La noche de los chanchos voladores

Walter Greulach es un sanrafaelino nacido en Jaime Prats; hoy reside en Miami y colabora con Mediamza.com a través de esta columna a la que él llama El Quijote Verde. Esta es otra de sus entregas dominicales.

           Dos lechuzas nos ofrendaban la perfecta cortina de fondo. La luna blanqueaba los álamos dándole un tinte espectral al paisaje. A unos diez metros de la hijuela, que partía en dos la chacra, estaban los chiqueros. . Pegado a la alameda y a la izquierda, un frondoso cañaveral con un pozo en el medio se había constituido en el bunker donde solíamos planear nuestras diabluras infantiles.  A su derecha una gran parva de alfalfa, escondía de nuestra vista una conejera elevada como a metro y medio del suelo. Había sido construida con dura madera y tela alámbrica pues era esa la única forma de mantener encerrados a los inquietos animalitos. Meses antes, con mi viejo, habíamos tenido la brillante idea de cavar un pozo cuadrado de cómo dos metros, tapizarlo con pasto seco y largar allí como a ocho orejudos. Al cabo de cinco semanas no quedaba ni uno en la jaula de tierra, se andaban dando el gran festín por el alfalfar en lujuria con las liebres salvajes.

Bueno, tenemos la descripción de la zona de los chiqueros, en la finca de la Linea de los palos,  lugar donde se escenificará la historia que les traigo. Déjenme ahora agregarles el tiempo. La memoria corcovea en este punto, era verano, de eso estoy seguro, arriesguemos un año, el 73. Sería un viernes o un sábado, después de uno de esos asados nocturnos seguidos de partida de truco que organizaban nuestros mayores. Esa noche tocaba en lo de los Greulach en Jaime Prats, luego sería en lo de los Jockers en Real del padre o en la casa de los Lust en Alvear.

 

—Tenés que saber pescar muy bien, con mucho cuidado, porque si no muerden la manzana pueden salir volando y chuparte la sangre —dijo dramatizando la frase final el lentudo más grande y tras hacer planear su mano la dejo caer, con dos dedos como dientes, sobre la garganta del aterrorizado colorado.

Parado en la entrada del galpón, con media empanada en la mano, observaba entusiasmado la capacidad de invención de mi primo Oki. Habíamos planeado desde hacía rato lo de los porcinos aéreos, pero lo de las manzanas era nuevo para mí. Apenas finalizada la cena nos escabullimos del numeroso grupo de niños para concretar la nueva travesura. La víctima, el menor de los primos, el Ernestito Lust. El colo debía tener unos seis años, cuatro menos que nosotros, le encantaba jugar con los más grandes y se asustaba con poco, alimentando nuestra maliciosa imaginación.

Preparábamos las cañas de pescar (palos de escoba con piola choricera y unos clavos de anzuelos), había refrescado un poco, con Oscar llevábamos enchufados en la cabeza unos gorritos de hilo traídos de la última vacación al sur, no me sorprendería el hecho de que yo tuviese puesta una campera de tela de avión azul, mi mente se emperra en vestirme con ella.

Fui a buscar unas manzanas recién cosechadas, estaban en unos cajones apilados bajo dos damascos gigantes a la vera del gallinero. En el corto camino, extasiado por la belleza de la luna llena, iba rebobinando el plan de aquella velada. Poseíamos un barrilete que dejamos escondido en el cañaveral. La idea era subirnos al techo de zinc de la porqueriza y en un momento dado, armar un alboroto como que un chancho había comenzado a aletear, entonces saldríamos disparados y Oki agarraría el piolín del barrilete, o del puerco perseguidor, como quieran llamarlo.

La pesca nos mantuvo entretenidos un largo rato, teníamos de unos ocho a diez cochinos y todos debían probar las manzanas para desactivar su capacidad voladora y vampiresca. El viento producía un extraño ruido al mover las chapas, estoy seguro que hasta a los fabuladores nos debe haber dado un poco de miedo. Después de veinte manzanas perdidas, el líder me hizo la seña convenida y comenzamos a gritar despavoridos mientras corríamos hacia la casa perseguidos por una cometa.

Todo salió a la perfección, el colorado aterrizó entre alaridos y llantos en los brazos de la tía Ina, tardó un par de minutos en juntar el aire necesario para relatar la historia de los chanchos voladores. Toda la familia se había reunido alrededor de nuestra aspaventosa víctima y escuchaba divertida. No tardaron mucho en encontrar a los culpables, para colmo el colo se cayó de panza al hacer su ingreso al comedor pelándose las rodillas. Con Oki pasamos a acaparar la escena y nos ligamos esa medianoche una reprimenda de novela. Aunque nada comparado al reto, coscacho incluido, que recibiríamos días después por parte de mi padre, cuando los porcinos planeadores comenzaron a tener los primeros síntomas de indigestión tras haberse morfado como dos docenas de clavos.

 

En una semanita charlamos de nuevo, un abrazo y cuidense un montón, sanrafaelinos.

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Amanecerá y veremos, los saluda Walter Greulach bajo el mismo sol, pero un poquito más al norte...
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16 de agosto de 2017 | 11:45
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