3 de diciembre, Día del Médico

En 1933 se recordó el centenario del nacimiento del Doctor Carlos Finlay, descubridor del agente transmisor de la fiebre amarilla, mortal enfermedad que azotaba las poblaciones en el siglo 18. En nuestro país, el 3 de julio de 1953, el Congreso Panamericano de Medicina instituye oficialmente el 3 de diciembre como Día del Médico

En 1933 se recordó el centenario del nacimiento del Doctor Carlos Finlay, descubridor del agente transmisor de la fiebre amarilla, mortal enfermedad que azotaba las poblaciones en el siglo 18. En nuestro país, el 3 de julio de 1953, el Congreso Panamericano de Medicina instituye oficialmente el 3 de diciembre como Día del Médico

El doctor Juan Carlos Finlay había nacido en Puerto Príncipe, Cuba, en 1833.

Confirmó la teoría de “ La propagación de la fiebre amarilla a través del mosquito”, presentado en la Academia de Ciencias de la Habana el 14 de agosto de 1881, abriendo así un camino en el progreso médico en la América tropical. De hecho él descubrió que la fiebre amarilla era trasmitida por la picadura del mosquito Aedes aegypti e inventó una cura segura para la enfermedad.

De esta forma facilitó la evolución de la construcción del canal de Panamá debido a que muchos obreros morían a causa de esta enfermedad.


Un poco de historia

En el paleolítico, aproximadamente unos 35.000 años antes de nuestra era, se desarrolla el Homo sapiens sapiens, primera aparición del humano anatómicamente moderno, y presenta una característica antropológica que será una conquista constitutiva de la especie humana: entierra a sus muertos. De allí que los primeros signos inequívocamente humanos sobre la tierra son las tumbas.

Podríamos decir que la humanidad comienza con la conciencia de su propia muerte; a partir de allí no será más un hecho individual, será un hecho social, tantos sucesos como relaciones humanas tuvo el muerto en su vida, relaciones tanto personales como no personales. Esto se aprecia claramente en el contexto social que acompaña a la muerte de un ídolo popular.

Hipócrates a comienzos del siglo V a.c. escribió un juramento que define el origen y la base de la profesión médica. Este día sirve para reflexionar y pensar sobre lo que puede mejorarse y que no debe cambiar acerca del desarrollo de la actividad médica diaria.

El Hombre, la Medicina, la Muerte

No sólo el hecho de enterrar a los muertos constituía un hecho de humanidad. Existe en los antiguos otra característica antropológica más: entierran a sus muertos en posición fetal, claro rito de pasaje en espera de una segunda vida que le da sentido a la muerte: la trascendencia.

Aparece en la historia de la humanidad "el yo escatológico", "el yo transtanático"; la trascendencia como sentido de la muerte dará un lugar a la esperanza, y se convertirá en el principio organizador de la existencia.

Posteriormente, en el neolítico (entre 4000 y 9000 años A.C.) ocurre otro hecho fundamental para la temática que nos ocupa: el paso del hombre cazador/recolector al agricultor. Al haber enterrado, matado una semilla, observa azoradamente el nacimiento de una planta que servirá para su alimentación y su subsistencia.

Es así que entiende la muerte como la necesidad existencial para el proceso de la vida y no como un fin de la misma; como si estuviera escuchando por anticipado los versos de Bernárdez: "Porque después de todo he comprendido que lo que el árbol tiene de florido vive de lo que tiene sepultado".

Esta trascendencia, como sentido del entorno circular vida-muerte (que siglos después lo retomarán filosóficamente los estoicos) aparece en todas las religiones teológicamente y en todas las culturas secularmente. Así, por ejemplo, el Libro de los Muertos, en la cultura egipcia lleva por único subtítulo "hacia la luz".

Decía el poeta italiano Horacio "nunca nos morimos del todo", y acotaba Cicerón: "la vida de los muertos está en la memoria de los vivos". La trascendencia, como principio organizador de la existencia la encontramos también en Borges, "me moriré realmente cuando se muera el último que me recuerde", y especialmente en la cita de Benjamín Franklin, "para trascender más allá de la vida, hay que escribir cosas dignas de ser leídas o hacer cosas dignas de ser escritas".

La trascendencia y la esperanza (el "yo escatológico") nos permiten pasar de una angustia tanática frente a la muerte a una angustia mayéutica, al parir, al vislumbrar el sentido que otorga coherencia a nuestro existir.

