Aconcagua 05: caminando hacia el cielo con los pies en la tierra

Dos subidas a Plaza Canadá. El sol que se hunde escandaloso en el Pacífico. La paz de los solitarios y la meteorología. La circulación sanguínea y la cumbre cero. ¿Dónde seremos más limpios y hermosos? ¿Dónde más silenciosos y agradecidos? ¿Dónde más humanos y profundos? Seguí a Ulises Naranjo en el Coloso.

Diego Carbonell y Matías Sindoni.

Ya no hay mucho más que hacer en Plaza de Mulas. De hecho, ya no hay mucho más que hacer en el resto del mundo. Hay que ordenar toda la carga, unos ochenta kilos más o menos, y emprenderla hacia los campamentos de altura. Serán cuatro días para vivir como si fuésemos mulas y para soñar como si fuésemos cóndores, sin embargo, con Diego Carbonell, mi compañero de aventura, apenas seremos dos tipos que, siempre que pueden, se vienen al Aconcagua para aprender un poco más de sí mismos.

Corrijo: no dos, sino tres tipos. Hoy se nos suma Matías Sindoni para compartir nuestro periplo. Debo decir que conozco a Matías desde su más tierna infancia, pues es hijo de Rubén Sindoni y Avelina Alonso, dos queridísimos amigos que me regalaron la montaña y la montaña de la vida. Matías estudia para guía, trabaja haciendo porteos en el cerro y, a pesar de sus 21 años recién cumplidos, tiene varias cumbres en el Aconcagua, incluyendo por la difícil ruta del Glaciar de los Polacos, y varios 6.000 en el país y en Bolivia, todos por rutas difíciles, con altos requerimientos técnicos. La idea original era poder vivir estos días también con su papá, pero tal cuadro no fue posible e intentaremos en vano no extrañarlo.

Felipe Randis y Herman Kneeteman, porteadores.

Habida cuenta de su currículum, no ha resultar extraño que pongamos en Matías toda nuestra confianza. En medio de una cena en Mulas, urdimos nuestro plan de ataque: al día siguiente, con él, subiremos a Plaza Canadá (4.900 m.s.n.m.) con la mitad de nuestra carga y allí la dejaremos. No contrataremos porteadores simplemente porque elegimos cargar nosotros con el peso del asunto. No obstante, valoramos y destacamos la labor de estos muchachos, fuertes como toros, nobles y valientes, también amigos.

Bajaremos a dormir en Mulas y ascenderemos al día siguiente al mismo lugar. Un día después, treparemos a Nido de Cóndores (5.300 m.s.n.m.) y, tras un día de descanso, subiremos a Berlín (5.900 m.s.n.m.) o a Plaza Cólera (6.100  m.s.n.m.), para intentar la cumbre al día siguiente.

Coincidimos los tres en que queremos pasarla bien, disfrutar la trepada y buscar nuestros límites sin ponernos en mayor riesgo. Lo saben los andinistas: tenés que tomar siempre la decisión adecuada, sea como sea, el cerro seguirá acá, esperando que regreses.


Primera subida a Canadá


Es la mañana de un día transparente. Luego de cuatro días de dormir pésimo en Mulas, a causa de mi bolsa de dormir sin cierre, nos disponemos a subir a nuestro primer campamento de altura. Cierto es que podré hacerlo gracias a la gentileza de un buen hombre de montaña, César Rumbo, quien me presta su propia bolsa, luego de pasar unos días con su grupo en el parque provincial. El gesto de este hombre que poco me conoce, me devuelve la alegría, pues hubiese sido imposible trepar sin una bolsa adecuada.

Matías reparte las cargas con pesos más o menos semejantes y, sin más, nos echamos a andar por el lomo de este viejo amigo de piedra y nieve.

Estamos, si nos ven andar, ciertamente felices. Paramos cuando nos da la gana para contar alguna anécdota, nos hacemos chistes, sacamos fotos, disfrutamos el paisaje o charlamos con algún guía o porteador amigo que se nos cruza.

