Cuentos de verano: Pablo Colombi y un relato de alta mar

Ha publicado "Los labios de mi africana" (1997), premio del Fondo Nacional de las Artes, "Todas las moscas del mundo (2005), ganador del Certamen Vendimia, y "Cuatro escenas de la Providencia" (2007), colección premiada en el certamen de cuento corto Ciudad de Mendoza.

Alta  mar,  o donde se anuda el amor, por Pablo Colombi

Para envidia de algunos teólogos vacilantes y para desazón, eso sí, de muchos ateos fervorosos, el joven Quim sabía de buena ley dónde reposaba su alma. Y ese privilegio de conocer el sitio le permitía, a diario, acariciarla con sus manos hasta levantarse ampollas.

Regresando a su Patria después de varios años de ausencia por razones de buena reputación, el joven Quim ocupaba los días a bordo del Calatrava buscando medir la eternidad del océano. Lo intentaba con mucho fruncimiento de ojos, bajo el sol de cubierta, tendido sobre su propia alma. O se diría mejor, acostado sobre el baúl que la encerraba y la protegía. Ese cubo de madera con cerrojo oxidado ya donde el pasajero tenía empacadas las pertenencias de su corta vida. Vale decir, la existencia completa del joven Quim.

 Tampoco era un enigma para él, de esos enigmas filosóficos que derrochan cascadas de tinta, que su corazón, el joven corazón de Quim, residía en un lugar exacto de ese barco a partir del momento puntual en que había zarpado el Calatrava de Cuba. Y para Quim ese santo lugar respondía al delicioso nombre de Felicitas.

 En cuanto a los miedos del joven pasajero y su baúl, estos volaban al ras del agua calculando la ventaja en millas que el barco le llevaba escasamente a una tormenta negra, rayada de refucilos, que los seguía desde fondo del horizonte. Nubarrones ventrudos que, con puñales de electricidad, trinchaban el mar y masticaban la ancha estela del Calatrava. El océano estaba por eso verde y muy  picado. Las olas llegaban altas, sacudían el barco lo mismo que pato sobre una laguna agitada y seguían viaje luego de ceder su rabia a otra montaña de agua no menos oscura y maciza. Era entonces cuando Quim, sentado sobre el valioso baúl, rezaba más que antes y aferraba con mucho dolor en las manos las sogas del equipaje.

 A veces la navegación se estabilizaba. La tormenta parecía quedar atrás. Felicitas con su tía paseaban de mañana sobre la cubierta para dejarse ver, la sobrina más que la tía, por el joven Quim allí trepado en la intemperie, sobre su equipaje.

 Luego, si por las tardes era posible en cubierta repetir diez pasos seguros sin verse apuradas las damas a encontrar de dónde tomarse aprisa, Felicitas y su parienta insistían en pasar cerca del joven y pálido Quim, devolviendo los saludos del pasajero encima del baúl.

Un atardecer inusualmente movedizo, Quim detuvo a las dos pasajeras cuando, muy arrepentidas de haber subido, circulaban tensas sobre la cubierta del Calatrava. Quim les impuso su brazo para caminar sin hacer ningún ridículo hasta el baúl de sus vigilancias. Suplicó a las damas sentarse un rato sobre la madera porque en esos minutos había una condecorada puesta de sol.

Felicitas apenas dominaba su alegría al fin de estar junto a Quim. La tía, por su lado, apenas sujetaba sus náuseas. Es que la tormenta pisaba la popa del atontado buque, y tres cuartas partes del cielo eran una caverna violeta y ventosa de la que el sol huía saltando al vacío por el rojo balcón del horizonte.

Quim se presentó a las damas como un artista en ciernes. Felicitas, en cambio, era huérfana desde niña. Su tía, una agonizante víctima de los mareos sumados en toda la navegación. No obstante las ráfagas que suprimían cada palabra en cuanto salían de sus bocas, Quim y Felicitas lograban conversar a gusto, mientras la tía y sus mejillas se blanqueaban con el columpio de la nave.

Comenzó a oscurecer sobre la cubierta del Calatrava.

Del mar, un mar invisible ya, había sólo testimonio en los flecos de agua que las olas arrojaban contra la cubierta. Arriba, en el cielo, muchas luces anunciaban truenos. Pero Felicitas nunca terminaba de contar la historia de su vida como niña criada sin sus padres. Aquello molía el corazón. Hablaba Felicitas y se quitaba lágrimas de los ojos. Bajaba sus pestañas y jugaba con sus dedos de muñeca entre las vueltas de la ruda soga que ataba el baúl de su nuevo amigo.