En el Noroeste argentino la cultura popular, heredera del Hupamarca incaico, es muy rica en rituales de trascendencia: el entierro del angelito, la Difunta Correa, las novenas, locrear el muerto, etc.

Pero el progreso de la civilización occidental a mediados del siglo pasado y en adelante, con el ultrapositivismo en lo científico y el ultrapragmatismo materialista en lo filosófico matan a la muerte, no le encuentran sentido. Y al sacarle el sentido a la muerte vampirizan a la vida de su sentido pues, como decía Heidegger: "la finitud de la temporalidad (la muerte) es el fundamento oculto (el sentido) de la historicidad del hombre".

La tecnología racionalmente empleada es la que posibilita la continuidad de la vida en cantidad y calidad. Su empleo irracional la convierte en tanatocracia, imposibilitando una muerte digna, entendiendo como tal aquella sin dolor, con lucidez para esa experiencia reflexiva y fundamentalmente con capacidad para recibir y transmitir afectos.

Cuando así ocurre, ese momento final, la decatexis de los griegos, "no es terrorífico ni doloroso; la muerte tiene lugar en la calma, probable paso hacia un mundo y un modo de existencia que el muriente ya ha entrevisto" (Kübler-Ross). Cuando posibilitamos una muerte digna estamos honrando la vida, pues como decía Petrarca: "morte digna vita onora".

Ya no hay nada que hacer. Típica frase con que nos dirigimos a los familiares de un enfermo cuya muerte es ineluctable. Deberíamos decir ya no hay nada que tratar, porque en realidad hay mucho todavía por hacer, más aún, es cuando más podemos hacer. Tenemos recursos invalorables: el efecto sanador de nuestras palabras, de nuestras manos y de nuestra presencia.

Herederos del dualismo cartesiano mente y cuerpo, nos constituimos en plomeros de cuerpo antes que médicos de la persona. Ésta necesita algo más que remedios y aparatos, nos necesita a nosotros como persona-médico y en esta relación la palabra es fundamental.

¿Qué decirle a un paciente en esas circunstancias? Siempre, con un mensaje de esperanza, las palabras serán un bálsamo.

Pero a veces las palabras no alcanzan, entonces están nuestras manos, esas manos "vencedoras del silencio", como las definía Evaristo Carriego.


Juramento Hipocrático

"Juro por Apolo el Médico y Esculapio por Hygeia y Panacea y por todos los dioses y diosas, poniéndolos de jueces, que éste mi juramento será cumplido hasta donde tengo poder y discernimiento. A aquel quien me enseñó este arte, le estimaré lo mismo que a mis padres; él participará de mi mantenimiento y si lo desea participará de mis bienes.
Consideraré su descendencia como mis hermanos, enseñándoles este arte sin cobrarles nada, si ellos desean aprenderlo.
Instruiré por concepto, por discurso y en todas las otras formas, a mis hijos, a los hijos del que me enseñó a mí y a los discípulos unidos por juramento y estipulación, de acuerdo con la ley médica, y no a otras personas.
Llevaré adelante ese régimen, el cual de acuerdo con mi poder y discernimiento será en beneficio de los enfermos y les apartará del prejuicio y el terror. A nadie daré una droga mortal aún cuando me sea solicitada, ni daré consejo con este fin. De la misma manera, no daré a ninguna mujer supositorios destructores; mantendré mi vida y mi arte alejado de la culpa.
No operaré a nadie por cálculos, dejando el camino a los que trabajan en esa práctica.
A cualesquier cosa que entre, iré por el beneficio de los enfermos, obteniéndome de todo error voluntario y corrupción, y de la lasciva con las mujeres u hombres libres o esclavos.
Guardaré silencio sobre todo aquello que en mi profesión, o fuera de ella, oiga o vea en la vida de los hombres que no deban ser público, manteniendo estas cosas de manera que no se pueda hablar de ellas.
Ahora, si cumplo este juramento y no lo quebranto, que los frutos de la vida y el arte sean míos, que sea siempre honrado por todos los hombres y que lo contrario me ocurra si lo quebranto y soy perjuro."

Un afectuoso saludo a los profesionales médicos.... MEDIAMZA. COM  les desea FELIZ DIA!!!!!!!!!!!!!

fuente: IntraMed

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20 de agosto de 2017 | 22:19
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