El exilio (1975-1984)

Un sutil texto de Juan Martini acerca de los "trabajos" del exilio. Literatura, extrañamiento y política desde la mirada de un gran escritor argentino.

I

* Yo había dejado una vida hecha. Tenía una librería en Rosario, un departamento no muy chico que miraba al Paraná y a las islas, y terminaba de escribir “El cerco”, quizás la novela más importante de mi juventud. Hubo que empezar de nuevo. Eso estuvo bien. Descubrir a la fuerza que el pequeño burgués progresista que se me había dibujado encima podía poner de nuevo manos a la obra.

* Los primeros trabajos fueron informes de lectura. Una carta de Juan José Saer me llevó a Jordi Estrada, su editor en la editorial Planeta donde ya había publicado El limonero real. Jordi, un tipo impecable, me puso a leer primero novelas que aspiraban al concurso más famoso de la lengua castellana. Más leías, más leías. Y en consecuencia más cobrabas. Lo hice a conciencia. Tanto que recomendé de más un libro y me llamaron para que le explicara al jurado de qué se trataba porque había llegado a finalista. El mismo Jordi Estrada me ofreció después escribir artículos para esas enciclopedias que se vendían por fascículos en kioscos. Me tocó Borges. Todo Borges. La biografía y entrada para todas las obras. Eso me llevo a leer y releer todo Borges. Descubrí en aquel momento, sobre todo, la poesía de Borges. Se diga lo que se diga fue un poeta iluminado.

* Así pasó un tiempito, tiempo de vacas muy flacas. Me lavaba las camisas y me las ponía sin planchar, comía salchichas y ravioles en lata, viajaba en subte y autobuses o caminaba, organizaba los trayectos de todos los días de manera que rentabilizaran las entregas de trabajo con los cobros. Hasta que una carta de Franco Basaglia me acercó a Beatriz de Moura y a la editorial Tusquets y Alberto Cousté (del Círculo de Lectores) me recomendó a Ricardo Rodrigo en Bruguera. Beatriz de Moura me encargó la traducción del italiano de una antología de textos y autores líderes en antipsiquiatría (la antipsiquiatría fue una tendencia que dominó la década de los años ’70 contra la metodología intrusiva y, poniendo en cuestión el concepto de salud mental, propuso hospitales de puertas abiertas y el reingreso de los enfermos a la sociedad; fue liderada por David Cooper, R.D. Laing y Franco Basaglia entre otros). Y Ricardo Rodrigo, después de una multitud de labores menores, me pidió que le presentara el proyecto de una colección de novelas policiales: así nació la Serie Novela Negra que dirigí casi hasta el fin de mi estadía en Barcelona.

* Mi mujer llegó en abril de 1976 y vivimos juntos dos años más: el exilio (y en este caso por razones bien diferentes) suele ser una prueba decisiva para las parejas y las convivencias. De modo que aquel verano europeo del ’78 nos separamos y pasé el mes de junio prendido del mundial de fútbol. Habíamos discutido mucho, los argentinos, si estábamos a favor o en contra de ese campeonato monitoreado por la dictadura y de que Argentina saliera campeón o no. Yo estuve en contra hasta que la selección apareció el 14 de junio en la cancha de Rosario Central y le ganamos a Polonia 2 a 0 con goles del Marito Kempes. ¿Para qué negarlo? Mi corazón canalla selló el conflicto y de ahí en más quise la coronación. Pero fue duro ver a los tres comandantes asesinos levantando los pulgares en la cancha de River como decrépitos emperadores.

* Más adelante compartí mis trabajos editoriales free lance con la publicidad: inventamos con un par de amigos una agencia de redactores y vendíamos o tratábamos de vender creatividad. No nos fue bien. Y por suerte hacia el final de esa agencia Rodrigo me ofreció entrar en Bruguera. Nada como un trabajo fijo, legal, en regla para cambiarte la vida en el exilio. Pasé a contar con la Seguridad Social, cobraba cuatro aguinaldos por año y una paga más en concepto de participación en los beneficios, y tenía vacaciones. A veces por mi casa aparecía la Tina, siempre vestida de negro, siempre en tránsito entre Portugal y Suiza, por ejemplo, donde vivía ocupando viviendas y enganchada con yonkies o con muchachos perdidos en sus propias redes. A veces se quedaba dos o tres días, me hablaba por supuesto del Negro Fontanarrosa —del que seguía enamorada y al que le había ofrecido irse a vivir a Rosario—, salíamos a tomar carajillos de cualquier cosa, desde cognac y whisky hasta aguardiente, y un día se iba. Me pedía un poco de plata para comprarle heroína a su chico, me acariciaba el pelo, me besaba en los labios y desaparecía.
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7 de Diciembre de 2016|17:21
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