Cuentos de verano: Sonnia De Monte y una historia de mujeres

Actriz, dramaturga y novelista, entre otras actividades. Adaptó para la Comedia de la Municipalidad de Capital la obra "Los establos de su majestad", de Fernando Lorenzo y Alberto Rodríguez (h).

Verena, por Sonnia De Monte

La mujer –imposible descubrir si vieja o joven, solo madura de vida pobre–, pálida y desgreñada, se detiene ante la casa de ladrillo visto. De las ventanas abiertas con rejas sólidas,  sale un airecito de ventilador con aroma a bizcochuelo hacia la tarde detenida.

Mira con la habitual discreción alerta de quien deambula las calles; resbala los ojos por el pasillo bordeado de prímulas y petunias que lleva hasta la puerta de ingreso y también pasea cansina la misma mirada por el portón gigantesco de la cochera. Vuelve a las ventanas. Solo las cortinas,  mecidas apenas, van y vienen sobre una planta de ciboulette que ha semillado, presa en maceta.

Se sienta en la medianera que no le deja apoyar del todo el trasero, con la espalda fragmentada por los hierros negros de la verja. Así se está por un largo rato.

Hasta que las piernas le duelen, tensas por el esfuerzo de sostenerse en ángulo en el mezquino trocito de ladrillos.

Va bajando de a poco hacia el piso de baldosas negras, grandes de tan cuadradas y pulidas. Cuando la blusa y la remera que lleva encima del torso flaco se amotinan a la altura del cuello, vuelve a aquietarse y a resbalar los ojos mientras resguarda, enredada entre los dedos, las orejas de una bolsa con algo, hallada por ahí.

Otra casa es la casa de enfrente, vanidosa, sin pecados de descascare en las paredes. La puerta no tiene ningún pasillo con flores para ingresar. Puerta al fin, cerrada.

Al lado una más, con distinto color. Y otra, vecina. 

Nada. 

Un furibundo golpeteo de tambores se oye por algún lado y alguien grita “¡Ensayá más tarde, nene, la gran puta!”.

Un par de golpes más, como eco de las ganas  y el silencio otra vez.

Nada más. 

Hasta el sonido mentiroso del olor a bizcochuelo se pierde de pronto. Como si se lo hubiera robado un gato.

Nada.

Se duerme.

Oye su nombre, a lo lejos, y hace un esfuerzo inmenso para contestar a través del sueño y del cansancio. 

– ¿Ah?... qué... (no sale ningún sonido de la boca. Ella, nomás, se ve
  diciendo: –¿Ah?.... qué...).

Otra vez el llamado.

Y su madre apareció de allá, saltó la acequia, dejó el atado de ramas secas de un lado, llamándola otra vez. 

Entonces estuvo arriba del árbol, buscándole algún nido al invierno; sintió que la blusa y la remera puestas eran poca cosa para julio, ese enero. Fue a la orillita del fuego de la esquina, donde las “chicas” se caldeaban un poco las manos y el frente ampuloso, antes de salir a ponerle  huecos fugaces y calientes a las esquinas.

“Viste el nombre de ésta”, dijo una. “Me gusta”, otra. “Cuando tenga una cría, cuando me salga del trabajo, le voy a poner ese nombre”. “De dónde lo sacaron, che. Es raro pero es lindo”. 

Y ella respondió nomás “No sé, le voy a preguntar a mi mamá”.

Volvió para atrás, más atrás, cuando la madre estaba saltando la acequia y la detuvo ahí mismo con la pregunta. El fuego, entonces, se instaló detrás de la madre, extendido a lo lejos, y subió una columna de chispas hasta la antena inestable del televisor sobre el techo de la casita.

Pero la madre estaba iluminada de frente por el fuego. Total en los sueños no importa la lógica, sino el sueño. Así que le vio los ojos negros y el pelo partido, como lana de muñecas y de allí le contestó, a caballo en el vacío del salto, hasta que se volvió atrás, agarró las ramas secas y por la calle llegó hasta la esquina. Estuvo arrojando una a una las ramas en el fuego con las “chicas”, mientras  rió con una boca roja y grande; después quedó callada pero todavía moviendo la boca, hasta que  la llamó otra vez: “Verena”.

“Como su abuela, dijo cuando le hacían la libreta de salud, porque le preguntaron de dónde sacó ese nombre de la niñita; ‘de una abuela huarpe, pues. Mi abuela, pues, que se murió”. El fuego en la cola para las cajas con mercadería de la municipalidad, el fuego en la indecorosa libreta; luego nada.

Nada más. 

Nada.

Despierta con el sonido de la puerta detrás suyo y su nombre que suena brillante, claro. 

–¡Verena! Dejá esa bolsa y entrá rápido, estuvo sentada ahí una mujer toda la tarde. Con una traza...  Tené cuidado. ¡¿Todavía está?!... Ojo, ¿eh?

Verena de jean, bonita, encantada con la tardenoche oscurecida de enero, quizá feliz, franquea el pasillo hasta llegar a la acera, cuando Verena adormilada, desgreñada, se está alzando del piso e intenta bajarse la blusa y la remera amotinadas en el cuello para mentirse almohada.

–Me... me llama a mí, le dice a la chica quizás feliz, de jean.

–No, por qué la voy a llamar a usted.

La señora se asoma a la puerta de la casa de ladrillo visto y dice algo así como “Si quiere pan o ropa, vuelva mañana o pasado, le busco algo. No se quede ahí tirada en la vereda, la van a denunciar, váyase”.

–Por qué se llama Verena, señora, su chica... Qué… qué nombre ese, ¿no? –se anima a decir.

–Este... ¿y por qué pregunta?... Bué, eh… por una abuela. Por su abuela alemana. Pero vaya, váyase, mujer, evítese un problema. Vere, hija, vamos, adentro, vení. 

Cierran. 

Y la puerta se traba con tanta llave. Allí donde la vida las presenta a las dos Verena, con una bolsa de basura en sus manos y el mismo nombre dislocado de orígenes cada una. 

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Opiniones (1)
4 de Diciembre de 2016|11:39
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4 de Diciembre de 2016|11:39
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  1. Hermoso el relato, Sonnia! Muchas gracias por ofrecerlo acá.
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