Cuentos de verano: hoy, una historia de Lila Levinson

Coautora de los libros “Sin colorete” y “Suma de cuentos”. Sus textos han sido publicados también en diarios y revistas. En 2011 recibió el premio a la trayectoria en Locución Fabián Calle y la distinción otorgada por el Cuarto Encuentro Agrupaciones Sanmartinianas.

El techo de cristal, por Lila Levinson

Aquel día quedé paralizada en el medio del jardín que da a la calle. La mujer rubia abrió la puerta de rejas, entró y caminó hacia mí. Me di cuenta de que era ella. Preguntó por vos, Alfredo, como si nada.

Pensé: este momento debe ser guardado para siempre en mi mente.

Puse cara de tarada, con una sonrisa que era una mueca. Le dije que no estabas, que de parte de quien para decírtelo después. La maldita dijo que no había apuro, que te hablaría por teléfono. Claro, “viste luz en el rancho” y pasaste, como si ignorara que vos no estabas, Lo que buscaba era que yo sintiera celos feroces de su cara, de sus piernas, de ese cuerpo perfecto y pechos siliconados. Que ante su presencia en nuestra casa no me quedara más remedio que decirte que tu nueva amante nos había visitado. En realidad los dos sabíamos que sabíamos.

Tomé coraje y te dije que te fueras, que era una vergüenza para nuestros hijos y para mí esa situación. Quién sabe cuál es el propósito de todo. Tal vez, si ella no hubiese provocado la realidad, yo no hubiera roto el techo de cristal al que me sometiste con tu fraude machista. Y te fuiste.

Esa tarde caminando enceguecida por la calle y pensando una vez más en que no había sabido manejarte, en que tendría que haberte dicho que sólo en contadas ocasiones había gozado en la cama por tu relación egoísta,  que detestaba el olor a trago que traías de tus “noches de bohemia”, o el desorden en que te movías y que eternamente me hacía levantar lo que dejabas tirado, o limpiar las manchas del café derramado sobre la  hornalla de la cocina, o los escupos en la servilleta de papel por tu flema de fumador, o las gotas de orín en el piso del baño. Mi culpa fue que no te dije que esos programas de televisión que elegías me hacían morir de aburrimiento. Yo hubiera preferido un atardecer compartido entre besos y caricias, con un cielo azul oscuro.

Esa tarde, caminando, tropecé con una persona. Al pedirle disculpas, al mirarlo, grité su nombre: José Luis. No podía creerlo. Nunca más nos vimos desde que lo dejé plantada por vos Alfredo, por tus ojos negros, por tu seducción momentánea, por tu engaño envolvente y sabio. Lo dejé plantado con las invitaciones mandadas y el vestido de novia esperando en la casa de la modista sin que jamás fuese a buscarlo, semejando un solitario esqueleto.

Con el encuentro de esa tarde, volvió lo que había quedado enganchado en aquel traje de novia olvidado. El amor con él es que yo soy primero, ese es su placer. No  importan los veinte años errantes, aún queda mucho camino por andar. No es por maldad que te dejara esta carta en la clínica, recomendándole a la enfermera que te la diera en mano, no es por venganza de los horrorosos años que me diste, de las humillaciones, de los perfumes extraños, no es por el dinero que me dio mi padre y que dejaste en las mesas de juego, no es por la platería de mi madrina que una noche en que te esperaban dos usureros, entregaste, no es por el embargo de la casa, que una vez más mi padre salvó y dejó a nombre de los chicos. No es por el día en que dijiste que te habían robado el auto y en realidad lo dejaste en una mesa de póquer. Es para que mientras te recuperas del tiro que te dio la rubia en los genitales, mientras te ponen y sacan sondas, mientras tengas algún momento en que los dolores te dejen leer, te enteres de que hoy llamó mi abogado para comunicarme que vos y yo estamos divorciados y para siempre.

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11 de Diciembre de 2016|06:57
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