Aconcagua 02: Plaza de Mulas, la Babel semejante al paraíso y el infierno

MDZ te sigue llevando cerro arriba en las faldas del Centinela de Piedra. Un despegue, esta vez, hasta el campamento base de la montaña más emblemática del continente. Nuestro editor Ulises Naranjo camina, observa y te cuenta todo lo relativo a un sueño con forma de pico encrespado y mítico.

Aquí estamos camino a Plaza de Mulas como quien va camino a la exacta Babel, al Santo Grial, a esa Tierra Prometida que nada osa jamás prometer. Nuestras mochilas están livianas: algún abrigo, un almuerzo de marcha, una crema protectora, un MP3 lleno de canciones de amor y nuestras piernas como reaseguro de que toda aventura exige un costo, ese que los protagonistas deben pagar.

Conocemos el camino y sabemos que el día es duro, pero tal evidencia no amilana la exigencia de la jornada. El conocimiento, en el Aconcagua, no solivia el ejercicio de su tránsito. Saber el camino no te libra de él, del  mismo modo que haber conocido del amor no te libra de sus trampas.

Jonas y Kattie.

Confluencia nos dejó nuevas amistades, particularmente, una pareja de ingleses –Kattie y Jonas, agradables y apropiados, ella trabajadora de una agencia oficial de Seguridad, él cirujano facial– y una pareja de hermanos vascos –Alvaro y Sergio, pintorescos y tiernos y fabricantes de tendederos de ropa para balcones–. Todos vamos con afán de cumbre, claro, pero, en realidad, todos vamos con afán de ver qué tipo de mapas nos traza el destino y su clepsidra insobornable.

Partimos de Confluencia a media mañana. Luego de  un par de días de aclimatación, con Diego no tenemos la menor intención de comunicarnos con el otro. Unas tres horas de tránsito por la aburridísima Playa Ancha terminarán por lograr que cada uno se centre en su mundo, en su música, en su contemplación del paisaje, sin reparar –dentro de todo lo que sea posible– en la existencia del otro.

Radiohead.

Así las primeras tres horas habrá de destejerlas escuchando discos y caminando casi sin cesar. El capricho me dictara su repertorio: Spinetta y la Bandas Eternas, Ok Computer de Radiohead, Comfort y música para volar de Soda Stereo, Intemperie, de Iván Noble y Siberia Country Club de Richard Coleman, marcarán mi ascenso al campamento base por excelencia del Aconcagua, a 4300 m.s.n.m. 

A mitad de camino, en Piedra Grande, almorzaremos junto a nuestros amigos ingleses. Un par de sanguches y jugo servirán para dar silencio a nuestra costosa charla sobre los poetas Milton, Shakespeare y Borges, el narrador Ian McEwan y las canciones de Radiohead, Muse y hasta Henry Purcell. Nuestro inglés es pobre, es cierto, pero su castellano es prácticamente inexistente, de no se por los afanes de Kattie. De todos modos, aprendemos entre señas a querernos y a desearnos lo mejor.

Como siempre, Playa Ancha será  un garrón, pero la Cuesta Brava y el remonte de la morena sobre la que se asienta Plaza de Mulas serán una exigencia. En algún momento, fatigadas mulas nos tirarán a un costado de la senda y la nieve que nos acompañará el último par de horas, será una advertencia, pero también una caricia.

Somos fuertes y nos sentimos bellos y agradecidos. Hemos hecho, a lo largo del año, todo lo necesario para recibir con elegancia los dictados de este cerro. No obstante, sabemos de sobra que aquí el paraíso es exactamente lo mismo que el infierno: un lugar puede llenarte de dicha o arrancarte los dedos para siempre, depende sólo de una cuestión de humor meteorológico universal.

También sabemos que hacer cumbre o no hacerla, es una cuestión de relativa importancia: aquí, no importa el resultado, aunque sí el proceso; jamás la captura, siempre la cacería; nunca el agua, siempre la sed. Está claro, pero al cumbre incita, lleva al equívoco y la gloria es una forma del equívoco.

Seis horas después de iniciada la marcha, Plaza de Mulas nos recibe como una ciudad de hermanos. Estamos en diciembre: hace frío y las tardes traen tormentas de nieve con copos que se posan como besos de princesa en nuestros pómulos. Estamos contentos: siguen algunos amigos aquí, como carta de legitimidad ante el rigor.

En Lanko, nos recibe Vanesa con un abrazo y un té caliente. Dejamos la mochila nevada a un lado. Plaza de Mulas es como un hogar sustituto, necesario. Vamos a descansar un poco y, luego, mañana o pasado, para empezar, intentaremos el Bonete, un cerro de 5000 metros para probarnos de qué están hechos nuestros pulmones, nuestras piernas, nuestros afanes.

Es el Aconcagua, amigos, un mapa gigantesco de nuestros propios pechos desplegados. Desdichado aquel que no se encuentre entre las faldas del coloso. Ignorante aquel que no descubra que, a fin de cuentas, uno conoce la montaña para intentar conocerse un poco a sí mismo.

Está atardeciendo y nieva. Estamos cansados y felices. La noche abrazará todo bajo su soberbio manto. Nosotros, los vanos y los soberbios, quedaremos mudos, como campanas bajo el agua.

Hundidos en la carpa, apagamos la linterna. Apagamos la birome, los afanes también. Cerramos la libreta y ponemos a descansar los verbos y adjetivos. Ese silencio, el del mundo de la altura, es el punto aparte más perfecto de la historia del lenguaje.

 

Ulises Naranjo.

Opiniones (1)
22 de agosto de 2017 | 04:30
2
ERROR
22 de agosto de 2017 | 04:30
"Tu mensaje ha sido enviado correctamente"
  1. Es muy bueno el relato, demuestra un gusto enorme por la montaña. Uno de mis hermanos tuvo la fuerza y la suerte de poder hacer cumbre y sé el sacrificio que conlleva semejante apuesta. Felicitaciones.
    1
En Imágenes