Aconcagua 07: paso a paso hacia ningún lugar

Pues bien, acá estamos. ¿Estás cansado? ¿Tenés frío? ¿Te sentís ahogado, como que te falta el aire? ¿Te gana el desaliento? Es un cerro, pibe, tampoco es para tanto. Y ni siquiera: sos vos en un cerro, confundido entre las piedras, pisoteando sin esmeros los planchones suavecitos de la nieve. Seguí la aventura de nuestro editor Ulises Naranjo.

Es hora de volar de Nido de Cóndores. Hemos cargado todo hasta aquí; hemos descansado, hemos comido y nos hemos hidratado; hemos disfrutado del paisaje y de los amigos y hemos derretido nieve en una olla y hasta incluso, por la noche, dentro de la carpa, bajo el silencio universal, hemos hablado acerca de la naturaleza del haiku e intentado escribir uno: “Nido de cóndor,/ un hombre talla en piedra,/ mapa del cielo”. 

Hicimos también todos los deberes del caso para estar aquí: entrenamos durante meses, subimos una docena de cerros más bajos, conseguimos los días para invertir en la aventura y todos los equipos necesarios y nos trazamos un plan de ascenso, que nos ha puesto a dos días del asalto final.

Tuvimos también nuestra discusión: descansar o no descansar un día en Nido de Cóndores. Si lo hacíamos, estaríamos más fuertes para el día de cumbre; si no lo hacíamos, adelantábamos en un día el plan y evitábamos enfrentarnos con un temporal con frente frío que ingresará el último día. Luego de charlarlo bastante, decidimos descansar un día y aquí estamos ahora, listos para subir hasta el último campamento de altura.

Somos cuatro o cinco expediciones las que subiremos hoy hasta Berlín (5.900 m.s.n.m.) o hasta Plaza Cólera (6.100 m.s.n.m.). Elegir entre uno u otro campamento, suele ser motivo de análisis: Berlín es quizás más acogedor y tiene menos vientos, pero está hecho una mugre, lleno de cacas y olor a pis. Cólera es más limpio, pero es más abierto y los vientos son crueles. Por estos años, la gran mayoría elige Cólera. Sin embargo, nuestro plan es ir a Berlín y conseguir, si fuera posible, ocupar uno de los refugios de madera, que son más fríos que una carpa, pero más cómodos para cocinar e intentar dormir.

Nuestro plan es que Matías Sindoni arme pronto su carpa y suba solo a probar suerte con el refugio. Mientras tanto, con Diego Carbonell nos quedaremos levantando el resto del campamento y saldremos una hora más tarde, para reunirnos los tres en Berlín.



Mis amigos



Matías se marcha y, mientras lo veo partir, no evito dejar de asombrarme por la clase de hombre en que se ha convertido el niño que conocí. Es fuerte, muy fuerte, pero aquí no basta con ser fuerte; los caballos desbocados no llegan lejos en el cerro. Matías es fuerte y atinado; seguro de sí mismo, valiente, pero jamás obcecado.

Allá va, mírenlo, es el hijo de mis amigos Rubén y Avelina, remontando un pliego de la falda de este tremendo cerro hasta perderse en las alturas. Aquel niño que tuve en brazos, es ahora un hombre que encontró su lugar en el mundo destejiendo ovillos en la montaña. Dentro de unos años, será un gran guía, uno de los mejores que haya tenido el cerro y tendrá amigos de puñados y puñados, de esos que uno solo gana subiendo cerros y compartiendo campamentos empinados.

No podía ser mejor este Aconcagua: termino de ver a Matías perderse entre unos riscos y acá, a mi lado, desarmando la carpa, está mi hermano en armas, Diego Carbonell. A principio de este año, cuando mi vida familiar se cayó por un risco insospechado, ahí estuvo Diego, junto a todos mis amigos, pero el tomó el protagónico de invitarnos a mi hijo y a mí a compartir su hogar.

Nido, foto de 2009.

Ahora, en las alturas de Nido de Cóndores y bajo una mañana bellísima, pienso cómo es posible deberle tanto a una persona y hallar forma de pagarle. Todo lo que hacemos en la vida –lo bueno y lo malo también– conduce a momentos en los que te sacude un temporal: si hiciste bien las cosas, ahí estarán todos para salvarte el pellejo; si las hiciste mal, bueno, supongo que encontrarás deshabitado hasta tu propio espejo.

Terminamos de armar los bártulos y, bastante cargados, partimos hacia Berlín. Con Diego, hay un tema que evitamos tocar: sus problemas circulatorios en los pies, cuando hace mucho frío (acá, amigos, “mucho frío” es realmente mucho frío). El vago está fuerte, aclimatado, hidratado, de buen humor y descansado, pero el asunto de los pies corre por encima de todo esto y todo esto terminará por develarse mañana, cuando intentemos cumbre (pero no pensemos en mañana, mejor, subamos hasta Berlín e intentemos disfrutarlo.

