Dos armas mortales, en el cuadruple homicidio de Las Heras; el velatorio

Esta mañana la fiscal de Delitos Complejos Claudia Ríos sorprendió a todos los medios al asegurar que los asesinatos fueron llevados a cabo por los chicos que se encontraban en la casa. Ya están velando los restos de las cuatro víctimas

Media hora después de los asesinatos, personal de Investigaciones de la Policía de Mendoza llegó hasta el lugar de los hechos, en el que una pareja de ancianos, su hija y su nieto de 11 años habían sido asesinados por un supuesto hombre X. Además de las víctimas, una quinta persona había presenciado la masacre y fue el único sobreviviente. Sin embargo, dadas las distintas versiones que éste ofreció a lo largo de la noche, el chico se quebró y contó algo de lo que se presume podría ser la versión acertada.

Además de los efectivos policiales, en el lugar de los hechos trabajó la experimentada fiscal de Delitos Complejos Claudia Ríos, quién personalmente se ocupó de este testigo clave.

Tras varios interrogatorios, la fiscal pudo comprobar como el jovencito mostraba ciertas contradicciones en el relato de los hechos. En uno de estos decía haber visto como mataban a todos, aunque resultaba inverosímil ya que también aseguraba haberse ocultado en el baño junto a Ezequiel. También se colocaba como una de las víctimas del hecho, y aseguraba haber recibido una herida en su dedo pulgar izquierdo cuando intentó defenderse, pero también fue descartado ya que el corte era superficial y tenía un aspecto más accidental. Además, si el agresor X lo había visto, no se entiende cómo fue huyera sin buscarlo para acabar también con su vida.

Por lo tanto, Ríos prefirió que el joven descansara acompañado de su abuela, hasta que pudieran volver a interrogarlo nuevamente en el transcurso de la madrugada.

El niño que había llegado con las ropas ensangrentadas, se había bañado por orden de su abuela, quien a su vez había comenzado a lavar las prendas. Después, fue atendido en el hospital materno infantil Humberto Notti, y de ahí trasladado a la Oficina fiscal 5 donde fue consultado nuevamente por la fiscal, esta vez acompañada por el director de Investigaciones Alejandro Delgado y el jefe de la Policía Juan Carlos Caleri.


Atisbos de verdad: las primeras confesiones
Tras ser confrontado con sus dichos, el chico se quebró emocionalmente y admitió su participación y explicando cómo se desarrollaron los hechos.

De acuerdo a sus palabras, alrededor de las 21, Ezequiel habría tenido un rapto psicótico muy violento, en el que arremetió con un cuchillo de filo liso contra sus abuelos y su madre, y después se abalanzó contra el chico de trece años, que se defendió con otro cuchillo tipo serrucho, provocándole heridas en la espalda y el pecho. Así, en un breve lapso, los cuatro integrantes de la casa terminaron con heridas mortales.

Contradicciones de la segunda versión
Aquí tienen un carácter fundamental las armas utilizadas. De acuerdo a los peritajes realizados en la casa, los uniformados se encontraron con dos cuchillos ensangrentados. Uno de ellos es de filo liso y el otro, de tipo serrucho. Ambos, habrían sido usados indistintamente y abrirían otra catarata de sospechas sobre cómo ocurrieron los asesinatos y su verdadero autor.

Al ser comparadas las heridas de las víctimas en el Cuerpo Médico Forense, constataron que las heridas no se repetían en los cuerpos. El largo y la profundidad no coincidían. Así, pudieron comprobar que Sara –la abuela-, había sido degollada con un arma blanca de un solo filo tipo “carnicero” que no desgarraba la piel. Pero su esposo, Alí, había recibido más de diez puñaladas en el cuello, hechas todas con el cuchillo de mesa tipo serrucho.

Quién despierta más sospechas es Ezequiel, ya que presentaba heridas de un centímetro y medio en su espalda hechas con el cuchillo de mesa, mientras que en el cuello tenía otras realizadas con el de tipo carnicero.


Un espectador invisible
Desde su quiebre emocional a las seis de la mañana del viernes, no dejan de levantar sospechas cada una de las aseveraciones que esgrimió el sobreviviente de 13 años en su “confesión”.