Entre tanto, Quim esperaba la ocasión de impresionar a Felicitas confesando lo que guardaba debajo de esa tapa de madera. Su tesoro más personal. Su alma. Diez años de su inspiración. Más de veinte piezas de teatro de su puño y letra que ahora viajaban con él hacia la Capital, a ensayar fortuna. Y entre esos atados de ficción, una carta vital encomiando al joven dramaturgo como una promesa ultramarina, para ser depositada en persona sobre la mesa de trabajo de don Ramón del Valle-Inclán. Imposible pedir más.

Era noche consumada, y ni siquiera eso podía verse. Felicitas y Quim se explicaban sin embargo con rudimentos de señas, simples gestos, mudos como un deseo, porque ningún grito de nadie alcanzaba para conversar entre ellos. Las manos de Felicitas, jugando infantilmente con los cordeles del baúl, comunicaban su ensoñación por el Caribe, sus temores a la enorme Capital, hablaban de una abuela que ella visitaría pronto en la calle de Balboa, pero que Felicitas nunca había abrazado antes de ese viaje.

A su turno, las manos de Quim, desbordantes de energía, de mímica, de huesos, narraban para Felicitas alguno de sus varios dramas en papel todavía. Se comportaba Quim como el autor que tiene frente a sí a la actriz principal y la atosiga con recomendaciones en la velada misma del estreno.

Junto a ellos, en cambio, la tía de Felicitas sentía morirse. El aburrimiento de la charla era nada si lo comparaba con su descompostura. Sus manos sobre la falda estaban heladas y un globo de vómito le subía a la curva de la garganta. Pero viendo los prólogos de un romance posible, la tía atajaba como podía las maniobras del desmayo sólo por amor a la sobrina, que estaba en su gloria junto a Quim.

A esas alturas de la contingencia, el viento rabioso, la lluvia a baldes, los truenos como bombas, la maroma del Calatrava eran un martirio contra la salud de cualquiera. Sin embargo, Quim, Felicitas, ninguno de ambos lo percibía así. Superada por el malestar, la tía se alzó en dos pies como pudo y fue transportada por los vaivenes de la nave hasta la baranda de estribor. Entendió la señora que era cosa de mucha urgencia vaciar su panza y conseguir a cambio un alivio pírrico. Tomada con uñas y todo a la baranda, la tía se inclinó hacia el mar y comenzó a despojarse a sus anchas.

A causa del percance de la tía, Felicitas sufrió un ramalazo de vergüenza que le creció desde el filo de las faldas hasta el moño del sombrero mojado. Agachó Felicitas como sabía agachar llena de gracia su cabeza y repitió aquello de jugar con la soga, disimulando los realismos de su parienta, que seguía doblada sobre el mar, a donde vertía hasta los recuerdos más arrinconados de su infancia.

Pero con tanta fuerza jugaba Felicitas, o más bien, tanta fuerza puso Felicitas en disimular el bochorno de la tía, que las ataduras del baúl perdieron rigidez. En poco menos que un relámpago del cielo, el áspero nudo que ofrecía seguridad se redujo a dos puntas sueltas, bigotudas, caídas flojamente a cada lado de la gran caja. Igual que un potrillo arisco, el baúl de Quim se sacudió del lomo a Felicitas y a su dueño y resbaló sobre la cubierta del barco repitiendo el camino de la tía, que regresaba de estribor tanteando bajo la lluvia.

Nadie a bordo del Calatrava estuvo en condiciones de escuchar el impacto, que debió ser brevísimo, como cuando el peón, enano y ciego, voltea la torre enemiga en el tablero de la vida. Pieza contra pieza en un choque seco, en verdad lo único de tal condición en mitad de un océano en hervor.

Tampoco nadie consiguió divisar a la señora, o al menos el bulto de madera con cerrojo, si acaso flotaban aún sobre la piel inquieta del mar, después de las muchas vueltas en redondo que hubo de completar a disgusto el Calatrava, durante la mañana del otro día.

Opiniones (0)
10 de Diciembre de 2016|21:18
1
ERROR
10 de Diciembre de 2016|21:18
"Tu mensaje ha sido enviado correctamente"
    En Imágenes
    15 fotos de la selección del año de National Geographic
    8 de Diciembre de 2016
    15 fotos de la selección del año de National Geographic