Sexo por nada
La columna de Mara: un hotel, una propuesta y un trueque. Mujeres que cambian sexo por algo. Intercambio lícito no identificado. Como siempre, imperdible.
El sexo es un instrumento de trueque quizás el más negado por todos…

Nunca estoy cómoda cuando voy a ese hotel, siempre siento estar entrando en un set donde todo está estudiado. 

Me golpeó el aire acondicionado cuando atravesé la puerta giratoria. Enseguida encaré para la derecha a esa expo sillones que invita a la arquitectura más fría y seriada de estos grandes hoteles. Me senté y esperé recuperarme de los 40º de afuera. Busqué en mi cartera obedeciendo a esa acción mecánica de sentarme y encender un cigarrillo pero, obvio, no se podía fumar. Ví como la camarera enfilaba en mi dirección, redibujando la sonrisa, enderezando el paso y haciendo un esfuerzo enorme por disimular lo mucho que odiaba ese trabajo. Me preguntó por mi pedido. Ice tea, dije. Perfecto, desea algo de patisserie? No, no, gracias. La camarera se alejó acomodando sutilmente sus clips en un rodete que sin dudas llevaba más horas de jornada de lo que indicaba la subsecretaría de trabajo.

Me acomodé y como una manera de situarme en el lugar me dispuse a  escuchar las conversaciones de quienes estaban sentados en otros sillones (siempre hago eso cuando quiero desconectar). Dos yanquies colorados como tomates y enfundados en bermudas caqui hablaban de que ya no hay tanta conveniencia del dólar en Argentina, de tasas de interés, de vinos, de puertos. Más allá, una señora demasiado operada adoctrinaba a otra sobre cómo reconocer el límite entre la coquetería y el ridículo.

Llegó mi ice tea, excesivamente ice, y con dos chips de amaretto.

La camarera lo posó en cámara lenta sobre la mesa de vidrio perturbada por no haber previsto el apoya vasos. Cuando se marchó noté que uno de los conserjes la interceptaba y ella, dándose vuelta sin ningún disimulo, me escaneaba con la mirada. Algo la hizo volver hacia mi mesa. “Disculpe, ¿espera a alguien? “Sí, claro”. Decidida se inclinó y mirando hacia una mesa de tres hombres alejada en el bistró, me dijo, “los caballeros desean invitarle un trago y acompañarla”. Yo, frunciendo el seño y simulando confusión le dije “No, gracias. No estoy interesada.” Los hombres expectantes me miraban sonriendo, reincorporándose en sus sillas desafiantes y seguros mientras hacían bromas, parece, porque uno de ellos soltó una carcajada. La chica volvió al encuentro del hombre de la recepción.

Bajé la vista y concentré todos mis sentidos en el té helado con un poco de vergüenza pero intrigada por la propuesta. ¿Qué de todo lo que tenía puesto les había hecho pensar que yo…?

Las conversaciones de los otros, ya en plano de murmullo, hacían de banda de sonido para la película que empezó en mi cabeza… Me quedé pensando qué tan malo podría ser la vida de las damas de compañía. El imaginario popular me dicta una vida solitaria y sin pasiones, pero llena de lujos, viajes y diversión. Caí en la obviedad comparativa con películas como Mujer Bonita y Memorias de una Geisha cómo íconos de la profesión, pero también en la dramática y humillante “Prostituta” de Ken Russell.

Pensé en la vez que aquel bodeguero italiano, que estaba loco por mí, llegó a ofrecerme a través de su enviado un contrato exclusivo  y desmesurado que cambiaría mi vida para siempre.

Me pregunté si no era el sexo el instrumento de trueque más negado (y potente) que teníamos las mujeres.
 
Recordé aquel ex al que le había cambiado sexo por un noviazgo idílico, a ése otro a quien le había cambiado sexo por una vida familiar, y al más reciente a quien le había cambiado sexo por tan sólo respetar mi libertad. Pensé en tantas otras mujeres amigas quienes cambiaban, sin saberlo, sexo por infinidad de cosas. Sonreí pensando en la que lo cambiaba por la fidelidad de su marido, en aquella otra que lo cambiaba por su sueño de ser madre y en ésa que lo cambiaba por su terror a ser abandonada. Pensé también en esa amiga a quien yo estaba esperando, otra mujer que no quería enfrentar la soledad y que sabía que con el sexo garantizaba su condición de mujer elegida por un hombre.

Mi lista de mujeres que intercambiaban sexo por algo (aún por lo más insignificante) se hacía infinita. La que lo cambiaba por una vida más cómoda, por la armonía familiar, por un trabajo o por unos minutos de romanticismo.

La película se cortó abruptamente cuando llegó “Ella”, obviamente la que los ejecutivos de la otra mesa estaban esperando. Con un vestido negro muy suelto, cero make up, cero llamar la atención; la detalaban sólo sus zapatos (no hablaban en castellano) y su belleza exótica. Tampoco llevaba nada en las manos, ni celular, ni bolso, ni cartera, como diciendo “estoy aquí sin tiempo ni espacio, no voy ni vengo de ningún lugar, antes y después de esto mi vida no existe. Yo no soy, o mejor dicho, soy sólo este momento”.

Los hombres de la otra mesa se levantaron y los tres me dirigieron una mirada que aún sostenía el ofrecimiento. Subieron al ascensor y desaparecieron detrás de la puerta de acero inoxidable.

La camarera rejuveneció 10 años al ver la suculenta propina. Yo me quedé pensando que si de intercambios se trataba no había nada que pudiera entrar en mi trueque personal. A esta altura, nada.
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Opiniones (1)
19 de Septiembre de 2014|06:46
2
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19 de Septiembre de 2014|06:46
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marialaloca9 de Diciembre de 2011|17:04
Mara, te felicito por la nota, yo una vieja de más de 70, coincido con vos. Las mujeres de mi época haciamos este tipo de trueque - por tener alguien que nos sostuviera y mantuviera, por formar una familia, por.....- . Eso hoy cambió, las mujeres de hoy tienen total independencia, independencia que les dá el estudio y la profeción. Solo aquellas interesadas en llevar una vida llena de lujos y riquezas, cambian sexo por poder. El "estatus" de la mujer cambió......espero que para bien.
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