Cuentos de verano: Gonzalo Ruiz, misterio bajo los palos

Periodista deportivo de MDZ Online, sus cuentos deambulan por varios sitios web y diarios. Junto a los periodistas Mauricio Ana y Juan Martín Alonso, estuvo a cargo de la publicación de una colección de cuentos deportivos en las contratapas de los miércoles de diario El Sol.

Ojos ciegos bien abiertos, por Gonzalo Ruiz

– Sí, pibe, créame. Era ciego, no veía, ciego de nacimiento. Una cosa nunca antes vista en el pueblo… Qué digo pueblo, nunca visto en el mundo. Ciego, ciego, era el gran Dalmasio Leónidas Pasquinelli. Pero vio, pibe… Eran otras épocas. Por eso, supongo que sólo atajó en El Progreso, no le dio para salir de acá. No había esas cosas de la tecnología, la televisión, vio. Pasquinelli atajó cinco años en El Progreso y desapareció, literalmente. Nunca más se lo vio por ningún lado. Eso me contó mi abuelo. Habrá sido por los años veinte, por ahí. Yo no tuve la suerte de verlo, pero vio, pibe… El boca a boca, todos saben algo de Pasquinelli, aunque le aseguro que hace tiempo que no hay nadie vivo que lo haya visto atajar. Una maravilla, el único arquero ciego del mundo.

Nunca pude publicar la nota sobre Dalmasio Leónidas Pasquinelli porque no di con un solo dato comprobable, verificable. Nada de nada. Sólo encontré viejos que me hablaron de recuerdos de sus abuelos. De un tal ciego que atajó en los años veinte para un humilde club de un pueblo patagónico que se caía del mapa, al sureste de Santa Cruz. No hallé un recorte de un diario, una planilla en la Liga santacruceña de fútbol, nada. Fue como buscar un fantasma.

Mi jefe me dijo que esa nota era una payasada, que estaba basada sólo en vagos recuerdos de viejos borrachos, que, para eso, me inventara el personaje que quisiera, que daba lo mismo. Algo de razón tenía. Por algo me colgó la nota y me dijo que me dejara de joder con historias imposibles, que vaya más a lo concreto, lo comprobable, lo que uno ve día a día, que tenga los ojos bien abiertos, me dijo.

Yo había escuchado por primera vez la historia de Pasquinelli en un viaje que hice al sur. En un bar perdido en Esquel, un viejo ginebrero me la contó con tantos detalles que me cautivó. Viajé hasta Santa Cruz para buscar esa historia que para mí era maravillosa. Quería reconstruir el relato de un ciego que atajaba. Un tipo que tenía tan desarrollado el sentido auditivo que se tiraba a la derecha porque sabía que la pelota iba a la derecha.

Hablé con mucha gente. Nadie lo había visto atajar pero todos sabían de la historia de Pasquinelli, o del mito o de la leyenda, vaya uno a saber. Me contaron de un día en el que atajó un penal, de cómo cortaba los centros, de que tenía un perro lazarillo que se llamaba Mefistófeles, pero que sólo respondía al nombre de Mefi, menos mal.

Pasquinelli vivía solo, en una piecita que quedaba al fondo del club El Progreso. Un tipo que cuidaba la cancha le hacía de comer todos los días. Después, para todo lo demás, se las arreglaba solo. Había llegado de Lobos, provincia de Buenos Aires, se presentó en el club y dijo que era arquero, todos se le cagaron de risa, pero insistió hasta que aceptaron y le patearon un par de pelotas como para cumplir. Fue ahí cuando Pasquinelli los sorprendió por primera vez, porque atajaba casi con los mismos reflejos que cualquier arquero vidente.

Fui al Progreso y, cuando pronuncié su apellido, hasta los más pibes me hablaron maravillas de él. Eso sí, no había ningún registro. Sólo escuché historias de abuelos que habían pasado a los hijos y luego a sus hijos y luego a sus hijos y así. A veces sospechaba que, mientras más tiempo pasara, Pasquinelli se convertiría en mejor arquero. Algo así como la palomita de Aldo Pedro Poy. El Negro Fontanarrosa aseguraba que no había manera de que toda la gente que decía haber visto en directo esa palomita pudiera entrar en la cancha de River, que cada año el vuelo de Poy duraba más.

Estuve una semana reconstruyendo el paso de Pasquinelli por El Progreso. Logré armar una historia interesante, pero no había manera de comprobar ni siquiera si Pasquinelli se llamaba Pasquinelli. Fue una de esas notas que nunca salen, quedan a la eterna espera de ser publicadas. Con el tiempo me olvidé de Pasquinelli y me dediqué a buscar historias más convencionales, más clásicas, menos interesantes.

