Cuentos de verano: dos breves de Rubén Valle

Periodista y escritor. Ha publicado los libros de poemas "Museo Flúo" (1996), "Los peligros del agua bendita" (1998), "Jirafas sostienen el cielo" (2003), "Placebos" (2004) y "Tupé" (2010). Como narrador participó en las antologías "Mitos y leyendas cuyanos" y "Ellos, los otros y nosotros".

Milesky

Le dije mil veces que no me llamo así, pero él insiste en llamarme Milesky. No sé de dónde lo sacó, mi apellido es Palma, por lo que es fonéticamente imposible confundir Palma con Milesky. Sin embargo, no hay vez que no me llame, y para colmo a los gritos, con un “Milesky, venga para acá”, “Milesky vaya hasta el banco”, “Milesky, ¿me compró cigarrillos?”. Milesky, Milesky, ya me tiene harto con Milesky. ¿Pueden creer que hace dos días me estoy por dormir y escucho detrás de la ventana el mismo Milesky de cada mañana pero multiplicado por cien? Mi mujer y yo nos sobresaltamos. Abrí la ventana y ahí estaba el tipo, algo borracho, la corbata floja y llorando como un niño. Si ya estaba sorprendido, ni hablar cuando me dijo con tono y aliento alcoholizados: “Palma, querido Palma, perdóneme”. Antes de que pudiera contestarle, me interrumpió con su exitado monólogo. “Yo sé que usted no tiene la más puta idea de quién es Milesky y no tiene importancia que lo sepa. Lo único que le puedo decir es que lo amé mucho y que acaba de morir en Perú, donde se fue a trabajar a una minera cuando terminamos. Usted tiene una mirada que siempre me recordó mucho a él”. Me dio un fuerte y largo abrazo y se fue caminando por el medio de la calle. Yo me quedé mudo. No todos los días tu jefe te abre el corazón como si fuera un amigo de toda la vida. Al otro día presenté la renuncia, no podía mirarlo a la cara sin recordar lo que me había contado. Una vez llenados todos los papeles que me desligaban de la empresa tras quince años sin faltar un solo día, la secretaria me dice muy formal: “Por favor, firme aquí señor Milesky”. ¿Qué le iba a decir? Firmé y me fui feliz y aliviado, pensando que después de todo me hubiera gustado conocer a ese tal Milesky.


Deformación profesional

Será por deformación profesional, pero los peluqueros siempre miramos a los ojos. Supongo que es para poder incorporar sutilmente en nuestro campo visual las características del pelo de quien tenemos enfrente. Aunque nunca es eso solo. Cada cabeza que vemos es un potencial cliente al que deberíamos saber complacer. El color, el corte, el peinado, se nos representan como ingredientes de una comida que deberá llevar indefectiblemente nuestro toque para que luzca tanto mejor que lo que estamos viendo. Todo esto transcurre mientras se charla de bueyes perdidos, tiempo loco o de que a este país hay que hacerlo de nuevo.

Más de una vez he pensado en llevar encima una tijera y aprovechar mientras se distraen para cortarles este mechón que les sobra o ese flequillo desparejo. Hay veces, incluso, que veo pelados a los que me los imagino con tal o cual corte y digo “con pelo serían otras personas”; no digo mejores, pero sí diferentes. Muuuy diferentes.

También por una necesidad que nos impone el oficio frecuentemente debemos estar de buen humor y manejar, es una forma de decir, un repertorio de temas livianos que den pie a la respuesta rápida. Es clave contar con un catálogo de chistes bien estudiados; nunca demasiado complejos, para que se puedan compartir con una clientela que ya sabe se caracteriza por su diversidad. A mí mucho no me convence esa estrategia, pero no me quejo porque es parte intrínseca de este trabajo. Como soy muy vago para esos menesteres, recurro a un amigo para que se encargue de bajarme algunos chistes de Internet y así evitar contar los mismos durante meses, por más que la cara en el espejo vaya cambiando constantemente. Y para no olvidarlos y arruinar el remate, antes de contarlos por primera vez los practico todo lo que puedo; me ha pasado eso de contar el 90 por ciento del cuento y olvidarme el final. Un fiasco total al que una mecánica risa de compromiso logra amortiguar a medias. Lo reconozco, es peor, mucho peor que quedarse callado.

Lo fundamental, y de eso estoy totalmente convencido, es dar un buen servicio: una sonrisa de bienvenida, revistas nuevas (no como en el consultorio de mi  dentista), un cafecito, que el local huela bien, y, antes que nada, ofrecer el mejor corte o peinado posibles. En mi caso, creo modestamente que el haber estudiado diseño me dio herramientas como hacer algo distinto, más elaborado. No sé si será por eso, pero no hay día que mi local no esté lleno. Todo esto lo estoy pensando o creo que lo estoy pensando mientras escucho una voz lejana que me pregunta “¿sabe dónde está?”. Antes de que alcance a contestar, la ambulancia arranca a toda velocidad y con la sirena a full. La enfermera es rubia, de pelo largo (y algo maltratado), con un corte que, entre nosotros, la hace más grande de lo que debe ser en realidad.

Opiniones (2)
11 de Diciembre de 2016|03:59
3
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11 de Diciembre de 2016|03:59
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  1. Geniales. Al primero lo conocía. El del peluquero: impecable.
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  2. me gustaron los dos.. el segundo un poco màs por ese final inesperado...
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