Creemos, a esta altura de la vida, que así se sube el Aconcagua: como pensando en otra cosa, como dándole a la dimensión del esfuerzo, la misma dimensión del gozo.

Aún así, será rápido el asunto: en menos de tres horas, llegamos a Canadá, desensillamos, elegimos el sitio de nuestro futuro campamento y armamos nuestro depósito y lo cubrimos con piedras para que se vuele (en el Aconcagua, es normal que uno deje cosas en el camino y les ponga piedras encima; salvo excepciones, jamás nadie osa tocar esos paquetes ajenos, pues todos sabemos que la vida o la expedición de una persona o un grupo dependen de ellos).

La mala noticia del día es que a Diego lo visita un viejo problema: a medida que va ganando altura, pierde circulación en sus pies y si hace mucho frío, deja de tener sensibilidad en sus dedos. Ya de retorno en Mulas, visita a Verónica, la médica, quien le confirma que deberá extremar sus protecciones y tomar la decisión adecuada si, más arriba, cuando vayamos hacia la cumbre, el asunto se agrava.


Segunda subida a Canadá


Luego de la última noche en Plaza de Mulas, subimos a Plaza Canadá con el resto de los equipos, comida, calentadores y cargas de bencina. Las mochilas están más cargadas que el día anterior y el asunto se hace notar en nuestras espaldas. Es un día abierto, luminoso, bello. Sabemos que será así hasta el mediodía y que luego se vendrá la nevada.

Ya en Canadá, armamos nuestra carpa y aprovechamos para disfrutar de una tarde maravillosa. La nevada nunca llega y estamos en lo que se dice un excelente día para tirar cumbre. Es el primer día así en lo que va de diciembre, un mes en el que –salvo un loco japonés que pasó cinco días seguidos en un campamento a 6.100 metros– no ha habido ninguna cumbre que anotar y cientos de intentos realizados.

Sabemos que cuando sea nuestro turno de tirar cumbre, hay anunciados temporales, pero no tenemos alternativa: las reglas, aquí, las pone el cerro. Entonces, o tenés muchos días para esperar “el” día o volvés a tu casa enterito, aunque sin cumbre. Vos elegís, pero el que manda es el cerro.

Ahora mismo, es un atardecer increíble en Canadá, sitio en el que estamos absolutamente solos: los que venían de antes aprovecharon los reportes del tiempo y ya están tirando cumbre o esperando a mañana o pasado para hacerlo y los que están llegando aguardarán en Mulas a que pasen los anunciados chubascos. Nosotros y otros pocos, el destino lo quiso así, estamos en medio y así recibimos la bendición de la naturaleza: mirando el sol que se pone con escándalo en el Océano Pacífico.

 

Sopa caliente

 

Estos instantes de frío, de soledad, de belleza, de amistad, de pureza, son aquellos que justifican las visitas al Coloso.

¿Dónde seremos más limpios y hermosos? ¿Dónde más silenciosos y agradecidos? ¿Dónde más humanos y profundos? Aquí, con Diego y Matías, dos hermanos que me regaló la vida, me encuentro de pie junto a una carpa que nos conservará con vida y un calentador encendido que derrite nieve y nos da agua. Aquí, extraño a los que amo como un marino extraña la seguridad de tierra firme.

Una carpa, un calentador, dos amigos y el amor en el pecho de los que amo, ¿qué más hace falta para ser feliz? No mucho más que una sopa caliente y este puñado de palabras como leños en el hogar antes desnudo.

Mañana, sin más, treparemos a Nido con toooooooda nuestra carga.

Será un día duro, pero nadie nos dijo que sería fácil. La vida es bella, de tan amenazada y mis amigos sabría qué hacer si acaso fuese a morir. La única indefensión posible es el acoso de la belleza; ante ella sucumbimos como la nieve que estalla en la olla para volverse agua.

 

Ulises Naranjo.

 

Esta expedición se concreta gracias al apoyo de:

Lanko Altas Montañas

Fernando Pierobón, Centro Integral de Montaña

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21 de agosto de 2017 | 06:01
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