Aconcagua 04: la ciudad cerca del cielo y el sentido de la cumbre

¿Es el cerro un sitio de muerte y dolor o uno de disfrute y de pura vida? Plaza de Mulas, la Babel entre las nubes y una cima para contemplar a pleno la belleza del Centinela de Piedra. Un té caliente con amigos y un poco de música bajo la tormenta de nieve. Seguí la aventura de nuestro editor Ulises Naranjo en el Coloso de América.

Estamos en Plaza de Mulas: las mañanas son soleadas y hermosas a pesar del viento frío, pero por las tardes, baja el temporal con nieve y pone todo en punto exacto de congelamiento y varios grados más abajo todavía. Esto, como todo en la vida, no es malo ni bueno, es simplemente así y de este modo lo disfrutamos.

No está de más decir esto, habida cuenta de que suele asociarse al Aconcagua con las muertes, las mutilaciones, los esfuerzos impagos y las frustraciones. Muchos intentan vender sus hazañas asociadas al dolor  y rodeadas de anécdotas de fallecimientos, congelamientos y quebraduras.

Sin embargo, jamás debemos perder de vista que la montaña –y el Aconcagua en ella– es inaprehensible sin la noción del disfrute. El Centinela de Piedra es un sitio adonde uno va a vivir, no a morir; un espacio para crecer, no para perecer.

Acá arriba, la gente viene a probarse a sí misma y vuelve a casa con los músculos deshechos, sí, pero con la respiración poderosa, la piel quemada por el gozo y los ojos cargados de paisajes. Nunca tan vivos, esta es la verdad.



Cerca del cielo



Como se sabe, Plaza de Mulas (4.300 m.s.n.m) es el punto de concentración clave para iniciar la subida por la llamada Ruta Normal. En este lugar, los deportistas suelen quedarse, por lo menos tres o cuatro días, lo que provoca que aquí se produzca la mayor concentración humana del parque provincial.

Por lo mismo, imaginarán, hay de todo y se consigue de todo en Mulas: comidas calientes, baños bastante decentes, tragos largos, teléfono, servicio de Internet, servicios de guía y porteo, artesanías, duchas calientes, música funcional, pastillas y hierbas, equipos de ascensión, arrieros gauchos, profesionales de la salud y hasta pinturas al óleo, en la galería de arte de Miguel Doura.

Ya lo hemos dicho: Plaza de Mulas es nuestra versión apropiada de Babel y así se comporta.

De carpa en carpa, de metro a metro, van cambiando los idiomas, incluso hay uno propio de los plazamuleros (en él, es fundamental decir “tranca”, por tranquilo, cada tres palabras) y un inglés que se hace entender, pero que rompe toda regla de la buena costumbre idiomática.

Plaza de Mulas es una ciudad cerca del cielo en la que todos buscan hacerse fuertes respecto de algo y todos esperan mirando hacia la cima y todos abrazan la amistad como un madero de piedra y hielo, porque también es cierto que aquí todos estamos solos y que, abajo, en la ciudad, es donde aparece el vértigo, jamás en las alturas.



El Bonete



Para favorecer la aclimatación, decidimos con mi hermano Diego Carbonell subir un cerro cercano a Mulas llamado El Bonete, de 5.100 metros. De lejos, se observa empinado y bello y en él invertiremos nuestro día.

En las mochilas, disponemos un almuerzo de marcha (dos sánguches de fiambre, un alfajor, golosinas, una naranja y una barra de cereales); hacemos algunas preguntas a los conocedores para que nos ilustren sobre la manera de encararlo.

Sin más que decir, encaramos hacia el cerro.

Como para subirlo hay que pasar junto al hotel y el búnker de la Patrulla de Rescate, ponemos en conocimiento del famoso y querido “Pachacho” Altamirano, su jefe, el plan del día y también acordamos con el amigo pasar por la tarde a tomar algo caliente, a la vuelta de la ascensión.

Tardaremos algunas pocas horas en subirlo, luego de remontar un arroyo, atravesar un trío de planchas de penitentes de curiosas formas y montar un par de acarreos empinados.

Ya desde el pie, atacamos el Bonete haciendo zig-zags sobre un encaramado acarreo que termina, tras dura pero agradable faena, poniéndonos en la base de una corona de riscos y rodeándola, buscado una ruta entre ellos, llegamos así a la cumbre pasado cómodamente el mediodía.

Hacia el otro lado del Aconcagua, vemos Chile a lo lejos y la bella Quebrada de Matienzo, ahí nomás, verde, amable, y a la vez tan lejana respecto de nuestro presente.

Del otro lado, de frente en su imponencia, vemos el Centinela de Piedra en su tremenda plenitud, con el trazado de su Ruta Normal completo: las sagradas Piedras Conway, Plaza Canadá (4900), Nido de Cóndores (5300), Berlín (5900), Cólera (6100), Independencia (6300), el Portezuelo del Viento (6500) y, hacia el final, en la coronación la Travesía, la Canaleta y la Cumbre, en los 6962 m.s.n.m.



 

En tal trance gozoso para la vista estamos con Diego, cuando un puñado de nubes veloces y cerradas se cierne sobre la cumbre y del acoso de las nubes a la nevada, hay sólo una rápida transformación y decidimos bajar para evitarnos problemas.

Descendemos mientras nieva. Serán dos horas, a pesar de las condiciones del tiempo, de absoluto regocijo y plenitud, deshilachando un par de acarreos sumamente amables y, en mi caso, escuchando los discos “Piano”, de Daniel Melero y "Siberia Country Club" de Richard Coleman, por el MP3.

Será, sin dudas, uno de los momentos más hermosos que me regalará este nuevo Aconcagua. 

Pachacho Altamirano y su sobrino Carlos.

Recién pararemos a descansar en la casa de los “Papa Lima”, los policías de la Patrulla de Rescate. "Pachacho" Altamirano y su sobrino Carlos Altamirano nos reciben con tés calientes y una charla amena y distendida, mientras nos quitamos ropajes mojados, junto a un quemador de gas que nos bendice con sus fuegos.

Somos, si bien nos miramos, felices en este momento, felices con tan poco: un té caliente, el paisaje en el pecho, el viento en la cara, una charla de amigos y el despierto hambre de aventura.

Esto es, amigos, el Aconcagua: ese silencio que se produce antes de empezar a subir. No sabemos hasta dónde llegaremos, pero la cima no es lo que nos hace caminar, sino el tránsito mismo, el proceso y no el resultado, la sed y no el agua, la cacería y jamás la presa.

 



Ulises Naranjo.

La expedición se concreta con el apoyo de
Fernando Pierobón, Centro Integral de Montaña.
Lanko Altas Montañas.

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21 de agosto de 2017 | 12:08
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