Aconcagua 06: aquí, la paz y allá, en el Pacífico, se urde una calamidad

Nido de Cóndores recibe a los caminantes con un día inolvidablemente bello. Las canciones de Luis Alberto Spinetta y el garronazo de subir cargado de kilos. La Bic negra sin capuchón y la necesidad de escribir. El Aconcagua se dice a sí mismo, en esta nueva nota de nuestro editor Ulises Naranjo en el Coloso de América.

Luego de una tranquila y solitaria noche en Plaza Canadá (4.900 m.s.n.m.), amanecemos despacio y esperamos a que el sol pegue en nuestro campamento. La carpa nos resulta chica y a fin de cuentas dormimos como podemos. Después de vestirnos, hay mucho por hacer alrededor: derretir nieve, organizar el desayuno y levantar el campamento para seguir subiendo.

Nos llevará un par de horas estar listos, luego de dividir los kilos que tenemos y de arreglárnoslas para que todo entre en las mochilas. Ahora, hay que subir a Nido de Cóndores (5.300 m.s.n.m.). La subida a Nido, ya sea desde Mulas o desde aquí, siempre es un garronazo, particularmente las últimas horas y ni hablar si en camino te pilla un temporal, luego de Cambio de Pendiente (pasados los 5.000 metros).

Sin embargo, sabemos que hoy y mañana habrá buen tiempo y también que luego empeorará, pero no sabemos precisamente cuándo. Finalmente, a media mañana, nos echamos a andar. Como no tengo ganas de escuchar a mis amigos, escucho música: esta vez elijo una selección que armé de los tres discos de "Luis Alberto Spinetta y las Bandas Eternas".

Ciertamente, estas canciones me llevan de regreso a los primeros estremecimientos de mi adolescencia: “No te busques más en el umbral”, “Bajan”, “Cementerio Club”, “Hola dulce viento”, “Credulidad”, “A estos hombres tristes”, “Fina ropa blanca”, “La bengala perdida”, en fin… Resulta claro que jamás dejaré de agradecer al Flaco haber atravesado toda mi vida con sus espadas de luces, como ningún otro artista jamás lo hizo.

Es un día precioso: con la mejor banda sonora posible, los paisajes del Aconcagua no dejan de volvernos más humildes y poderosos. Los kilos en verdad pesan, pero entre una canción y otra, la ruta se va destejiendo, paso a paso.

Hay, en la montaña, sublimes momentos libres de todo temor. De pronto, caminando, se produce el milagro de la unidad: como en una parábola zen, el caminante habita desnudo la canción y la canción se desparrama por el cerro y el cerro es parte del aire y el aire es respirado por el caminante.

“Si el camino surge de la nada, será que la canción llegó hasta el sol”, canta Luis. La felicidad, ahora lo veo, es este breve descanso de mis pasos sobre la nieve. No hay dónde ir ni hay identidad en el mapa de estas huellas que dejamos, no hay moral ni propósito en la marcha; no hay dios, cuando la canción llega hasta el sol.



Bic negra sin capuchón



Llegamos a Nido de Cóndores pasado el mediodía. Estamos, ciertamente, cansados, sobre todo por el peso, pero aún nos queda montar el campamento y, después, pensar en descansar e incluso en almorzar (para los campamentos de altura, no llevamos ninguna comida especial; apostamos a las pastas en general, el arroz, queso, sopas, galletas, latas de atún, salchichas, tés y mates cocidos, cosas así).

Como estamos bien aclimatados, la estadía en Nido nos resulta muy agradable. Tiene el Aconcagua una característica propia de la altura: sitios que de pronto son encantadores, en minutos pueden volverse un infierno. Aquí mismo, recuerdo haber estados con temporales furiosos y eternos y temperaturas de -35 grados. Fundamentalmente, es el viento el que todo lo transforma.

Ahora  mismo, Nido es un lugar precioso y sereno, donde el sol pega agradable y permite pasear y ver la imponencia de la cordillera de Los Andes y, a un costado, Chile y, al otro, Argentina.

Tengo, entre todas las necesidades del mundo, una enorme, fundacional, trascendental: olvidé mi libreta y mi lapicera y no tengo con qué escribir (“la puta madre que lo parió; ¿cómo puedo ser tan pelotudo?”, pienso, pero no tengo manera de escribirlo, mientras intento buscar una solución). 

Con el campamento ya listo, y el bravo Matías preparando un almuerzo, aprovechamos la ocasión con Diego para ir a visitar a algunos amigos que coinciden aquí y a  guardaparques y policías, quienes tienen puestos fijos en el lugar.

Mi anhelo: conseguir a 5300/5500 metros de altura cómo escribir. Finalmente, en el último sitio visitado, tengo suerte: un guardaparque me regala una Bic negra sin capuchón. Luego de un rato, voy consiguiendo descongelar la tinta. Tomo además cuatro hojitas de una libreta de la Patrulla de Rescate. Será suficiente. Me voy a la carpa y, después del almuerzo (cappellettis de la olla, con cuchara), me pongo a escribir.



Escribo



“Empieza a atardecer en Nido de Cóndores y acá estamos. Elegimos un Aconcagua de pocos amigos, el frío de diciembre y el peso de la carga sobre los hombros. Nido nos regala hoy un día maravilloso y miramos hacia la cumbre ansiando tener un día semejante para cuando nos toque atacar. Sin embargo, como en la vida, en el Aconcagua no hay que pensar mucho más allá del día de hoy. Por eso, lo importante hoy será comer una olla con fideos, hidratarse a más no poder y hablar boludeces con mis amigos…

Gerardo Real y Diego Quiroga, rangers en Nido.

“Agradezco enormemente esta Bic negra sin capuchón y estas cuatro hojitas de libreta, que me hacen recordar la diferencia entre precio y valor. El hambre de la escritura sólo se calma escribiendo y no es lo mismo grabar ideas que escribirlas, del mismo modo que no es lo mismo un libro de papel entre las manos que un e-book o una película en un cine que una película en casa, con porciones de pizas y vasos de cerveza en la mano.

“Cambio de tema...

"Miro hacia el océano Pacífico, allí, mar adentro, ahora mismo, se está formando un frente frío que tardará un par de días en llegar hasta aquí. Será justamente el día que tendremos para tirar cumbre. Poder ver hacia un sitio tan lejano hace que el tiempo tome otra dimensión, como ocurre con un astronauta que, viendo el planeta desde lejos, observa pasmado el galope de un día.

“El tiempo es espacio desplegado y sucede así: un aleteo de mariposa o, mejor, de pez espada en altamar, terminará ocasionando un temporal pavoroso en el cerro. El tema es saber precisamente cuándo llegará, a qué hora de ese día (otra vez me estoy adelantando). Mientras Matías y Diego se esmeran con la cena y atardece en Nido de Cóndores con un griterío que se adivina al filo del Pacífico, una sola preocupación real me ronda como un ángel asesino: que se congele la tinta de mi Bic negra sin capuchón.

“Lo demás, todo lo demás de la vida, es puro cuento”.



Ulises Naranjo.



La expedición se concreta gracias a:

Fernando Pierobón, centro integral de montaña
Lanko Altas Montañas.

Opiniones (1)
19 de octubre de 2017 | 00:50
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19 de octubre de 2017 | 00:50
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  1. Gracias por acercarme este lugar! anhelo vivir mi propia experiencia allí...
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