Cuentos de verano: Mercedes Fernández y su otro

Periodista, escritora, guionista y especialista en gestión cultural. Ha desarrollado su tarea en prácticamente todos los medios periodísticos de Mendoza. Una de sus novelas, "El jardín del infierno", fue llevada a la televisión en nuestro país dirigida por Teo Koffman.

El otro, por Mercedes Fernández

 Tengo que escribir un cuento que hable de la ficción y de la realidad. Que diga de alguna manera que la única forma de sobrevivir a este huracanado avance del progreso –que mientras más nos empuja hacia el futuro más nos arranca de nuestras raíces– es haciendo una raja en nuestro tiempo diario, en busca del de adentro, el uno mismo, ése al que no podrán robotizar.

Dice Borges que “si no hay un sueño anterior la escritura es imposible. Yo empiezo siempre por soñar, sigue diciendo el maestro, me son deparados el punto de partida y el fin, el principio y la meta, y luego tengo que decir qué sucede entre  dos. Pero lo importante es que el autor sea leal a sus sueños, que no piense que la literatura consta solo de palabras”.

 Y tengo el final: la imagen onírica de un águila llevándose pedazos del protagonista. Mi personaje librará una dura lucha por emerger de esa costra fantástica que intentaré crearle: podría ser un neurótico con sueños obsesivos. Tendrá imágenes repetitivas que se le presentarán por las noches y que es el inconsciente milenario que le envía mensajes, según él mismo dirá.

 Le haré narrar el mismo sueño una y otra vez. Y éste será un proceso doloroso que él experimentará física y psíquicamente. Esto debo plasmarlo de una forma clara, dura, rotunda.
 Hay una creencia, dice mi personaje, de que cada hombre tiene una madre águila. Una inconmensurable y negrísima águila con pico de hierro, que primero desgarra al individuo y después cuelga su alma de un árbol hasta que esa ánima madure.

 Le digo que yo no creo en el alma, que escribir algo así iría contra mis convicciones: espíritu y cuerpo son uno solo.

 Pero mi personaje es empecinado. Y prosigue con el mito universal que dice que los trozos desgarrados son entregados al espíritu para que los devore.

 Yo creo, ya entrando en franca discusión con él, que más bien ese águila negra podría ser la muerte y que un suicidio en un cuento corto siempre es impactante.

 Mi personaje se ríe. Este tipo de sueños se asemeja a la muerte, dice, pero son seguidos por un renacimiento. De él sale el chamán más lúcido, fortalecido, directamente comunicado con el mundo de los espíritus.

 Le digo que quiero un texto con un fantástico juego de palabras, donde él diga cosas que yo no puedo decir porque soy de carne y hueso. Para eso lo tengo a él, que es mi creación.

 Y él agrega que yo no puedo decir las cosas que siento porque no he soportado la pérdida del mito y no tengo palabras para explicar, por eso, el mundo de afuera. Ese palabrerío no tiene nada que ver con la sabiduría, enfatiza.

 Trato de retomar el hilo del cuento y pienso que el protagonista intentará explicar los contenidos de sus sueños en un lenguaje incomprensible, extraño, trastocado. Sus miedos, su historia personal le habrán alterado el mundo de la comunicación. No podrá manejarse con los códigos convencionales de la lengua. Cuando lo logre, se suicidará convencido de que el mensaje que recibe es el de su propia muerte.

 Mi personaje se resiste. El dice que el viaje misterioso hacia sus sueños no es una muerte necesaria sino voluntaria, como la del Ave Fénix. Dice también que los sueños nos traen recados de ese centro inconsciente que es el Sí Mismo, y que a ese ámbito sobrenatural que no tiene nombre, pero que solemos llamar Dios, se llega siempre de noche.

 Me niego. Esto es el colmo. ¿Quién habló de Dios? Esto es una fantasía. No me interesa cuestionar o no la existencia de Dios, pero tampoco quiero que mis personajes sean de esos fanáticos adoradores de dioses crueles y omnipotentes. 

 No le tema a la palabra Dios, me replica serenamente. (¿Por qué está sereno si yo quiero que sea un neurótico obsesivo?) Hay una fuerza superior que lo sostiene todo. Llámele Dios, vida, como quiera. Para mí –insiste, insiste– Dios está conmigo cuando duermo. Para transformarme, para convertirme, para hacerme morir y nacer de nuevo. Despertar cada vez más del sueño de la vida. Y paradójicamente, una de las maneras de despertar es soñar y soñar.
 Y su voz toma bríos. Y yo quiero contestarle, pero se sienta a mi máquina, pone el papel y comienza a escribir “Borges dice que si no hay un sueño anterior la literatura es imposible”. Y usted, me señala con un dedo acusador, dormirá y soñará con ese Dios suyo para quienes usted y personas como usted cuidan el equilibrio universal, moribundeando por las noches, sin capacidad para el amor o la solidaridad. Usted, soñará esto que yo voy a escribir.

 Me aterrorizo. Debo estar durmiendo. Un espejo incorrectamente azogado me refleja.

 Me siento en mi sillón de mimbre favorito, ése que necesito cuando estoy confundida. Escucho el inaudito teclear de mi máquina. La noche se avecina. Lo extraño de la noche ya llega.

 Por la ventana, que he abierto de par en par, entra una gigantesca águila negra que opaca el ocaso por un instante. Arroja sus garras hacia mí y con algunos de mis pedazos alcanzo a oír la máquina de escribir plasmando estas palabras en algún  papel.

¿Qué te pareció la nota?
No me gustó10/10
Opiniones (0)
5 de Diciembre de 2016|09:41
1
ERROR
5 de Diciembre de 2016|09:41
"Tu mensaje ha sido enviado correctamente"
    En Imágenes
    Una vida en imágenes: Fidel Castro, 1926-2016
    28 de Noviembre de 2016
    Una vida en imágenes: Fidel Castro, 1926-2016