuello hasta hacerlo sangrar. Seguía respirando, con dificultad. Ajustó el nudo y apoyó todo su peso, colgándose de los hombros del cuerpo semidesnudo. Un estertor y el silencio. Se asombró de que apenas hubieran pasado cinco minutos desde que volvió. Miró alrededor, no vio nada que le llamara la atención. Seguramente, cuando se investigara a fondo, descubrirían demasiados rastros de su intervención pero por el momento bastaría.

Volvió al vehículo y se dio cuenta, por el llanto de la mujer, que Danny le había contado lo que pasó. Fueron en silencio hasta el barrio donde vivían, en Rodeo del Medio. Habló brevemente con ella, anotó algo en cualquier papel y volvió directamente a San Martín. Tenía mucho por hacer. Llamó a una escribana amiga y le dio los datos para que transfiriera la propiedad de su casa. Des-pués retiró sus ahorros.

Pasó por la escribanía y recibió la documentación. Cargó en una valija algo de ropa. Puso casi todo el dinero en un bolso, la escritura y un papel con instrucciones. La biblioteca con los libros quedó junto a la cama de su hijo. En media hora estaba de nuevo en Rodeo del Medio. Ubicó la casa. Abrió la mujer. Dijo que Danny estaba bien y dormía. Le entregó el bolso, pidiéndole que siguiera al pie de la letra las recomendaciones que contenía. Y se fue.

Manejó hasta llegar al hotel, cerca de las cataratas del Iguazú. Era el lugar que habían elegido –años atrás- para las próximas vacaciones, las que no pudieron ser. Pidió una suite, abrió las ventanas que daban al salto y dejó entrar a raudales la luz y los aromas. Contempló, con lágrimas en los ojos, la puesta del sol. Después se disparó un tiro en la boca. Dos pájaros de plumaje delicado levantaron vuelo al oír el estampido. Cuando cruzaron frente al arco iris permanente, ya eran tres.

Bogey cerró los ojos. La mancha de sangre se extendía por la pechera de la blanca camisa. Esta vez, la sonrisa no tenía rastros de cinismo.

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3 de Diciembre de 2016|14:34
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3 de Diciembre de 2016|14:34
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  1. Es terrible, pero me atrapó. Mantiene la tensión hasta el final, que por momentos es previsible. Me gustó
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