Cuentos de verano: Aldo Rocamora nos regala un texto con humor... o casi

Nació en Los Andes (Chile) y estudió Historia y Geografía en Santiago. En 1974 se radicó en Mendoza, donde reside desde entonces. Ha publicado "Alguien enrolla el decorado al fondo", "Filemon y otros relatos" y "El percutor de la ira", entre otros.

La letra con hambre entra, por Aldo Rocamora

Esa noche a mediados de junio, el céntrico recinto se encontraba abarrotado de público, se conmemoraba “el día del escritor”. Por los diarios, durante las semanas previas, habían promocionado la presentación del libro de un renombrado filó-sofo local, tal vez el último espécimen que nos quedaba. Tam-bién la sede vernácula de la Sociedad de Escritores aprove-chaba para inaugurar una plaqueta de bronce homenajeando a los más esclarecidos autores provinciales. Por supuesto que la inmensa mayoría de ellos ya hace tiempo que se hallaba bajo tierra.

Al primer golpe de vista llamó mi atención la avanzada edad de los concurrentes, sólo de tanto en tanto se veía el rostro de algún joven que, como extraña pincelada en color, rompía la monotonía del conjunto. La sala rebosaba abrigos de pieles, collares, colgantes, prolijos peinados y dentaduras sospechosas. El escenario resultaba adecuado. Estábamos cobijados en un gran salón estilo andaluz que tenía un techo artesonado con hermosas vigas de encina y ventanas con vitrales y molduras morisco-granadinas que embellecían las paredes. Un amable compañero de asiento me comentó entu-siasta que nos encontrábamos ante el más representativo y perfecto diseño de edificaciones españolas del siglo pasado en nuestra capital.

La locutora oficial tomó el micrófono y saludó a los asis-tentes dando por supuesto que se encontraba frente a un se-lecto grupo de literarios regionales, después concedió la pala-bra al principal funcionario del área. Éste se refirió a los valio-sos logros de su gestión y al papel fundamental que él asigna-ba a la literatura entre sus preocupaciones diarias. Las pala-bras se perdieron en medio de efusivos aplausos. A su costa-do en la mesa que presidía el evento, una licenciada universi-taria con abultado curruculum,  enarboló el micrófono y se en-cargó de bosquejar una reseña enjundiosa del libro del intelec-tual que nos convocaba. Era éste un hombre alto, delgado, adusto y de edad avanzada que estaba sentado en el lugar de honor. La exposición bien documentada se fue recargando con el correr de las palabras en elogios calurosos y referen-cias a la extensa y prolífica trayectoria del autor. Al terminar su alocución, le tocó el turno al homenajeado, quién aferró el grueso volumen que tenía ante sí y lo describió como el se-gundo tomo entre una serie que trataba acerca de Historia de las Ideas del siglo XX. Se refirió a las fuentes consultadas  y a su meticulosa elaboración, de pronto lo abrió y se puso a leer algunos fragmentos. La sala de improviso pareció invadida por luciérnagas, los flash de las cámaras de fotos y de los celula-res se peleaban para inmortalizar aquel instante.

El erudito dejó el libro a un lado y, jovial, comenzó a ex-tractar de su memoria una sucesión de anécdotas personales sobre amistades y recuerdos atesorados durante la juventud. De repente, un fuerte aplauso que venía de la parte posterior le impidió seguir su disertación, como el aplauso continuara  y continuara más allá de lo normal, el pensador se puso de pie algo confundido y, entre venias, agradeció la cortesía, viéndo-se en la obligación de dar por terminada su participación.

Yo que estaba en una de las filas del medio vi con el rabi-llo del ojo que una horda se desplazaba presurosa hacia las mesas colocadas a los costados, en donde acababa de apa-recer un alto de cajas con empanadas humeantes y se divisa-ban una hilera de vasos descartables colmados de vino tinto. La marea atropelló motorizada por una agilidad impensable para tantos años y achaques. Noté que en varias carteras abiertas desaparecía la comida y en pocos minutos no quedó nada, o quedaron, sí, algunos restos despanzurrados de pica-dillo y masas rotas sobre las bandejas de cartón. En el esce-nario, un cantante folclórico, imperturbable, continuaba con el programa y ejecutaba acompañado por su charango una zam-ba con la letra indescifrable debido al batifondo. Luego de la espasmódica avalancha, los contertulios de pie intercambiaron impresiones y charlaron un rato más, eso duró hasta que el vino se acabó. Después se retiraron bajando la ancha escali-nata de mármol con pasos tambaleantes pero decididos. Iban rumbo al oeste, parece que cerca se realizaba una muestra de pintura abstracta en el museo de la plaza Independencia, don-de servirían canapés y vino blanco.

Ante mi gesto de pasmo por el explosivo episodio que acababa de presenciar, el solícito vecino que me había habla-do antes me explicó que desde la crisis de los noventa en la ciudad existía una brigada especializada de jubilados que completaban su dieta de esta manera y, de paso, acrecenta-ban su acervo cultural. Y agregó indulgente: “Quizás así ellos logren obtener la sabiduría suprema que de otro modo cuesta tanto esfuerzo alcanzar”.
         

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6 de Diciembre de 2016|16:58
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6 de Diciembre de 2016|16:58
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  1. Me gustò. Un cuento risueño y ... creìble... (He asistido a charlas en la que los organizadores habìan preparado mesitas con bebidas. Era molesto el vaivèn de asistentes que se paraban a cada rato para ir a servirse algo, especialmente buen vino...)
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