“No se trata de subir un cerro; se trata de deshilvanar los pliegos de lo que somos”, escribo con mi Bic negra sin capuchón en una de mis hojitas, antes de echarme la fucking mochila al hombro.





Atardece en el cielo



Berlín está cerca de Nido de Cóndores, pero está lejísimo. Saliendo de una explanada, sin más, hay que encaramarse en un par de acarreos bravos que jamás darán tregua.

Llevamos muy buen ritmo con Diego y el día es espléndido esta mañana. Varios andinistas bajan mientras subimos: todos vienen deshechos, pero muchos de ellos tienen una inocultable satisfacción en el rostro. Este grupo de agraciados es el que intentó cumbre ayer y anteayer, cuando se produjo la primera ventana de buen tiempo de diciembre y, la cumbre cero de la primera mitad del mes, cedió pasó a decenas de cumbres en un par días.

Entre los muchos que bajan, nos encontramos con la leyenda viva más grande del Aconcagua, quien, con más de medio siglo en el documento, acaba de concretar su cumbre número 56. Es el gran Lito Sánchez, amigos, un excelso andinista, pero, por sobre todas las cosas, un ser humano extraordinario, querido y admirado por todos.

Nos abrazamos, hacemos los comentarios de rigor, la broma del caso, como si nada. Volvemos a abrazarnos, mochilas en hombros, nos despedimos. En el próximo descanso con Diego nos damos el lujo de tomar una botella de medio litro de Gatorade, señorita. Media hora después, luego de sortear la parte más dura de esa subida y antes que cualquier expedición, pisamos Berlín y Matías nos espera con un abrazo y un té caliente, nada menos.

Hemos tenido suerte: hay un refugio de madera que nos cobija y dejamos que todo suceda lento. Por cierto: este atardecer en Berlín es uno de los más desvergonzados y bellos que haya visto en mi vida.

La tarde trajo viento y nubes que arman todo un circo de collares abajo nuestro y dejan la cresta del Aconcagua por encima, libre de pecado, luminosa.

Estamos en silencio los tres: las nubes van cambiando colores, mientras, allá lejos, el sol se desmaya contra el filo del océano Pacífico, que deja un horizonte claramente definido por una línea encendida y pavorosa.

¿Cómo es posible que semejante espectáculo sea apenas visto por veinte delirantes, al pie de sus carpas que tiritan como pájaros o flores? Gracias otra vez; gracias ahora por este cielo anochecido, perforado de estrellas y este frío que limpia hasta la última de mis penas.

“Una vez más, somos modestamente felices”, dice la Bic negra sin capuchón, que, a esta altura, escribe por sí misma su versión de la aventura.



¿Para qué?



¿Es necesario? ¿Por qué venir a este lugar en el que, salvo por un puñado de chicas y muchachos vestidos de colores, la vida es imposible? Venimos tal vez para regresar fortalecidos. Venimos para dedicárselo a alguien (pienso en mi niño Eliseo). Venimos porque no podemos evitarlo, porque necesitamos hacerlo. Y también porque venir, estar aquí, no es lo más importante: lo groso es habernos preparado para venir, habernos sujetado a un proceso que, además de diez kilos menos, en la panza, nos llenó de luces durante el año.

Pues bien, acá estamos. ¿Estás cansado? ¿Tenés frío? ¿Te sentís ahogado, como que te falta el aire? ¿Te gana el desaliento? Es un cerro, pibe, tampoco es para tanto. Y ni siquiera: sos vos en un cerro, confundido entre las piedras, pisoteando sin esmeros los planchones suavecitos de la nieve. Paso a paso hacia ningún lugar.

Se trata, si lo mirás bien, nada más que de subir un cerro. Y de subirlo, ¿para qué? Para que te quieran más, para quererte más, para comprobar cómo funcionás en situaciones extremas, para ser más humilde, para dar las gracias, para integrarte con todo… Tales cosas pensás, paso a paso hacia ningún lugar.

Vine hasta aquí porque caí tan bajo en mi descenso doloroso hasta el infierno, que lo único que vi allá arriba, bien lejos, bien alto, bien limpio, bien solo, fue el Aconcagua.

Así, una mañana de otoño, me sacudí la mierda de la ropa, abracé a mi hijo, y empecé a trepar. Lo hice –y ahora me doy cuenta– para que doliera menos este fatigado corazón



Ulises Naranjo.



Esta expedición se concreta gracias al apoyo de:

Lanko Altas Montañas
Fernando Pierobón, centro integral de montaña

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22 de agosto de 2017 | 10:47
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