Su versión no coincide con la de un testigo ocasional, sino más bien que parece la visión otorgado por un relator omnipresente, que veía en tiempo real todo lo que sucedía en los distintos espacios de la casa, y que salía idemne de todos los ataques del participante X.

Ocultado en el baño vio como mataban a Mónica (la madre de Ezequiel), y escondido allí también logró escapar del supuesto agresor, que no le causó ninguna herida.

Por lo tanto, estos y otros contradichos atentan contra la veracidad total de sus declaraciones, y obligan por tanto al fiscal de Menores Gustavo Farmache a indagar sobre lo que verdaderamente ocurrió.


La construcción del Participante X
Hasta esta madrugada, el jovencito de trece años era el único testigo sobreviviente del cuádruple crimen del barrio 8 de Mayo de Las Heras. Una historia sobre la que se había tejido múltiples conjeturas y que mientras se revelaban nuevos detalles, la gente no podía menos que mostrarse sorprendida y horrorizada.

Cuando el ministro de Seguridad Carlos Aranda salió de la vivienda alrededor de las 2 de la mañana, acompañado por el jefe de la Policía Juan Carlos Caleri, las hipótesis sobre las que se trabajaba eran múltiples, aunque en cada una de ellas se desdeñaba la posibilidad de un intento de robo. De acuerdo a las impresiones recogidas por efectivos de Criminalística, todo se encontraba en perfecto orden dentro de la casa ubicada sobre la calle San Pedro al 1953. Esta opinión fue respaldada por Patricia Miguel, una de las hijas de la pareja de ancianos y tía de Ezequiel, que llegó hasta el domicilio y comprobó que cada uno de los objetos de valor se encontraban en su lugar habitual.

Esta teoría, aceptada y mantenida por los investigadores, sólo era contradecida por el único testigo y sobreviviente de la masacre. El chico de trece años que aseguraba haber visto y escuchado todo desde la génesis del conflicto, colocaba la figura de un sexto hombre, un partícipe X que había entrado a robar y que tras mediar algunas palabras con Alí Miguel, se lanzó sobre el anciano y el resto de los integrantes de la vivienda.

En su versión de los hechos había elaborado hasta los mínimos detalles: la voz del asesino, su cara cubierta hasta los ojos, en la que dejaba ver cicatriz cerca de la sien izquierda, de una altura estimada de 1,75 metros; además llevaba una gorra y zapatos marrones.

A esto se le suman los comentarios que reprodujo ante la fiscal de Delitos Complejos Claudia Ríos, en la que el chico de trece años le dijo a su abuela que “han matado a todos”. Amelia, quién se atribuye haberlo criado desde que era muy chiquito, reforzaba cada una de las palabras mientras agradecía a Dios por “haberlo cuidado” de todo ese horror.


¿Acuerdo o acción individual?
Aún se desconocen los motivos primarios del horroroso crimen. Sólo se tiene la certeza de que habrían sido utilizadas dos armas blancas en la escena del crimen, blandidas -al parecer- por los dos chicos, aunque no se descarta que sólo uno de ellos fue el ejecutor.

Por tanto, el fiscal Gustavo Farmache tiene en sus manos un caso lleno de contradicciones en el que un chico de trece años sería el único sobreviviente y dueño de los hechos.

El adiós a los 4 víctimas: flores en bicicleta y el dolor de las maestras

Sencillez y dolor. Esto último, en una dimensión tan inexplicable como el hecho en el que cuatro miembros de una familia lasherina, en un hogar trabajador, fueron asesinados.

En el mismo momento en que el gobernador electo Francisco Pérez bajaba las escalinatas para asumir el cargo de gobernador, un pibe llegaba a la sala velatoria ubicada en calle Independencia de Las Heras manejando con dificultad por portar un ramo de flores.

Llegó, dejó la bici en el suelo, sin cadenas y ni siquiera encargándosela a alguien. Entró a la sala, depositó el ramo de flores y, tras un breve momento de reflexión, volvió sobre sus pasos, montó su vehículo y se fue, sin más.

Sin embargo, la escena de mayor dolor frente a los cuatro ataúdes que guardan a las víctimas del salvaje hecho, la acaban de ofrecer dos maestras. Llegaron juntas y se abrazaron, estallando en lágrimas. Fueron compañeras de trabajo de la mujer que recibió 20 puñaladas anoche, en un hecho que todavía no terminamos de comprender.


 

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