Habrán pasado diez años hasta que una tarde, mientras cubría un partido de Luján de Cuyo con Cipolletti de Río Negro por el Argentino A, leí que en el banco de suplentes de Cipo había un tal Pasquinelli. Darío Leonardo Pasquinelli.

Cuando terminó el partido lo fui a buscar al vestuario. Me presenté, le conté la historia de Dalmasio Leónidas y le pregunté si tenía algún parentesco, si sabía algo.

– No sé nada, nada… Perdón, tengo que subir al colectivo.
– ¿Nada de nada? ¿Nunca un tío o alguien de tu familia te contó algo?
– No, no… no te puedo decir, chau flaco.
– ¿Cómo que no me podés decir? Entonces, sabés algo.
– Bueno, sí, pero no tiene importancia, dejá.
– Por favor, dame un número donde pueda llamarte, algo, no me dejés con esa intriga.
– Bueno, anotá.

Logré hablar con Darío Pasquinelli después de llamarlo durante dos semanas. No me contó nada importante, me dijo que por teléfono era muy comprometedor hablar, que si quería saber algo, que viajara a Cipolletti y hablábamos tranquilos. Apenas pude, partí al sur en busca de una historia que había resurgido después de tanto tiempo.

Darío tenía 20 años, había nacido en Cipolletti y toda la vida jugó en Cipo. Estaba alternando en el banco de primera y jugaba, por lo general, en la tercera. Vivía con una tía, que lo había criado, porque sus padres habían fallecido en un accidente poco claro. “Cosas de los setenta, la Jota Pé, épocas bravas”, se limitó a decirme.

Me contó que Dalmasio Leónidas era su bisabuelo, que después de pasar por El Progreso, Dalmasio se fue a vivir a Cipolletti, no sabía por qué ni sabía bien qué hizo. Eso sí, jamás había vuelto a jugar al fútbol. Nunca más pudo atajar, por un problema en las manos.

En Cipolletti, según el relato de Darío, su bisabuelo conoció a Edelmira, su bisabuela, una prostituta de renombre en la zona. Se fueron a vivir juntos y tuvieron tres hijos. Dalmasio murió a mediados de los cincuenta, en el olvido, pero feliz de haber formado una familia y convencido de que Perón era lo peor que le podía pasar a este país. Hasta ese momento no sabía nada de las inclinaciones políticas de Dalmasio, menos de su costado gorila.

Darío me mostró algunas pocas fotos muy viejas, mustias, en las que salía Dalmasio con lentes negros y boina. En una posaba contra un arco, con Mefi a un costado –supongo que era Mefi– y con una pelota al otro. Parecía un tipo feliz.

Me emocionaba, después de tantos años, haber dado con esta historia maravillosa. No podía creer que nunca antes hubiera salido a la luz. Era un notón, un golazo al ángulo, como decimos los periodistas deportivos tan poco originales.

En el medio de la charla, Darío de repente se puso muy serio, como si se hubiera acordado de algo que lo preocupaba demasiado. Cambió su cara amable por un gesto adusto, guardó las pocas fotos que había desparramado por la mesa y me miró firmemente a los ojos. Sentí cómo su mirada se clavaba en la mía.

– Tengo que decirte algo.
– Sí, contame. ¿Qué pasa?
– Vos no podés escribir nada sobre mi bisabuelo.
– ¿Por qué? Es una historia hermosa.
– Sí, sí, ya sé, pero no podés.
– ¿Por?
– Todavía no te muestro algo que es muy importante. Cuando lo veas, vas a entender todo.
– Dale, mostrame, porque ahora no entiendo nada de nada. Además, acordate que soy periodista, me va a matar la curiosidad.
– Vení, acompañame.

Darío me llevó al sótano de la casa. Un fuerte olor a humedad y a orina impregnaba el ambiente. Me hizo acordar a los baños de muchas canchas. Encendió un foquito pequeño, de luz casi naranja, que alumbraba poquísimo. Desde un rincón, corrió como pudo un baúl bastante grande y lo abrió ante mí.

Jamás creí que iba a ver lo que vi.

– ¿Ahora entendés? ¿Te cierra por qué mi bisabuelo era tan buen arquero sin poder ver, entendés por qué muchos años después le cortaron las manos a Perón? Es todo muy claro y todo está en este baúl, por eso te pido que no escribas nada, porque podrías cambiar la supuesta historia oficial, aunque, en realidad, dudo que te crean.

No pude hablar. Sólo atiné a salir de ese sótano, llegar al auto y volver a Mendoza. Nunca más logré olvidar lo que vi en ese baúl. Pero les puedo asegurar que la historia es mucho más sencilla de lo que piensan. Sólo hay que tener los ojos ciegos bien abiertos.
Opiniones (1)
8 de Diciembre de 2016|15:28
2
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8 de Diciembre de 2016|15:28
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  1. Me dejó en bolas...
    1
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